Tribuna

Adiós, Carmen, valiente y entregada

17.05.2017 | 23:15

Conocí a Carmen Chacón. Nuestra amistad se inició, suele suceder, fortuitamente: se interesó por una casa que yo tenía en venta y que finalmente compró con su pareja.

Con Carmen asistí a momentos de nuestro pasado reciente que finalmente se consideraron históricos. Como a todos nosotros no se me olvidará el día que, entre el pequeño grupo de invitados personales, vi a Carmen, tan guapa, tan embarazada, con sus tacones, enfilar hacia el grupo de militares que le rendían honores en el patio central del Ministerio de Defensa. A mi lado, recuerdo, estaban Punsset y el director de teatro José Carlos Plaza y otras muchas personalidades de la cultura, de la ciencia y de la política. Un silencio sepulcral anunciaba, en aquel patio, que aquello que habríamos de vivir resultaba, resultaría, algo único, excepcional.

A su paso por donde estábamos no me pude reprimir y grité ¡guapa! con esa licencia que nos podemos arrogar los actores por aquello de que nos toman por excéntricos, que no lo somos.

Nunca me arrepentí. En primer lugar porque Carmen resplandecía por encima de todo y de todos y en segundo lugar porque, ya puestos a que aquello fuera de otra manera, añadí mi humilde grano de arena. Eso sí, sonó como un trueno en verano.

La compañía que la rendía honores se puso firme a su paso y su banderín se postró ante una mujer. Por primera vez. Sin más. Cómo no.

Luego llegaría el momentazo de «gritad conmigo: ¡Viva España!», ese palabro que, por razones históricas, parece reservado a los fascistoides y que en cualquier otra parte del mundo resonaría como síntoma de orgullo, de sentimiento familiar, de alegría, de pertenencia. Aquí aún hoy no lo es. Las próximas generaciones no lo entenderán. Pero así se respiraba, así. No corría el aire. «Gritad», dijo, «conmigo: ¡Viva España!» y... todos los militares que allí estaban respondieron a esa valiente mujer, única, decidida, íntegra: ¡Viva! Sí, Carmen; ¡viva!, ¡viva!. Cuando tu hijo Miguel, de mayor, vea esas imágenes, ¡ay!, ¡qué orgulloso estará de ti! Al poco de este acontecimiento singular tuvo que, por motivos de seguridad, abandonar la casa de la calle Príncipe, aquella que antes habíamos habitado nosotros, y fue trasladada con su familia al apartamento que se le destinaba en el Ministerio de Defensa, un enorme edificio que alberga a miles de trabajadores con lo que eso lleva aparejado de instalaciones de intendencia y servicios de personal de todo tipo.

A los muy pocos días de su traslado estrenamos tan singular apartamento un grupo muy reducido de amigos, apenas tres parejas, que curiosos cenamos en el salón de esta vivienda oficial invitados por la ya nombrada ministra de Defensa del Estado español. Recuerdo que tras pasar por unos cuantos controles de seguridad y acompañados por un militar encargado del protocolo de bienvenida tuve la oportunidad morbosa, lo confieso, de husmear en busca de posibles costosas reformas de anteriores ministros que en aquellas épocas escandalizaban en los medios de comunicación al sufrido contribuyente. No lo encontré. La vivienda era austera, cuartelaria, decorada con cierta vocación espartana que remataba con cuadros de batallas y de caza de otras épocas. Me recordó el servicio militar. Los acuartelamientos. La cena, también sencilla (carne o pescado), también austera, fue servida por un militar uniformado. Fue la única señal de excepcionalidad. Al poco tiempo, en sucesivas reuniones de amigos (los inolvidables mundiales de fútbol en los que acabamos campeones del mundo y algún que otro cumpleaños), desapareció incluso aquella pequeña prebenda de excepcionalidad y tanto la comida como la bebida, que parecía comprada por la propia Carmen en cualquier supermercado cercano, aparecía ya como un presente privado.

