En sólo 725 palabras...

Pampiroladas

28.02.2017 | 22:32

Tengo un vecino que es un portento. Igual hace un tratado de setecientas páginas desmenuzando el perfil psicológico de Garbancito que, en medio folio, desentraña con detalle cómo Madame Blavatsky desveló a Isis. Recuerdo cuando llegó al vecindario, que presumía de mirliflor, y apuntaba alto. Después anduvo un tiempo tonteando por las trochas de los filipichines y los manfloritas. Y más tarde por las alamedas de los pisaverdes más orgullosos y altaneros. Con los años maduró y se recondujo sin ostentación y sin altibajos, hasta que encontró su rumbo, que él, rimbombantemente, denomina la gran senda de la sabiduría serena. Y ahí anda el hombre, a rumbo fijo desde entonces.

Floro, que así se llama, cada vez recurre a Alphonse de Lamartine para explicarse a sí mismo: no hay hombre más completo que el que ha viajado mucho y ha cambiado veinte veces de forma de pensar y de vivir. Por eso él ya no discrimina: pelo y pluma; blancos, amarillos y negros; ateos y creyentes; budistas, judíos, católicos, islamistas e hindúes; laicos, religiosos y militares; payos y gitanos; artes, ciencias y letras... Es la esencia del polímata en estado puro. Todo le interesa y a todo se entrega, unas veces en cuerpo, otras en alma, y, casi todas, en cuerpo y alma. Floro es un espíritu que cuando comparece todo lo amuebla con su sencillez, su sabiduría, su estilo y sus maneras libres y naturales de entenderse y de entender la vida. Lo que el común de los mortales identificamos con lo importante, para él son fruslerías, nonadas, futilidades, nimiedades, bagatelas, naderías... O sea, pampiroladas, que es como él lo expresa.

Lo que más admiro de este hombre es que nunca sermona, ni misiona, ni discursa, ni arenga, ni da consejos. Se limita a explicar su modus vivendi. Facta, non verba, repite una y otra vez, llamando la atención sobre el adagio latino mil veces reinventado de que un solo ejemplo vale más que cien consejos, y que el hombre es lo que hace, no lo que dice...

Anteayer tarde me llamó para otro asunto y aprovechó para referirse al día de ayer, Día de Andalucía, el día que Floro no hable de política será porque habrá muerto:

–No te pierdas los actos oficiales de mañana. Seguro que verás rozagantes pampiroladas travestidas de solemnidad. Celebrar el día de la tierra andaluza no es una propuesta despreciable, ni lo será nunca. Otra cosa es aprovechar que el Guadalquivir transita por Sevilla, Córdoba y Sanlúcar, como el Pisuerga lo hace por Valladolid, para montar el belén en el escaparate de la política profesional–, me dijo.

Obviamente, lo de Floro no fue más que una opinión, pero, la verdad, no estuvo demasiado alejado de la realidad visible: la trastienda de los actos institucionales de ayer traslució estar apontocada con enormes estacas políticas de todos los palos, que, tiempo al tiempo, cada quien aprovechará a su mejor entender, y a la mayor brevedad. O sea, otra vez lo de siempre: malos ejemplos y buenos sofismas, y viceversa.

Aunque para dichos y hechos y sofismas y ejemplos y desejemplos chanchis, los que se dan en el escaparate de la cosa político-turística. Por ejemplo, ¿cómo es posible que no nos abandonen primero el oído y después las neuronas frente a la cacofonía discursiva sobre la fidelización turística? Por cierto, ¿qué es la fidelización turística? ¿Que los consumidores turísticos sean fieles a las experiencias y emociones que los destinos turísticos ofrecemos, tal vez? ¿Qué los destinos turísticos enamoremos a los consumidores turísticos, quizá? ¿Ambas cosas? Ayayay...

Las ciencias de la salud del alma nos enseñan que no hay experiencia ni emoción mayor que el enamoramiento. Y también nos enseñan que el ciclo de vida medio del enamoramiento es de tres años, porque más no hay organismo que lo resista. ¿Se trataría, entonces, de considerar fidelización turística a un periodo de tres años para cada individuo turista? Y después de cumplir el ciclo repetitivo, transcurridos unos años, ¿las segundas partes cómo serían? ¿Buenas o como dice nuestro sabio refrán?

Puestos a plantearnos preguntas, ¿se trataría de enamorar personas o de «enamorar» mercados?

Uno, que pretende ser purista, cuando se tropieza con las voces que reiteradamente apelan al dogma divino de la fidelización turística mientras hisopan desde el atril público, no puede por menos que acordarse de Floro y remedarlo:

Pampiroladas, simples pampiroladas...

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