La Mirilla

Populismo real

08.05.2017 | 10:55

Sonaría a reducto hispanosalvaje de otro tiempo. A una interferencia extemporánea llegada del pasado, como ese tipo de charangas posmodernas en las que aparece la boñiga urbana y pródiga a lo Zenón de Elea, el clásico mierdón divisible, extrañamente vivo entre afluentes. Sin embargo, existe aquí y ahora, con esa gravedad y esa falta de permiso de lo que es contemporáneo, bailando el boogie hortera de lo que no controlamos, de lo que sigue y nace a nuestro pesar. Y, lo que es peor, se manifiesta. El jeque habla. Expele. Suelta. Hace esas cosas tan de este tiempo, de la jactancia, de escribir en las redes sociales, bonito urinario a lo Duchamp, sin ningún tipo del sentido del ridículo, a tumba abierta, siendo transparente hasta la obscenidad, dejando a la corte de exégetas, a los pobres que les pagan por interpretar, con cara de sauces llorones, de resumen en emoticon, sin saber qué decir sin que de vergüenza. No hay nada peor para un periodista que los vicios y amaneramientos de la actualidad. Y en una actividad social, en una inmersión en el mundo, es el puto mundo el que dicta: uno respeta mucho lo que tiene su alrededor, pero cuesta entender todavía la facilidad con que algunos se convierten en tribunos válidos, en gente con la puerta permamentemente sumisa y abierta para tutear con arrogancia a las administraciones públicas. Es espeluznante que, todos, la mayoría, mileuristas afrohúngaros menestorosos, nos hayamos bajado los pantalones por tan poco. Que lo hagamos, incluso, cuando no se nos paga. Y que eso llene nuestras instituciones. Que nadie le diga a los del fútbol, ese atajo épico, que no pueden hacer lo que quieran; que les exijan que cumplan con la ley, que no hay puerto ni muerto que pueden modificar a su antojo. En todas partes ocurre lo mismo. El populismo, lo de Lázaro Cárdenas, lo del chorbo de Irene Montero, no es más que un ambigú para los medios; el verdadero populismo está ahí, en el fútbol y en la Semana Santa. Los equipos deben dinero público. De todos. Y en el caso del Málaga su dueño se pasea como Esperanza Aguirre en la M-30. Sin conciencia del delito. Viviendo en un planeta pijo tan supinamente alejado que ni siquiera es consciente de que a veces hay códigos y normas para contener a las Thelmas. Aguantar a este tipo de ignaros. De niños bien. De cosas que mueven sentimientos y otras pasiones bajas con capitalizo. Con los políticos empantanados en el oficialismo perenne, en los palcos. Dando el toque ofical de campana. La condonación, el privilegio. Todo para no enfrentarse a El Cautivo, a la masa. Comprendo lo que es el trasunto lírico. Se puede ser del Cádiz o del Atleti. Del Cholo como el que más. Pero eso no debería convertir a nadie en un idiota incondicional con simpatía hacia los Giles, los Florentinos, los jeques. La España negra del pelotazo, del abuso, del exceso. La frustración del jeque es una muestra de salud de la democracia, de urbanidad. Así somos. Goles y tradición. Casas hermandades.

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