Impresiones

El cementerio viviente de Mosul

La siguiente ciudad importante en caer será Raqqa, ya en Siria

23.07.2017 | 21:02

Las tropas iraquíes, con apoyo de la coalición internacional, han logrado reconquistar Mosul tras muchos meses de encarnizados combates que han dejado la ciudad destruída y han tenido un coste terrible en vidas humanas. Mosul era un símbolo para los islamistas pues allí fue donde al Bagdadi se proclamó califa y reclamó la obediencia de todos los musulmanes del mundo y por eso la resistencia en esa ciudad ha sido tan fuerte. Esa es también la razón por la que los propios islamistas volaron El Jorobado, el minarete medieval de la mezquita desde donde se proclamó el califato, reconociendo así la derrota y no deseando dar al enemigo la baza propagandística de fotografiarse en el mismo lugar. No sabemos con certeza si al Bagdadi vive o está muerto, como afirman los rusos, pero de Mosul solo quedan ruinas humeantes y se tardará décadas en retirar todos los artefactos y trampas explosivas dejadas por los yihadistas.

En torno a Mosul quedan aún cuatro provincias iraquíes que siguen estando gestionadas por el Estado Islámico, y en ellas han buscado refugio los combatientes que han podido escapar del cerco y que irán cayendo poco a poco. Es cuestión de tiempo pues hoy el Estado Islámico solo controla el 6,5% del territorio que dominó en el momento de mayor siniestro esplendor. La siguiente ciudad importante en caer será Raqqa, ya en Siria, en torno a la cual se va estrechando el cerco a pesar de las reticencias turcas a permitir que la liberen los kurdos. Y cuando Raqqa caiga se podrá decir que el Estado Islámico ha dejado de existir físicamente. Pero solo físicamente porque es también un ideal y los ideales no se matan a bombazos. Sus milicianos se confundirán con las arenas de los desiertos circundantes y recurrirán a tácticas de insurgencia y de guerrilla sobre terreno, y de terrorismo en nuestra retaguardia. Porque otra consecuencia de la derrota final del Estado Islámico será el regreso a sus países de origen de cuantos combatientes no hayan aprovechado la oportunidad que se han tenido para disfrutar del paraíso y sus huríes. Algunos se inmolarán en ciudades europeas haciendo atentados terroristas y de esa forma buscarán desquitarse y hacernos pagar cara la destrucción de su fanática ensoñación. Acaba el Estado Islámico, pero no el ideal que lo inspiró y que buscará a partir de ahora nuevas formas para manifestarse porque a fin de cuentas solo los propios musulmanes pueden acabar con los yihadistas.

La tarea inmediata es afrontar la crisis humanitaria de Mosul con 700.000 refugiados en forma de muertos vivientes, gentes de mirada extraviada y cuerpos emaciados que salen titubeando de agujeros entre montañas de cascotes aún humeantes. Una auténtica película de terror. Seres humanos que han sido maltratados, esclavizados y usados como escudos humanos, hombres y mujeres que han vivido meses en cuevas sin luz ni comida, sometidos a continuos bombardeos que día a día iban aumentando el número de amigos y conocidos muertos a su alrededor. Y de los niños mejor no hablar porque vivirán toda su vida con las secuelas del infierno que han padecido.

Ahora es necesario separar el trigo de la paja y evitar que entre los refugiados se cuelen combatientes del Estado Islámico y esa no es tarea fácil porque a fin de cuentas los yihadistas son sunnitas, como la población local con la que se mimetizan con facilidad y entre la cual, aunque parezca increíble, encuentran complicidades frente a unos libertadores que en muchos casos son chiítas o kurdos, gentes diferentes e igualmente odiadas.

Sobre las ruinas calcinadas de Mosul ya han empezado las peleas sobre cómo gestionar el futuro de la ciudad. El Ejército iraquí (en su mayoría soldados chiítas), que ha llevado el peso y la dirección de los combates, desea hacerse cargo de su gobierno, algo que reclaman también los kurdos, los refugiados sunnitas y las propias Naciones Unidas. Porque la dureza de la lucha y el objetivo compartido de expulsar a los yihadistas ha ocultado durante mucho tiempo las diversas agendas de los contendientes: Estados Unidos piensa que podrían hacerse cargo los kurdos, que son vecinos, pero los turcos se oponen y no quieren oír hablar de ello; los rusos piensan que la gestión de Mosul compete al gobierno chiíta de Bagdad y los iraníes están de acuerdo. Solo los británicos han apostado por las Naciones Unidas. Es una pequeña muestra anticipada de lo que sucederá cuando acabe finalmente la lucha contra el Estado Islámico y surjan los desacuerdos entre los aliados circunstanciales, que solo están unidos por su común oposición a los yihadistas de la bandera negra.

Sería deseable que los vencedores no se desentiendan de las víctimas inocentes de esta guerra terrible y les ayuden a reconstruir su vida rota, que se logre poner en pie un sistema de solidaridad mundial para devolverles a una vida normal que no es la que les espera en un campo de refugiados sin trabajo y sin esperanza. Para eso hace falta dinero. ACNUR estima que necesita 120 millones de dólares en los próximos meses, de los que hasta ahora solo ha conseguido 21. Aprendamos de lo que tan mal se hizo en Libia y evitemos crear otro estado fallido en Iraq y mañana también en Siria. Porque si repetimos esos errores, los iraquíes sunnitas acabarán echando de menos a ese Estado Islámico que tanto trabajo ha costado derrotar.

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