Las siete esquinas

Populismo educativo

16.07.2017 | 20:41

Hablar de temas educativos, igual que hablar del Procés soberanista catalán, no es un asunto cool. En una reunión de la buena sociedad, entre gente sofisticada y rica, de ésa que las crónicas de sociedad definen con la frase «con casa en Mallorca», no es de buen tono hablar de estas cosas. Hay que hablar de la corrupción y echar pestes contra los corruptos, sobre todo si son el PP, claro que sí (de los otros corruptos hay que olvidarse o hacer como que no existen). Y también hay que despotricar contra los turistas –eso es ahora lo más cool de todo–, porque ya sabemos que la riqueza y el lujo y la sofisticación de esta gente se ha creado por generación espontánea, como una sutil manifestación de la prodigalidad de la naturaleza. Ahora bien, por nada del mundo hay que sacar a relucir estos temas tan aburridos –la educación en España, el Procés soberanista–, no vaya a ser que nos tomen por unos cenizos y unos pelagatos y unos aguafiestas.

Pero justamente ahora hemos sabido que cinco comunidades autónomas –entre ellas Balears– permiten que sus alumnos obtengan el título de ESO con dos asignaturas suspendidas y sin necesidad de superar el examen de recuperación de septiembre. Las asignaturas suspensas no pueden ser ni Lengua ni Matemáticas, pero aun así no parece una medida muy aconsejable en una sociedad que alardea –sin ningún fundamento– de contar con la generación joven más preparada de la historia. Y más bien parece que estas medidas van encaminadas a disimular las cifras escandalosas del fracaso escolar: estos alumnos, que en realidad han fracasado en sus estudios, pasan a ser considerados estudiantes que han superado la ESO. Una falsificación más entre las muchas falsificaciones cotidianas que vivimos en nuestra sociedad. Con el agravante de que dirige un peligroso mensaje a los alumnos y a los padres de los alumnos: en algunas comunidades autónomas es más fácil aprobar la ESO que en otras. Es decir, que hasta los aprobados dependen del partido político o de las coaliciones que gobiernen en un determinado lugar. Una prueba más del bochornoso sectarismo que se ha adueñado de nuestra vida política –hasta los aprobados y los suspensos dependen del partido político que gobierne–, y más aún en un país en el que las comunidades autónomas pueden ejercer sin ningún disimulo el peor caciquismo educativo.

Y lo peor del caso es que muchos estudiantes no son del todo culpables de su fracaso escolar. Algunos sí, por supuesto, porque sus familias y los medios de comunicación mayoritarios –y pienso en determinadas cadenas de televisión– les han inculcado la ley del mínimo esfuerzo y el desprecio por todo lo que signifique saber y conocimientos, y no digamos ya si esos conocimientos proceden de la Filosofía o de la Historia. Pero otros alumnos que demuestran una mejor actitud y cierta disposición a aprender, aunque al final acaben fracasando, no son culpables de unos planes de estudio descabellados y de unos libros de texto mal redactados y peor explicados (y dentro de poco, si nadie lo remedia, se impondrá el lenguaje inclusivo en los libros de texto, con el consiguiente destrozo de la sintaxis y con la consiguiente destrucción de toda la belleza y toda la claridad que debería tener un texto literario). Nos guste o no, muchos alumnos fracasan porque nuestro sistema educativo está mal concebido y peor planificado.

Cualquier profesor inteligente sabe que el fracaso escolar es sobre todo un fracaso lingüístico. Y nuestro sistema educativo no es capaz de conseguir que los alumnos entiendan lo que leen, de modo que son incapaces de aprender las materias porque simplemente no se enteran de lo que están leyendo. Uno de nuestros mejores pedagogos, Gregorio Luri, ha escrito en alguno de sus ensayos que "el mayor escándalo de nuestra escuela es que, en cuarto de Primaria, ya podemos identificar a los niños que fracasarán académicamente". Eso lo saben los profesores y lo saben los buenos pedagogos (que no abundan), pero no lo saben los supuestos expertos que únicamente se basan en criterios ideológicos, igual que los sindicatos de profesores que sólo se preocupan de introducir su ideología en las aulas, desentendiéndose por completo de los resultados académicos (en Mallorca los conocemos bien). Esto es así y puede verlo cualquiera que tenga dos dedos de frente, pero nadie querrá darse por aludido y nadie querrá cambiar las cosas. ¿Por qué? Porque nuestro sistema educativo se basa en una concepción puramente ideológica de la enseñanza que confunde la igualdad de oportunidades con el igualitarismo intelectual y que desprecia los hechos objetivos y las verdades incómodas cuando no se ajustan a estos principios. Para nuestro sistema, el talento es pernicioso y los conocimientos son secundarios. Lo importante es la actitud, la solidaridad, la predisposición. Con eso basta. El populismo educativo goza de muy buena salud entre nosotros.

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