Crónicas galantes

La socialdemocracia muere de éxito

24.05.2017 | 22:28

Rojo pero guapo, Pedro Sánchez ha seducido a las bases (y basas) del PSOE que acaban de alzarlo a la jefatura del partido contra el parecer de la vieja guardia. Ni Felipe, ni Guerra, ni el clan de la tortilla, ni aun el gafe de Zapatero fueron quienes de resistir el embate del favorito de los militantes. Ya que no en las elecciones generales, Sánchez triunfa al menos en el más doméstico ámbito de las internas. Aunque eso no vaya a servirle de gran cosa cuando deba enfrentarse al más ancho parecer de los ciudadanos. Igual hubiera dado que ganase la reina del sur, Susana Díaz; o ya puestos, el candidato de relleno Patxi López. Tanto ellos como el ahora vencedor se verían imparcialmente obligados a aplicar los principios socialdemócratas que son la marca de todos los partidos que hacen sus negocios electorales en Europa. Y ninguno mejoraría los declinantes resultados del PSOE en las urnas. Tampoco Sánchez lo hará. La obvia explicación reside en que la socialdemocracia está muriendo de éxito en los países desarrollados. Todo lo que figuraba en sus programas ha sido asumido por los Estados europeos e incluso por Canadá, que cae hacia Norteamérica. La sanidad universal, las pensiones, los seguros de desempleo y la protección de los más desvalidos son ya habituales –con diferentes matices– en ese feliz ámbito del Primer Mundo. Prometer a la gente lo que ya tiene es un esfuerzo más bien inútil. Quizá eso explique la decadencia general de los partidos que se adjetivan de socialistas o laboristas: ya sea en Francia, ya en Inglaterra, ya en Italia, ya en la Alemania donde gobiernan en coalición con Angela Merkel. Sobra decir que España no representa excepción alguna a esta tendencia. La UE es, en realidad, un club de liberales, conservadores y socialdemócratas que no permite el acceso de socios con otras ideologías. Existir, existen, desde luego. Las alternativas que últimamente se proponen (con cierto éxito) son el comunismo o si acaso el fascismo, que viene a ser la misma cosa pero en plan de derechas. Los fachas de Marine Le Pen, por ejemplo, recogen el descontento de los nuevos sans-culottes franceses. Se limitan a pescar en el mismo caladero de votos que los comunistas de Pablo Iglesias en España o los de Alexis Tsipras en Grecia. Tanto da, en realidad. Gane quien gane, al final se hace lo que diga nuestra estricta gobernanta Angela Merkel, como bien sabe el pobre de Tsipras, que no para de recortar derechos a los trabajadores y pensiones a los jubilados de su país. Sánchez no es más socialista que su colega Tsipras, ni mucho menos. Temen las gentes de orden que su elección vaya a desembocar en el nacimiento de un frente popular como el que ya gobierna en Portugal o en la antes mentada Grecia; pero no hay razón para que se asusten. A lo sumo, el triunfante Sánchez intentará darle marcha atrás al reloj de la Historia devolviendo al PSOE a los tiempos anteriores a Felipe González. Si el sevillano forzó la conversión de su partido marxista a la socialdemocracia, Sánchez podría buscar en Podemos un aliado con el que restablecer los decimonónicos principios socialistas del otro Pablo Iglesias. No es seguro ni aun probable que los votantes le vayan a acompañar en ese empeño; pero tampoco importa. Con o sin Sánchez, la socialdemocracia ha muerto de éxito. Y ni siquiera un brujo sería capaz de resucitarla.

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