Sólo será un minuto

La distopías modernas temen al progreso

La ficción televisiva y cinematográfica se apunta al pesimismo sobre los peligros de los avances en ciencia y tecnología

13.07.2017 | 05:00

La emisión meses atrás de la serie Black mirror dio pie a un interesante debate que, dejando a un lado los valores artísticos de la misma, se centraba en la pesimista visión del futuro que ofrecían sus historias, llenas de personajes adictos a las nuevas tecnologías en un mundo donde los avances de las máquinas traían en muchos casos una deshumanización galopante. Algo parecido a lo que sucedía en Westworld, en la que unos robots de apariencia humana creados por una especie de Dios de la ciencia servían como distracción de los visitantes a un parque temático del Oeste americano. Hasta que se rebelaban. Y está en antena con excelentes críticas El cuento de la doncella, otra distopía que muestra una sociedad regida por fundamentalistas religiosos en la que las mujeres fértiles son utilizadas como úteros con piernas por las clases acomodadas para tener hijos. Por no hablar de sagas cinematográficas apocalípticas en las que la supervivencia es el plan nuestro de cada día con una raza humana que retrocedía siglos en el calendario de la historia.

Ante esta moda de distopías marcadas por el pesimismo frente a los progresos tecnológicos y científicos con gran capacidad alienante cabe preguntarse si estamos ante una moda pasajera en la que el escepticismo por la crisis moral, climática, política y económica se adueña de la opinión pública por causas coyunturales o si, por el contrario, se está fraguando una especie de contrarrevolución de aristas conservadoras que aprovecha los miedos de la gente a los cambios que no solo se avecinan sino que ya están aquí, y que afectan tanto a la vida privada (cada vez menos privada) como al empleo, la salud y la convivencia. La historiadora norteamericana Jill Lepore se refiere a este auge de la ficción distópica como «una ficción de la sumisión; de un siglo XXI desconfiado, solitario y hosco; de las falsas noticias y las guerras de información, de la impotencia y la desesperación». Un panorama desolador.

Esta distopía de nuevo cuño que se hace eco en muchos casos de la cultura imperante de la queja y el linchamiento virtual (y las redes sociales tienen mucha parte de culpa) tiene unos efectos contaminantes en la percepción de muchas personas sobre los progresos científicos y técnicos. En la memoria colectiva están grabadas imágenes terribles del futuro que las pantallas, cada vez más sofisticadas en su reflejo realistas de una realidad inexistente, han ido acogiendo desde los tiempos de Terminator y sus máquinas devastadoras: cuidado con los robots porque pueden pasar de limpiarte la cada a esclavizarte.

Como bien apunta Esther Paniagua en un reciente artículo publicado en El Mundo, «el temor a que se hagan realidad las imágenes hiperbólicas de un mundo catastrofista de ciberguerra, de subordinación a las máquinas, de descontrol, de eugenesia y elitismo tecnológico y de pose, pueden constituir una barrera al avance si estas distopías no vienen acompañadas de una crítica propositiva».

Nadie puede dudar del valor de la inteligencia artificial, los robots, el big data, la edición genética y las redes sociales como fuente de beneficios para la humanidad. Sin embargo, estas nuevas distopías se limitan a destacar las posibles consecuencias negativas de su uso irresponsable e indiscriminado sin ofrecer alternativas e ideas que refuercen en la opinión pública la necesidad de que haya un control ético y moral que marque y gestione su desarrollo. Porque, como le dicen a menudo a los superhéroes, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Una responsabilidad que atañe a todos porque recordemos que ningún hombre es una isla y que no hay que preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti. Aunque sean de realidad virtual.

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