Porque hoy es sábado

No time no space

14.07.2017 | 23:41
Joaquín Marín. La Opinión le llegó como un soplo de periodismo independiente en la ciudad de la que él tenía todas las claves que, sobre todo en la primera época, le rejuveneció.

"Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo la encontrarás, la encontrarás al final del camino». Anteanoche cantaba Franco Battiato sentado sobre una alfombra persa en la plaza de toros de Málaga. Un compañero me envió un mensaje al móvil. Aquel por quien inicié esta aventura en La Opinión ya no estaba en este tiempo en este espacio. Joaquín Marín fue Málaga en Madrid, Málaga en Málaga, Málaga en Sevilla y Málaga en cada uno de quienes le tuvimos de director en este oficio. Comenzó escribiendo para El País, yo le conocí ya en Sur y nos hicimos amigos en Canal Sur. Lo que vivió allí y cuando dejó de ser director de RTVA, casi le superó, pero él ya venía con acero en el carácter desde la pronta pérdida de la madre de su primer hijo, Joaquín M. D. (tan periodista como él). La Opinión le llegó como un soplo de periodismo independiente en la ciudad de la que él tenía todas las claves que, sobre todo en la primera época, le rejuveneció. El resto me lo guardo para mí y queda entre él y yo y nuestras largas conversaciones de meses, a solas en aquel bar de la Malagueta. Loma y el actual director de este periódico que él fundó, Juande Mellado, le dedicaron vibrantes recuerdos ayer. Y, entre otros periodistas, Pedro Luis Gómez lo hizo con emoción en Sur. Joder, Joaquín, ahora me estarías reprendiendo por llevar una veintena de frases sin poner un punto y aparte. ¡Joder!

Querido Joaquín

Hoy hace 17 años –también fue en julio, como tan temprano ha muerto Joaquín con apenas 70 años cumplidos– de la muerte del bueno de José María Martín Carpena. Esa vez la noticia me pilló en un concierto de Maná, de nuevo en la plaza de toros malagueña, como ya he contado otras veces. Allí iba, precisamente, José María con su mujer Elvira y su hija Mariché (para ambas besos siempre) cuando la vileza de ETA le asesinaba ante su familia en el aparcamiento de su propia casa. Le disparó Igor Solana, a quien esperaba en un coche para la huida Harriet Iragi, conviene no olvidar. Le lloré un río, quizá cantaban Maná cuando supe de lo ocurrido y salí de allí. Otro asesinato ahora recordado, el de Miguel Ángel Blanco, me pilló viviendo en Madrid. El impacto de aquella otra muerte atroz, con la que también empezó a morir ETA, fue colosal en la ciudadanía. Me subí a mi coche y vine a Málaga. Por encima de cualquier obstáculo partidista, recuerdo que llegué de noche y fui a calle Salvago, la sede del PP en Málaga. Allí estaban con la respiración contenida algunos de los jóvenes militantes que luego serían cargos públicos y orgánicos en Málaga. En la bruta lógica de los etarras, la liberación del pobre Ortega Lara había que vengarla. No daban para más. Es fácil matar, supongo, cuando hay más paja que trigo en el corazón y en la cabeza. Todo en ETA está exento de la más mínima literatura.

Punto y aparte

Y escribo de nuevo demasiadas frases sin un punto y aparte, querido Joaquín. «Escribe lo que quieras», me dijiste poco antes de que el primer número de La Opinión saliese a la calle el 25 de mayo de 1999, aquel periódico de papel que tenía a Celia en la portada recordando su órdago para que llegara el AVE a Málaga, lo que ocurriría ocho años más tarde. «Sólo te pongo un límite: el de la condena firme y sin paliativos de ETA en todo momento».

Desgarro

Casi 6.000 kms2 se han desprendido de la Antártida, más de un billón de toneladas de hielo. Quizá algo ha muerto en la Tierra con ese otro desgarro. Verlo vagar peligrosamente por el océano se me asemeja a la metáfora de decir adiós a quienes quisimos para que floten por siempre en las aguas de nuestra memoria. Nos queda mantener el frío para que esos recuerdos congelados en el tiempo y el espacio jamás se derritan, a pesar del dolor que nos produce chocar de cuando en cuando con ellos.


Carpena y Miguel Ángel

La imagen de Miguel Ángel Blanco, héroe y mártir a su pesar –como José María–, es la perfecta iconografía que recuerda a todas las víctimas, a todas, de la estupidez asesina de los etarras quienes, para colmo, alimentaron mucho cerebro golpista con su barbarie. Fueron cerca de 2.500 atentados y más de 800 víctimas mortales, a lo que hay que sumar a quienes sufren las secuelas físicas de por vida y a los familiares que viven con el vacío absurdo que dejaron aquellos a quienes perdieron por nada. Por eso indigna que aún haya división y utilización política en el 20 aniversario del asesinato del pobre muchacho de Ermua.

Injusticia olímpica

También ha muerto esta semana de un mal golpe un atleta paralímpico cuando entrenaba en Londres. El accidente coincidía con la noticia del fondo millonario que se va a repartir entre quienes participaron en las Olimpiadas de Barcelona 92. No entre los paralímpicos españoles que también nos hicieron brillar a todos con sus medallas. Somos hijos de un dios menor, como me suele decir la entonces medalla de oro de esgrima y hoy concejala de Movilidad, mi querida Paqui Bazalo? Porque hoy es sábado.

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