En solo 725 palabras...

Ay, verano, cómo eres...

En verano, aunque nos disfracemos de invierno, corbata incluida, las palabras pueden jugarnos malas pasadas, hasta el punto de llevarnos a expresar lo que no queremos expresar

12.07.2017 | 05:00

El verano es sinónimo de licencias y desmelenes, en el buen sentido. En verano algunos frenos sociales cesan. Es como si el calor le afectara a las rigideces, y que estas con el bochorno se relajaran. Durante el estío todo se vuelve liviano e ingrávido. Hasta mi viejo amigo Ricardo cambia el negro por el beige en sus trajes y el borsalino por el panamá en sus sombreros. Con la canícula los relojes se ralentizan, como las promesas... Tanto, que, a veces, los relojes y las promesas se detienen hasta el otoño o el invierno próximos o, quién sabe, hasta el próximo verano o el próximo lustro o las próximas elecciones o la próxima vida... Que le pregunten, si no, a nuestro superalcalde De la Torre por su sinvivir histórico con los Baños del Carmen y con algunas otras cuitas históricas...

El verano es tiempo de disfrute, no de pronósticos. Los pronósticos, mejor para otoño e invierno..., de este año o de los venideros, que hay tiempo, según algunos locos... Otoño e invierno son tiempos para cumplir. El calor, sin embargo, invita más a la promesa fingida, al solaz sin prisa, al ardor puntual del ayuntamiento a deshoras... Al verano lo mueven el corazón y la pasión. Al otoño y al invierno, la puntualidad y el cerebro. Otoño e invierno son tiempos de obviedades. El verano es tiempo de asombros.

Seguro que usted, amable lector, ya ha reparado en ello, pero, si no es así, préstele atención y verá que no le miento: el relajo del estío deja a las palabras en pelotas. Las capas de abrigo que exige el invierno las oculta, pero el calor las despelota. Y cuando el despelote llega, a veces vuelan plácidas y contenidas, y a veces terminan chocando con las entendederas del respetable. En verano, aunque nos disfracemos de invierno, corbata incluida, las palabras pueden jugarnos malas pasadas, hasta el punto de llevarnos a expresar lo que no queremos expresar.

Valga como muestra, si no, el botón de la intervención del consejero Fernández Hernández en el foro organizado en Málaga por el Diario Sur el pasado viernes. Al consejero Fernández Hernández, que es un hombre bienintencionado, lo traicionó el verano; la influencia que el verano tiene sobre las palabras, quiero decir. Las palabras, en verano, las carga el mismísimo diablo, en persona.

El consejero no quiso decir que la sociedad de acogida de los destinos turísticos no tiene que sentirse turista en su propia tierra, ni que los turistas deben sentirse sociedad de acogida en tierra ajena, aunque lo dijo. Pero no fue él, fue el verano, que trabuca las palabras. ¡Ay, verano, como eres...!

Tampoco fue el consejero quien confundió la turistización con la turistificación, como ocurrió en un momento de su intervención. Fue otra vez el verano... El consejero Fernández Hernández sabe que el palabro turistizar alude a la adaptación responsable de los destinos turísticos a los flujos y a las expectativas de los segmentos y los mercados, sin desvirtuarse, ni privarse de sus señas de identidad, y facilitando la máxima pulcritud en el ejercicio de la gobernanza. Y también sabe que el palabro turistificar alude a lo mismo que turistizar, pero sin entender la gobernanza como la única ley de leyes universal que garantiza el futuro de los destinos turísticos. O sea, turistizar y turistificar son la representación turística del eterno dualismo del bien y el mal.

Tampoco quiso decir lo que dijo cuando aludió al ejercicio pedagógico a llevar a cabo con la sociedad de acogida, para hacerla comprender que el turista es un amigo, no un enemigo. Seguro que otra vez fue el verano..., porque, a estas alturas, ¿qué malagueño –me refiero a la provincia– no es consciente de lo que ha representado, representa y puede representar el turismo para Málaga? El consejero sabe que la clave no es la pedagogía, sino la gobernanza.

Porque cada día que pasa es un día tarde, ya es hora de arrostrar la responsabilidad de estudiar y definir la capacidad de carga de nuestros destinos turísticos, y de asumir los resultados como la única biblia capaz de garantizar un futuro turístico ordenado y sostenible para nuestra tierra.

Seguir insistiendo en neologismos tecnocráticos y en atracones obsesivo-compulsivos de oferta, por muy diversificada y especializada que esta sea, terminará sumiéndonos en una bulimia turística crónica, con peor pronóstico cada vez.

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