Las cuentas de la vida

Al rescate de Europa

16.05.2017 | 05:00

El periodista Andrew Sullivan ha escrito un largo y penetrante artículo en las páginas de la revista New York sobre el retorno a la pulsión reaccionaria en la política actual. Sullivan piensa en el brexit y en Donald Trump, pero también en las elecciones francesas que han ofrecido la victoria a Emmanuel Macron y unos más que notables resultados a Marine Le Pen. Si bien la presidencia del joven candidato al Elíseo insufla una renovada dosis de esperanza al proyecto europeo, el incremento del voto a la extrema derecha plantea preguntas inquietantes sobre el futuro. ¿Asistimos a un momento reaccionario –como sugiere Sullivan– que podría prolongarse durante unas cuantas décadas más, o el surgimiento de los nuevos populismos apenas propiciará unas pocas notas a pie de página en la exitosa historia del capitalismo liberal? No se trata de una cuestión sencilla, aunque antes de intentar responderla conviene realizar una precisión importante que nos permita distinguir entre el conservador y el reaccionario: entre Angela Merkel o Mariano Rajoy, por un lado, y Trump o Theresa May, por otro. «Si los conservadores son pesimistas –escribe Sullivan– los reaccionarios son apocalípticos. Si los conservadores creen en las instituciones, los reaccionarios buscan destruirlas. Si los conservadores rechazan los cambios radicales o demasiado abruptos, los reaccionarios quieren una revolución». Son, por supuesto, grados y formas distintas de relacionarse con una modernidad que se percibe como agresiva. «En el espacio de medio siglo –leemos en el artículo– América ha pasado de la segregación racial a un vertiginoso multiculturalismo; de la estructura familiar tradicional a la libertad sexual, la cohabitación prematrimonial y el divorcio; de contar con unas pocas y respetables fuentes de información a un flujo incesante de noticias en las redes sociales; del patriarcado a la (todavía incompleta) igualdad de género; de la homosexualidad concebida como pecado al tabú de la homofobia; del cristianismo como sustrato cultural común a la secularización de la sociedad...».

La cuestión que plantea Sullivan es fundamental, al menos en tanto que indaga hacia dónde se dirige sentimental y emocionalmente la derecha (o, si proponemos el escenario inverso, también puede apelar directamente a la izquierda). ¿Nos encaminamos hacia una mayor globalización y apertura comercial –como defiende el programa neoliberal– o, por el contrario, hay que andar en la dirección de una abrupta renacionalización de la soberanía y una defensa de las fronteras, las virtudes tradicionales y el orden conocido? No es algo, desde luego, que suceda por primera vez en la historia: la tecnología acelera la mutación de los valores y trastoca los equilibrios sociales. Para el ensayista Christopher Caldwell, la nueva línea de corte en la política americana –y habría que añadir a la occidental en su conjunto– ya no es la ideología, sino la atomización de clases: los ganadores frente a los perdedores de la globalización. En todo caso, ideología y fractura de clase se entremezclan en una amalgama que ya no distingue claramente entre derecha e izquierda, sino entre partidarios de la modernidad y reaccionarios: Macron y Merkel, por un lado; Le Pen y Pablo Iglesias, por otro.

Para Europa, Macron significa tiempo: tiempo para consolidar la estabilidad del euro y afianzar el crecimiento económico; tiempo para relanzar el proyecto de integración comunitaria y recuperar un relato que anude el progreso, la paz y la estabilidad a la Unión; tiempo para reformar desde la moderación unas instituciones que se perciben como alejadas e ineficientes; tiempo, en definitiva, para tomar las decisiones necesarias, tanto internas como externas. Porque, ciertamente, sería un grave error negar el peso y la repercusión de fenómenos como el de Le Pen en Francia o el de Iglesias en España; olvidar que Trump es el presidente de Estados Unidos o que el Reino Unido ha votado desligarse de nosotros. El malestar político, reflejo de los desplazamientos sociológicos, revela problemas reales –del descrédito institucional a la crisis migratoria, de los sueldos bajos a la falta de objetividad en el debate público– a los que hay que dar respuesta en nombre de lo mejor de la civilización europea: la que defiende la educación y los derechos humanos, el Estado del Bienestar y la dignidad en el trabajo; la que propaga, como un credo, los derechos y los deberes de los ciudadanos.

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