El ruido y la furia

Noche de San Juan

En aquellos días azules, por las tardes, yo me sentaba en el brocal del aljibe a descifrar los hondos ecos del agua

22.06.2017 | 22:05

Con la noche de San Juan llega de veras el verano. Sí, ya sé que no me ciño al calendario oficial, a la exactitud cronométrica de los observatorios, pero yo me rijo por la ancestral tradición que aprendí de muy niño, la que dicta que es por San Juan cuando el solsticio trae la inmortalidad de las tardes.

Me gusta el verano, su lenta manera de hacer las cosas. Siempre he esperado con impaciencia su llegada, su calor y su luz, aunque me suponga un ataque grave de melancolía. Una prueba concluyente de que la vida es una enorme, terrible injusticia, es que no tengamos el derecho de, al menos una vez, volver a tener ocho años y un día de verano por delante, un día sin corrupción, sin atentados, sin hipoteca ni plazos concluyentes. Un día para no mandar y para que no te mande nadie. Una mañana de verano con un balón de fútbol y veinte amigos, dos horas largas de carreras, gritos y algún conato de pelea, y luego descansar a la sombra fresca del portal, sobre el escalón de mármol, y callarnos todos un segundo y sentir cómo se mece la eternidad.

Entonces, en aquellos días azules, por las tardes yo me sentaba en el brocal del aljibe a descifrar los hondos ecos del agua. Había en mi casa una luz que se demoraba en las baldosas y se reía en los cristales, una luz como si el mar estuviera cerca. A esa hora el silencio se hacía más denso, un toro echado en el llano. En una penumbra muda que sabía a pasas dormía la casa y la tarde se abría mansa y eterna. Por entonces la vida, maciza y desnuda, cómplice de mi niñez, parecía interminable. Pero aquellos días se me han perdido. Ya no está allí mi casa, ni la voz del agua, ni aquella luz, ni el camino largo que llevaba a la marisma.

Definitivamente el verano, como la lluvia en aquel soneto de Borges, es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Y quizás por eso este ataque de melancolía hoy, a solo unas horas de la Noche de San Juan, esa noche en que encendemos candelas para matar la noche, para hacer eterno el día. Candelas que tienen la facultad de remover recuerdos y hacernos ver que de aquellos veranos no queda nada más que la memoria y el calor, que no se hace viejo, que cada año se nos echa encima con más furia y más ardor, con su costumbre de secar el tiempo y volverlo tan amarillo e inservible como el periódico de ayer.

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