360 grados

Rusia

18.07.2017 | 00:16

Hay quienes –y son poderosos– no quieren a Rusia en Europa. Hay muchos a ambos lados del Atlántico que prefieren verla no ya sólo como un rival económico, sino como un enemigo.

Hay muchos efectivamente que parecen echar de menos aquella Guerra Fría con los dos bloques irreconciliables de cuyo enfrentamiento tanto partido sacaron algunos.

Hay quienes no aceptarán nunca la anexión de Crimea por lo que supone de violación del derecho internacional y de peligroso precedente e insistirán en seguir castigando por ello a Rusia hasta conseguir que suelte su presa.

Pero todos ellos se niegan a ver lo que con tanta claridad se ve desde el otro lado: una OTAN que no deja de estrechar su cerco en torno a Rusia como si el Pacto de Varsovia no hubiera pasado ya a la historia.

No cabe duda de que Rusia ha intentando intervenir una y otra vez en los procesos electorales de algunos de los países de su antigua órbita, pero ¿no lo ha hecho también y de forma continua Occidente?

¿No tuvieron acaso nada que ver los políticos y economistas norteamericanos en la adopción por la Rusia de Boris Yeltsin y demás países del Este de radicales «terapias de choque» que tanto sufrimiento causaron a sus poblaciones?

Los medios de Estados Unidos parecen últimamente empeñados en acusar a Rusia de haber ayudado a Donald Trump a robarle prácticamente la Casa Blanca a la demócrata Hillary Clinton.

Pero con independencia de lo que hayan podido hacer los rusos, los demócratas se hundieron ellos mismos al optar por la candidata del establishment, de Wall Street y del Pentágono frente a un Bernie Sanders que ponía en cuestión sus intereses.

No hay que negar el morbo que tiene ahora para los medios –y no sólo los de EEUU– publicar todo lo relacionado con el supuesto ciberespionaje ruso y la complicidad culpable del entorno de Donald Trump.

Lo cual sirve al mismo tiempo para seguir demonizando a una Rusia que se insiste en ver eternamente ajena a los valores europeos.

No es cuestión de defender a un autócrata como Vladimir Putin o negar la enorme corrupción allí existente, pero ¿por qué aceptar en cambio la de Georgia o Ucrania por poner sólo dos casos entre muchos?

¿O a otros dirigentes igualmente autoritarios que que tenemos más cerca como el húngaro Viktor Orban o el polaco Jaroslaw Kaczynski? ¿No estamos aplicando distinta vara de medir según los casos?

Con independencia de la antipatía que nos produzca a muchos la Rusia de Putin, ¿por qué no pensar en que es también el país de Tostói, de Puhskin, de Gogol, de Pasternak, de Rajmáninov, Prokófiev o Stravinski? Una Rusia en definitiva europea, que es la que queremos.

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