Tierra de nadie

Cucarachas

24.06.2017 | 21:53

Quizá lleve razón el presidente de Telefónica cuando afirma que los datos podrían sustituir al petróleo como el recurso más valioso del futuro. De hecho, ya hay empresas que viven exclusivamente de su tratamiento. Del tratamiento, además, de datos periféricos, como el del color de su pelo de usted o el de mis hábitos higiénicos. Me lo explicó el otro día un mendigo que había sido analista de sistemas. Me dijo que cada vez que entro en la Red, y como al que se le cae la caspa sobre los hombros, voy dejando rastros de mi personalidad. No rasgos centrales, de los muy definitorios, sino fragmentos de carácter de los que ni siquiera tengo conciencia. La máquina ordena esos datos, los somete a unos algoritmos de enorme sutileza (qué rayos será un algoritmo), y de ahí que cuando enciendo mi portátil me ofrezcan publicidad de una cosa y no de la otra.

Todo esto lo sabemos, lo venimos sabiendo, mejor dicho, desde hace algún tiempo, pero no le prestamos atención porque lo sabemos con la cabeza, no con los afectos. La diferencia entre el presidente de Telefónica y yo es que él lo sabe con el cerebro y con el corazón. El viaje de una idea desde el cerebro al corazón resulta muy costoso, pero es la base del éxito. Me lo explicó un día mi terapeuta:
–Usted sabe racionalmente lo que le ocurre. Pero el conocimiento racional no basta. Hasta que no lo comprenda con las emociones, no le abandonarán las migrañas.

Y llevaba razón. La broma me costó cuatro o cinco años de diván, pero una vez que se produjo el tránsito desde el encéfalo al colon, desaparecieron las jaquecas (ahora tengo colon irritable).

Lo raro es que las máquinas, con sus algoritmos, sean capaces de mezclar lo racional con lo irracional de tal modo que la publicidad resultante te llegue, además de al cerebro, a los intestinos. De ahí el valor económico de los datos al que se refería Pallete. Valen más que el petróleo, con la ventaja de que los datos son renovables. Ahora mismo me acabo de enterar de que el Marañón, uno de los hospitales más importantes de Madrid, acaba de cerrar siete quirófanos por una invasión de cucarachas. Las cucarachas, al contrario que el petróleo, no se acaban nunca.

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