Por el ojo de la aguja

Cuidar la democracia

La necesidad de evitar el odio y la impaciencia demagógica de los populismos

24.07.2017 | 22:52

El escritor inglés Chesterton escribió en una ocasión que «es el odio lo que une a los pueblos, ya que el amor constituye siempre un acto individual». Es posible que sea verdad, aunque yo quisiera creer que no. La historia de las grandes tragedias de la humanidad cuenta con el común denominador del miedo o del resentimiento, del odio o del rencor. Tocqueville, en el siglo XVIII, observó con agudeza que el principal vicio que afecta a la democracia consiste en la envidia, pues su instinto más básico es el de una igualdad radical que nunca puede alcanzar. De la envidia al resentimiento hay un salto cualitativo que necesita de la ficción para producirse. Atengámonos a la realidad: casi desde cualquier parámetro que utilicemos, el mundo en el que vivimos resulta el mejor de los conocidos. Los derechos de las minorías en Occidente –sexuales, religiosas o ideológicas– son reconocidos y amparados como nunca antes en la Historia. La red de protección social es lo suficientemente generosa como para garantizar unos mínimos dignos a una inmensa mayoría de la población: vivienda y alimentación, sanidad y educación gratuitas, seguro de desempleo y pensiones públicas. Por supuesto que no se trata de una situación ideal –para empezar ningún ser humano ni ninguna sociedad son perfectos–, pero en cualquier comparación con el pasado salimos de nuevo ganando. De hacer caso a Steven Pinker, el fenómeno de la violencia ha disminuido globalmente: hay menos guerras y resultan menos sanguinarias. Muchas sociedades han visto cómo se reduce a mínimos históricos su población presidiaria. Cerca de la mitad de los jóvenes europeos logran terminar sus estudios universitarios y muchos más cuentan con el título de la secundaria y con algún módulo profesional. La esperanza y la calidad de vida se extienden gracias, en gran medida, a la tecnología. Se viaja mucho más que antes y la conectividad permite un acceso inmediato a la cultura y la información. Las grandes bolsas de pobreza mundiales se reducen año tras año y los países emergentes van integrándose de forma acelerada en la clase global de los consumidores –disponen de frigoríficos y televisores, casa en propiedad y automóviles, ecógrafos y vacunas. La objetividad nos habla de una mejora indiscutible, con todos los legítimos matices que se quieran aportar. Es justo que así sea, ya que el progreso, al igual que la democracia, se construye sobre la fragilidad de los hombres –»ese barro del Edén», en palabras, creo, del escritor napolitano Erri de Luca– y no sobre la falsedad de un Estado perfecto, de una pureza imposible. Es la paciencia crítica y exigente de los ciudadanos la que construye la democracia, y es la impaciencia demagógica de los populistas la que la destruye. Cuidar la democracia exige rechazar el resentimiento y el odio. Exige cultivar la verdad frente a una ficción interesada y tendenciosa que nos hace creer que vivimos en el peor de los mundos posibles, cuando ningún pará- metro objetivo lo constata. Exige afrontar con madurez los problemas insoslayables que afectan a nuestra sociedad y no ceder a retóricas divisivas ni a la amenaza de la implosión identitaria. Exige, en definitiva, preservar los valores de una democracia integradora de todos frente a la voluntad de ruptura de unos pocos. Aunque estos pocos sean muchos. Aunque estos muchos lleguen algún día a formar una mayoría, como ha sucedido recientemente con la victoria de Trump o con el Brexit. En democracia, ni el miedo, ni el resentimiento, ni el rencor, ni el odio pueden ni deben unir a los pueblos.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine