Entre el sol y la sal

Vaya cagada

25.07.2017 | 22:15

Aprieta el calor, las playas sin arena están abarrotadas y la gente está de vacaciones, así que toca afrontar este tema con un poco de humor, que ya habrá año para ponerse serio.

Dicen que la policía italiana ha detenido a un señor español de 80 años por defecar en las ruinas de Pompeya, en la casa de un tal Menandro en particular, y justo en mitad del salón para ser más exactos. Se conoce que el pobre hombre, el español, sintió la imperiosa llamada de la naturaleza y no pudo más que aliviarse en una de las domus mejor conservadas del enclave histórico mientras su mujer, de 76 años, flanqueaba la puerta de la vivienda haciéndose la despistada para que nadie interrumpiese semejante hazaña. Me imagino a la señora en plan: Paco por favor, que siempre das la nota, mira que te tengo dicho que salgas cagado del hotel, es que no se te puede llevar a ningún sitio, qué vergüenza cuando se enteren en el pueblo. Por lo visto fueron los rezos por lo bajini de la señora los que llamaron la atención del guardia de seguridad del recinto, quien, por exceso de celo, descubrió el pastel y llamó a los carabinieri, que también me los imagino un poco jodidos recogiendo pruebas del pompeyicidio.

Digo yo que tampoco es para detener al anciano. Una urgencia la tiene cualquiera, y supongo que al tal Menandro, muerto hace siglos al ser sepultado bajo kilos de lava y ceniza, no le importará mucho el desahogo del caballero, porque una cosa es ir con la intención de liarla parda, y otra bien distinta es una incontinencia sobrehumana a la que atiendes o mueres. Es más, si yo fuera el Ministro de Asuntos Exteriores propondría a este señor para imponerle alguna distinción rimbombante, alguna cruz al mérito nacional, porque cada uno invade y coloniza como quiere, y semejante pica en Flandes no puede quedar sin recompensa.

Peores situaciones escatológicas se han vivido recientemente, como por ejemplo la sufrida en el vuelo de American Airlines que la semana pasada aterrizó de emergencia en el aeropuerto de Nashville por las hediondas flatulencias de una turista. Hasta la pedorra encendió cerillas en las alturas para intentar disimular el enrarecido ambiente, así que entre la naturaleza y encender fuego en un avión, el final se anunciaba dramático. Dicho y hecho, avión desviado y el FBI esperando en la rampa de bajada.

Esto son cosas inevitables, situaciones fortuitas e incontrolables que no deben pasar de la anécdota y el chascarrillo para risa del respetable y vergüenza del sufridor, pero tomárselas como constitutivas de un delito ya me parece un poco, cuando menos, excesivo.

Muy al contrario, hay muchas ocasiones en las que un español decide, y con razón, «cagarse en tó». Véase cuando Fernando Alonso rompe motor, cuando aparece otro caso de corrupción, cuando Kiko Rivera saca nuevo tema, cuando se te van todos los canales menos Tele5, cuando compruebas que tu banco se niega a devolverte lo que te corresponde por cláusula suelo, cuando te sirven una cerveza calentorra, cuando te llaman en la siesta para que te cambies de compañía, cuando pides en el McAuto y al llegar a casa falta una Big Mac, cuando te ponen el café a la temperatura del magma volcánico, cuando se te mete en la cabeza otra vez la canción de Mercadona, cuando te dan cita con el médico para dentro de tres meses, cuando sale un Bardem reclamando el pleno empleo y la paz mundial, cuando el alcalde de turno llena de obras tu lugar y tu tiempo de veraneo, cuando alguien te cuenta el nuevo capítulo de Juego de Tronos, o cuando por milímetros te quedas lejos del cacharro del parking y te dejas las costillas contra el reposabrazos izquierdo mientras casi te ahorcas con el cinturón pero aún así no llegas a introducir el ticket por mucho que alargues el brazo en singular escorzo.

Por la parte que me toca, si alguna vez me pasa y sufro un ataque irreprimible de vientre suelto, espero tener más aguante que el conquistador de Pompeya, tirar de concentración y encontrar la templanza suficiente como para montarme en el coche, conducir hasta Sevilla, aparcar en el Palacio de San Telmo, entrar en el despacho de Susana Díaz, y darme rienda suelta dejando allí mi parecer sobre su última negativa a quitar el Impuesto de Sucesiones. Y con razón.

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