Persecución política

27.02.2017 | 02:37

Ha sido la peor resaca judicial de todos los tiempos. Comparable, en su ímpetu cascabelero, a aquella otra tan llena de oportunismo político y sadismo procesal que invadió al país cuando el 11M. El pueblo sediento de fe robesperriana y de romanticismo y en la otra esquina del ring un sistema destartalado, con más parches y remiendos que el que sugiere la ley y la prudencia y el amor a primera vista. Las jueces han conseguido lo que en cualquier fallo se considera de manual, que es no contentar a nadie, aunque en este caso con una tesis mágica, de jurisprudencia apolínea. Tanto empeño ha habido en adulterar el procedimiento y parapetar a la corona que el duque empalmado se ha salido con la suya, pasándose un ratín y por la vía acondicionada al internado comarcal, apenas un periodo en el dique seco, como dicen de los centrales uruguayos cuando se desenvainan la tibia.

En España somos muy gilipollas y muy de que nos la den con el símbolo, el hecho de que se juzgue al cuñado del rey ya nos parece la repanocha, lo último en aerodinámica populachera, tan mal acostumbrados que estamos a los asuntos demócratas, ensimismados todavía en nuestro caparazón franquista. Observo con estupor el hecho de que investigar a una borbona sea visto en algunos mentideros como una victoria, no hay nada que celebrar ahí, desengánñense, y menos cerca ya de cinco décadas después de la muerte de Franco y otra añada desde la integración europea. ¿Era esto el siglo XXI? ¿Cabalgar con crines aceitosas? ¿Alegrarnos por lo mínimo? Atiendan a la mamarrachada. Con los Noos, valga el plural mayestático, hemos asistido a un espectáculo nada edificante para la administración de justicia, un fiscal metido a abogado del diablo, una infanta díscola y, lo que es peor, arrogante, creyéndose Juana de Arco y poniéndolo todo perdido de manías conspiranoicas en sus alegatos de pasillo. Ahora resulta, leyendo a la infanta, que en España la iglesia y la corte, ahí seguimos, están perseguidas. Y yo me pregunto qué sería no estarlo, amortizar mi apartamento, y que me perdone Mendizábal, poniéndome el trono y el himno junto al aparador de Ikea, el póster de Escrivá por decreto en mi salón. Siente Cristina nostalgia de los buenos tiempos, de los de pernada, confundida en las cosas del cuore, lírica de una pieza, mujer moderna de cursillo de las JONS. Mi señora, que es postestructuralista y laica, se piensa mucho más sus autógrafos; es más lleva una vida de firmas en paralelo y no por eso he ido a quejarme frente a la tumba de Abelardo y Eloísa en busca del verdadero amor. Algún día, Undanga, brother, algún día. Magistral recado de ignominia: qué poco se habla de la beca subvencionada en Estados Unidos, de aquella embajada, que ni las de Cataluña, del borbonato, de las conexiones bárbaras, de lo de Pujol. Quizá a España además de la atrofia le sobra decadencia e ingenuidad: y si esto era así desde el principio de los tiempos y sigue siendo, pese al esfuerzo mediático por el tunning y la customización.

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