Cuaderno de mano

La diplomacia cultural

22.07.2017 | 22:17

La diplomacia es el espionaje del conocimiento y la imaginación. Su misión no consiste en robar datos confidenciales ni en crear tramas de sombras -aunque hay veces en las que sucede y sus promotores creen que nadie se ha dado cuenta del juego de intereses -. El trabajo del diplomático sólo conlleva el elegante secreto de adquirir la cultura del territorio en el que se mueve mientras fomenta la propia. Es decir, conciliar el diálogo mediante la construcción de un lenguaje capaz de crear un espacio en el que encontrarse en beneficio mutuo. Una misión en la que las manifestaciones artísticas y el patrimonio de la identidad tienen pasaporte e influencia en la percepción de su imagen. Un claro ejemplo durante la guerra fría entre EEUU y la URSS lo representó el Ballet del Bolshoi que transmitía un sofisticado retrato de disciplina, compromiso colectivo y alta cultura, al igual que el jazz y el expresionismo abstracto americano propagaron su mensaje de libertad y modernidad más individualista. Lo mismo hizo España en la Bienal de Venecia de 1958 con la obra vanguardista de Manuel Millares, Luis Feíto y Manuel Rivera entre otros miembros de El Paso. Acciones culturales que actuaron, y continúan actuando, sobre los estereotipos con los que un país es percibido en el extranjero.

La comprensión del mundo moderno, la conciencia de nuestros dilemas y cuál es el significado de la cultura frente a la urgencia de los desafíos de nuestro tiempo, exigen que se piense a fondo acerca del papel que deben tener las administraciones públicas y la empresa privada en la proyección cultural exterior; de si es preferible que el instrumento principal sea la lengua española –el Instituto Cervantes en los noventa supuso un importante primer paso- o si ha de ser la creación artística la que exporte la identidad y su espíritu. Esta reflexión se ha hecho en Santander, en el 3º Congreso de periodismo cultural, organizado por la Fundación Santillana y dirigido por Basilio Baltasar. Perfil perfecto de ese arte de la sagacidad, de la educación y del propósito del cometido. Alfil elegante y sutil, en diagonales y en círculos, en los márgenes y en la pluralidad de un tablero en el que establecer ideas y trabajo, acuerdos y estrategias como el Libro Blanco de la Cultura que debería tener la diplomacia, tal y como reclamó Ion de la Riva. Ex embajador en la India, fundador de Casa América, consejero de la Embajada de España en Italia, lúcido y curtido en batallas como la de pacificar la tensión del V Centenario del Descubrimiento mediante la diplomacia cultural, y su desenfado de humor y pasión delante de la postal de la bahía acristalada por el Centro Botín, por la que cruzaban dibujos de veleros de infancia en acuarela de brisa gris y cargueros comerciales como silenciosos fantasmas del atardecer. Una de las escenografías de atmósfera que enmarca hacia dentro esta arquitectura de Renzo Piano, con la que Santander gana una bella infraestructura con estética futurista de los setenta, y un imán para el turismo cultural. El modelo con el que Atenas también intenta regenerarse mediante el nuevo Museo Nacional de Arte Contemporáneo y el Centro Cultural de la Fundación Stavros Niarchos diseñado igualmente por Piano.

No sé si la arquitectura de estos plásticos contenedores contribuye a la diplomacia, además de a promover la economía, pero sí está claro que hay firmas que funcionan como marca. El término con el que sueñan distinguirse hoy día las ciudades, aunque sea un concepto cautivo de la publicidad que permite convertir lo que no se es en lo que interesa que los demás crean. No es marketing lo que las ciudades deben buscar. Lo que importa de verdad es el prestigio de lo que se oferta y que dicha oferta sea realmente un foro con la política cultural de otros países, y a partir de ahí favorezca otras relaciones. Ese es el auténtico reto, y el logro que presentó el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre. Su apuesta personal formada por el Centro de Arte Contemporáneo, la Colección Museo Ruso San Petersburgo Málaga y el Centro Pompidou Málaga. Tres museos fruto de la importante puerta que abrió 14 años antes el Museo Picasso Málaga financiado por la Junta de Andalucía y por la apuesta continuada de Christine y Bernard Picasso con una exquisita colección del artista malagueño y exposiciones temporales de proyección internacional.

