Impresiones

Gusanos

01.05.2017 | 10:30

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define en sus acepciones 1 y 4 la corrupción como:

1. Acción y efecto de corromper o corromperse.
4. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.

A mí, en mi modestia, la palabra corrupción me evoca los gusanos que devoran cadáveres. Y cuando no la hay nos encontramos con momias o con santos que la han evitado por medios químicos o de gracia divina. Por eso podemos mirar a la cara de Ramsés en el Museo Egipcio de El Cairo o estrechar (casi) la mano de Santa Teresa de Jesús, de cuyo brazo incorrupto dicen que paseaba Franco. La corrupción mortuoria es inevitable y nos espera a todos, más tarde o más temprano, salvo que nos incineren o que alguien decida hacer con nuestro cuerpo lo mismo que se hizo con Lenin, Evita Perón o Ho Chi Min, que es algo muy complicado si no tiene uno un mausoleo a mano. Yo, desde luego, prefiero ser cremado aunque confieso no tener prisa ninguna.

La otra corrupción, la de la cuarta acepción de la RAE, se diferencia por su carácter voluntario y se personaliza en sinvergüenzas que nos roban y que a pesar de eso sonríen con desparpajo a las televisiones cuando salen del juzgado o de la prisión, mientras sus amigos les jalean e incluso les aplauden como a alguna tonadillera de renombre. Algunos incluso resultan reelegidos en las siguientes elecciones y de verdad que no lo entiendo, porque cuando les miro me imagino que los gusanos les salen por la nariz y por los ojos y no me cabe en la cabeza permitir que alguien así me represente.

Se me dirá que siempre ha habido corruptos y es verdad. Jefferson, uno de los padres de la Constitución de los Estados Unidos, aceptó firmarla a cambio de trasladar la capital desde Filadelfia a un pantano que hoy se llama Washington donde, por casualidad, tenía unos terrenos. Lo que se dice un pelotazo. En su descargo cabe aducir que en aquella época estas cosas se aceptaban con naturalidad pues el mismo Talleyrand, cuando era ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, cobraba de los emperadores de Rusia y de Austria mientras negociaba con ellos la suerte de Francia. Y no se molestaba en ocultar lo que él mismo llamaba douceurs porque su colega Metternich hacía lo mismo en Viena. Supongo que el Imperio Romano estaba lleno de corruptos y es conocido el lío en el que se metió el Vaticano con Lutero por un quítame allá esas indulgencias. Ángel Viñas nos ha contado cómo los aliados sobornaban a generales de Franco para mantener a España neutral en la Segunda Guerra Mundial y la actual residencia del embajador de España en Rabat es un regalo que nos hizo Hassan II con la casa que se había construido un ministro sinvergüenza a costa del erario público. Por desgracia, sobran ejemplos.

No es que en nuestros tiempos la corrupción se haya extendido, que es posible porque hay más gente y más dinero, sino que también ha cambiado cualitativamente, que es peor. Antes se trataba de llenar los bolsillos de funcionarios corruptos mientras que ahora se institucionaliza, por así decir, para llenar las arcas de un partido político y de paso distraer unos billetes para los contables o para meter en sobres destinados a sus dirigentes. Y esto no se hace a escondidas y con mala conciencia sino a la luz del día, con desfachatez y con la colaboración de empresarios ambiciosos, porque ya se ocuparán desde otros despachos de evitar que los investigadores levanten algunas alfombras y miren dónde no se debe. Y así les va a ellos y así nos va a los demás. Por eso coincido con Popper cuando afirma que lo mejor de la democracia es poder echar a los elegidos en un plazo predeterminado.

Personalmente creo que la mayoría de los políticos son honrados, como también lo son los jueces y fiscales independientes, probos funcionarios que ganarían mucho más en el mundo de los negocios. Pero la corrupción se ha metido en nuestra política como la mafia en las instituciones sicilianas y es muy difícil desalojarla, sobre todo cuando falta decisión y coraje para luchar contra ella con toda la fuerza del mundo, como sería lo lógico, y me pregunto por qué sin acertar con una respuesta que no sea la de que no la combaten porque no quieran sino porque no pueden, porque les falta libertad para hacerlo porque están pillados y el fango les inmoviliza los pies. Afortunadamente, cada vez se tira más de la manta en España para escándalo de quiénes hasta hace poco se sentían impunes y algunos de ellos, pillados in fraganti y abandonados por secuaces que quieren salvar su cuello, ponen el ventilador y reparten mierda a su alrededor. Da asco.

Un amigo, que observaba con preocupación la baja tasa de natalidad en España (los estímulos fiscales en Francia están dando buen resultado para revertir la tendencia) se extrañaba de la cantidad de pediatras que hay cuando lo que necesitamos son geriatras. Por la misma regla de tres si yo tuviera dinero creo que lo invertiría en construir cárceles de lujo para corruptos pijos. ¡Seguro que ellas se llenaban y yo me forraba! Y les aseguro que no saldría ni un solo gusano sin devolver antes todo lo robado.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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