Nadie de personal de servicio, ningún signo de distinción que pudiera vincularse a su importante destino profesional; nosotros mismos los invitados (entre los que estábamos numerosos ministros y eminentes empresarios y periodistas) acudíamos a las inmensas cocinas del Ministerio donde en enormes neveras industriales cogíamos los botes de cerveza y las botellas de vino, que se veían apartadas en una esquina... como si en todo momento se quisiera subrayar que la invitación era personal, que los ámbitos de lo público y lo privado estuvieran perfectamente delimitados, que ser ministra era un simple servicio a la sociedad por tiempo limitado, que aquello no era algo consustancial a la clase social a la que se pertenecía tal y como otros, supongo, acuden a tales cargos; en definitiva, que allí se estaba de paso, que se iba a trabajar por un tiempo limitado y a ser amigo de sus amigos, en privado. Así creí que Carmen nos acogía, revestida de integridad. Años después de su paso por todo cargo público coincidí con Julio Rodríguez, Jefe del Estado Mayor en tiempos de Carmen. Le pregunté por ella, por su impronta al paso por el Ministerio de Defensa. Sus palabras no pudieron ser más elocuentes: «yo la quiero mucho». Ya dicho así, por un militar, me dio a entender que por allí había pasado una mujer que, quise pensar, había imprimido en las relaciones una inhabitual forma de lenguaje. Acabó confesando que «en las reuniones con los generales la que más sabía de lo que allí se iba a tratar era Carmen». Lo estudiaba. Iba preparada. Así dicen de ella: preparada, trabajadora, currante, entregada. Carmen acudía a todos y cada uno de mis estrenos de teatro. Últimamente un montón, no faltaba a ninguno. En mis compañeros de teatro, cada uno de su padre y de su madre ideológicamente hablando, despertaba expectación, les caía bien a todos, a propios y a extraños, como si Carmen fuera otra cosa, como si no perteneciera a ese universo de políticos al que ahora la ciudadanía denuesta sin distinciones, como si ella fuera otra cosa. Se la respetaba mucho. Y eso me hacía estar orgulloso de ella.

El domingo 12 de marzo fue la última vez que la vi, estuve en su último cumpleaños. Ya había dejado de ser blanco de las tribulaciones políticas y su vida discurría tranquila en su actividad privada. Se me ocurrió, vista la crisis de liderazgo que su partido presenta en estos últimos meses, pensar en voz alta algo que estoy seguro que sería un respiro para ese partido: «si te presentaras, Carmen, a líder del PSOE, esta vez iría bien». No se me olvida su respuesta: «por favor, dejadme estar tranquila». Así cansa la política pensé.

En ese cumpleaños una y otra vez se sentaba un ratito a mi lado: «quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti, que sé que no paras de trabajar y que me encanta todo lo que haces», yo le daba las gracias y le devolvía el piropo inútilmente: «no, que lo que quiero es que sepas que estoy muy orgullosa de ti, Roberto, eso es lo que quiero que sepas». Y fue lo último que escuché de su boca. Y así quedará en mi memoria, como una mujer alegre, animosa, muy amiga, preocupada por los demás. Su última imagen se quedó en nuestra retina congelada en una excelente fotografía que sus compañeros de partido dispusieron en su velatorio. Sonriente, mirándonos a los ojos. Sobrecogía el ingente número de personas, políticos de toda condición, muchos ya desaparecidos de la vida pública, otros de ingente actualidad que la acompañaron en este último instante en su presencia. Créanme, vi ojos enrojecidos en muchos que uno no espera, que sonaban sinceros, destinados a los más íntimos... muy emocionante.

Y a la salida esas palabras de Felipe González que, estoy seguro, podrían perfectamente pertenecer a ella misma y que aunque, destinadas a su partido, se podrían extrapolar a cualquiera otra situación: «cosas como estas», refiriéndose al velatorio de Carmen, «deberían llevarnos a los socialistas a discutir de lo verdaderamente importante». Adiós, Carmen, valiente, íntegra, trabajadora, alegre, amiga y entregada a los demás.

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