Cuatro espacios que han convertido a Málaga en la ciudad de los museos, la tercera en dicha oferta con cerca de un millón de visitantes anuales, como la ha denominado el secretario general de la Organización Mundial del Turismo, Taleb Rifai, y cuyo impacto económico de su atracción museística roza los 547 millones de euros, además de favorecer la celebración de La Cumbre Hispano Francesa, y que sea el Ruso el que alberge, desde mañana hasta el jueves, el Encuentro de todos los directores del Institutos Cervantes. Nada mal para una ciudad que hace diez años suspendió en ser la capitalidad cultural 2016, aunque sus dos infraestructuras estrella dependan de que los políticos malagueños se crean la cultura y sepan estar a su altura, de una renovación pendiente nada clara, y del compromiso con un alcalde que entonces se habrá jubilado. También la Diputación ofreció su proyección nacional a través de La Térmica, dirigida por Salomón Castiel, con su dinamización cultural de la ciudad, y La Noche de los Libros como exitosa actividad.

Diplomacia cultural, entendida también como caligrafía de la política exterior, desgranada en un congreso en el que a todos nos fascinó el discurso de Roberto Toscano, avalado por su experiencia diplomática, acerca de una cuestión tan simple y tan compleja, como la diferencia entre diálogo y dialéctica en un momento de miedos por la pérdida del control de nuestra vida y el aumento de las políticas alfa macho de Estados Unidos, Rusia y China, garantes de una cultura hobessiana basada en la necesidad de autoestima, de gloria y poder a expensas de los otros. Igual de interesante fue el papel que está desempeñando la Secretaría General Iberoamericana representada por Rebeca Grynspan en unas jornadas en las que se debatieron las causas que determinan que el país en el que España tiene peor imagen del mundo sea la propia España; la importancia del pensamiento crítico en la diplomacia; el rol que desempeñó en Londres el Instituto Español del exilio frente a la propaganda del franquismo; lo que supuso la narrativa del boom hispanoamericano en la promoción europea de su identidad; y el vínculo entre diplomacia y literatura simbolizado en escritores de la talla de Pablo Neruda, Alejo Carpentier o Carlos Fuentes, entre otras aportaciones de reconocidos periodistas como Sergio Vila-San Juan, Eva Díaz Pérez, Antonio Iturbe, Antón Castro, Luis Martínez o Manuel Pedraz. Y hubo excelentes ejemplos como el de Radio Ambulante: un podcast que cuenta crónicas latinoamericanos en audio español en la National Public Radio norteamericana, y la hibridación que avala la Fundación Tres Culturas con conciertos como el de la palestina Haya Zaatry. Sin faltar el reconocimiento a María Luz Morales, rescatada en un libro de María Ángeles Cabré, como pionera del periodismo cultural.

Curiosidad, apertura, neuroticismo –para solventar situaciones estresantes sin alterarse- y extroversión, cuatro rasgos del buen diplomático presentes en las relaciones de los agentes culturales de reconocida labor o de incógnito Bond, como jugó la periodista Ana Borderas, en un Congreso donde sin duda estuvo presente la variante cotidiana del ejercicio de diplomacia que se da en torno a la comunicación social, sin necesidad de llevar esmoquin, escote de espalda ni de conversar permanentemente en ajedrez. El brindis final fue la convicción común de que la cultura es la mejor herramienta, en un mundo amenazado por las utopías reaccionarias, para recuperar el Humanismo perdido y volver a soñar. Igual que en esa bahía de Santander que, desde la sala de conferencias del centro Botín, parecía un mapa del mundo en calma en el que sólo la luz podía suceder.

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