El ruido y la furia

La esperanza

Los seres humanos preferimos agarrarnos a esa remolona vestida de verde y pensar que todo tiende a mejorar, que existe siempre una posibilidad para salir del atolladero

21.04.2017 | 10:43

La religión y la lotería funcionan porque se basan en el mismo concepto irrenunciable del ser humano, la esperanza. Todos venimos equipados con una o varias raciones del único elemento que no se escapó de la caja de Pandora, si atendemos al relato de los hechos que hace Hesíodo en Los trabajos y los días. Esa misma esperanza es la que ata a miles de personas al televisor o a la radio esperando la imposible remontada de su equipo favorito, o pensar que hará bueno el fin de semana.

También se basan en la esperanza un buen número de pillerías de variado calibre. Una encuesta realizada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología ha venido a concluir que la mitad de la población confía en supuestos remedios que en realidad no tienen capacidades curativas; que la mitad de los españoles cree en la homeopatía, el treinta por ciento en los curanderos y en los amuletos, casi el veinte en los horóscopos y el trece en los fenómenos paranormales, por poner solo algunos ejemplos.

Siempre me ha llamado la atención el tremendo impacto cultural que tienen algunas insensateces, la marca que pueden dejar para siempre en la sociedad. Un buen ejemplo de ello es toda esa milagrería que nos rodea, que nos ofrece la sanación, el cuerpo perfecto, la vitalidad y la alegría sin esfuerzos y a un precio asequible que incluye los gastos de envío.

Probablemente todos hemos pasado por la desagradable experiencia de haber sido timados sin misericordia por algún chapucero ocasional que fue capaz de liarnos valiéndose de la pseudociencia por un lado y de nuestra capacidad para la esperanza por otro para estafarnos.

Juan Carlos Onetti, al que cito con frecuencia porque es quien mejor ha escrito prosa en español, aseguraba que la única sabiduría posible en este mundo es resignarse a tiempo. Aceptar, con todo cuanto conlleva, que la vida a veces se pone difícil y es dolorosa y terrible y que luego un día se acaba y que, con un poco de suerte, seremos memoria un poco más de tiempo y al final no quedará nada. Pero los seres humanos preferimos agarrarnos a la esperanza, esa remolona vestida de verde, y pensar que todo tiende a mejorar, que existe siempre una posibilidad para salir del atolladero, ya sea gracias a unas bolitas azucaradas que, convenientemente chupadas, van a mejorar nuestro alzheimer a condición de que nos acordemos de tomarlas.

La esperanza es uno de los rasgos exclusivos de lo humano. Somos el único ser de este planeta que pretende trascender, que confía en el sorteo, que espera más de lo que tiene, que echa de menos, y anhela, lo desconocido.

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