Tribuna

Cuarteles de invierno

25.05.2017 | 23:12

Administrar la derrota no es fácil y gestionar la victoria tampoco. Susana Díaz, que sufrió el rechazo mayoritario de la militancia socialista no andaluza, lleva días digiriendo unos resultados no esperados. La digestión está siendo pesada pero ya se nota en las palabras y en la cara de la presidenta andaluza que ha pasado página proclamando que es necesario apoyar al ganador Pedro Sánchez. Éste, el ganador, todavía está rumiando su victoria, aunque sus más próximos proclaman que no habrá sangre, ni revanchas. Se impone, en estos momentos, pasar de la retórica de las palabras a los hechos. Susana Díaz ha confesado que no será beligerante en el congreso federal de junio y Sánchez ha enseñado la patita: el PSOE no apoyará la moción de censura de Podemos contra Mariano Rajoy. Algo es algo. Habrá que esperar los siguientes movimientos de Pedro Sánchez atado como está a algunas de sus promesas en la campaña electoral. En un guiño a la militancia ya tiene dicho que no quiere barones en su ejecutiva sino soldados rasos, no contaminados por el pasado, ni herederos de quienes hicieron grande a este partido. Craso error. Los socialistas gobiernan en siete comunidades autónomas y sería suicida prescindir de quienes están al frente de las mismas, dejándolos inertes y sin más responsabilidad que ser floreros en este nuevo PSOE que pretende Sánchez y algunos de sus señalados acólitos, entre ellos el incunable Josep Borrell. El PSOE se puede encontrar con un secretario general de ordeno y mando, al estilo de Pablo Iglesias en Podemos, y una militancia sobre la que cimentar la nueva estructura de un partido que vive inmerso en la duda y busca dónde situarse para ser alternativa válida de poder y de gobierno. Sánchez no lo tiene fácil y mucho menos con el reto que se ha impuesto, echar a Rajoy de La Moncloa.

Sí hay una cosa cierta y es la que puede amalgamar a la militancia y a los dirigentes, los nuevos y los históricos, tal cual es mandar al paro a un gobierno corrupto como jamás lo hubo en España. El PP es una infesta cloaca y buscar la fórmula para echarlo del poder es, parece ser, la primera tarea que se ha impuesto Pedro Sánchez una vez se serenen sus mesnadas que andan descosidas de boca soltando sandeces como se le ocurrió a la diputada asturiana Adriana Lastra, crecida pregonera de Sánchez (pocos más atributos tiene) cuando en Onda Cero llamaba a los barones a pedir perdón al nuevo secretario general. Que no haya un lugar para los dirigentes socialistas que desde el año 1980 transformaron España no sólo es despreciar su valía sino una afrenta personal que se terminará pagando. Si Sánchez quiere recomponer el partido socialista desde el resentimiento y la bilis su fracaso empezará escribirse. De todos modos y después de haber escuchado a José Luis Ábalos y a Odón Elorza y ver como respira (se quita la máscara) Iceta el catalán se puede pensar que la radicalidad que predican y machacan algunos impenitentes seguidores de Sánchez puede ser aplacada por el sentido común y el buen obrar de quienes llevan, como dije en mi anterior artículo, muchos quinquenios de militancia.

La pregunta que nos hacemos en Andalucía pasa por saber qué hará Susana Díaz después de la cara que ofrecía en su noche más amarga, la del, 21 M. Tengo la sensación, nada más que la sensación, de una estratégica retirada a su cuartel de invierno que es Andalucía. Aquí está su fuerza y su futuro. Tiene por delante dos años de legislatura, una vez selladas ciertas heridas con Marín, de Ciudadanos y su apoyo en la gobernanza andaluza, y habrá de cumplir su programa sabiendo que tiene que suspender las operaciones en invierno para tomar fuerzas, afilar armas y diseñar estrategias que le hagan ganar de nuevo a la derecha a Andalucía. Contra lo que se ha escrito y dicho soy de los que piensan que uno de los perjudicados por la debacle de Susana Díaz es Moreno Bonilla, incapacitado como está para ganarle si sigue siendo la candidata a dos años vista. Con Susana Díaz en Madrid, el meritorio líder del PP andaluz podría tener opciones de llegar a San Telmo, pero con una Susana enrabietada, dispuesta a seguir batiéndose el cobre por esta tierra lo tendrá difícil por no decir imposible; tal cual le sucede a su otra contrincante, Teresa Rodríguez, echada a los caminos andaluces emulando al caballero de la triste figura, don Quijote de Despeñaperros.

P.D.- (1) No se me ha olvidado: Susana Díaz tiene 43 años. Dicho está.

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