El ruido y la furia

El viaje

El turista parece impelido por una ansiedad casi grosera que le lleva a querer poseer en lugar de ser poseído, que es lo que finalmente busca el viajero

28.07.2017 | 01:19

Andan atestados los caminos. Todo el mundo quiere estar en otra parte, en un lugar que no sea el suyo pero que hará suyo, tal vez abusando un poco, durante un breve periodo. El turismo, que alguien definió como «la mayor industria de paz que se conoce», está empezando a ser cargante, una incomodidad, una molestia insufrible, según las últimas noticias. Son ya muchos los lugares que se alzan contra las hordas invasoras que inundan las plazas, las calles, los museos, todos esos sitios donde sea posible cobrar la preciada pieza de una foto para el recuerdo y las redes sociales.

Se está produciendo un grave y rápido desprestigio del turismo, quizás por aquello de que lo poco gusta y lo mucho cansa. Los turistas se aglomeran por todas partes y ya lugares como Venecia, Machu Pichu y un no pequeño número de destinos de primer nivel están poniendo coto a los desmanes, señalando cupos y estableciendo turnos de visita.

Siempre ha habido una sutil diferencia entre el viajero y el turista. El viajero es menos molesto, quizás, porque se camufla entre los aborígenes, busca su contacto y su complicidad. El turista, especialmente en los últimos años, parece impelido por una ansiedad casi grosera que le lleva a querer poseer en lugar de ser poseído, que es lo que finalmente busca el viajero.

Como soy un romántico, siempre soñé con hacer del viaje mi modo de vida. Mi lugar está al Sur, pero a veces vuelo muy al Norte para comprobar que la piedra es dócil y reside en ella un ser que ignora que allí la luz es de mercurio y las tardes pueden ser tristes como la voz cóncava del bronce, y que en las plazas el tiempo abandona algo suyo, mitad óxido, mitad pereza, como el humor adusto del invierno.

Cada vez que viajo regreso con un prejuicio menos, como decía un querido amigo que ha emprendido esta semana su último viaje. Sé que aún no me he hecho viejo del todo porque sigo teniendo ganas de viajar. Todavía sueño con encontrar una ciudad a orillas de un océano manso y femenino, una ciudad con un puerto al que sólo lleguen cometas rotas. Una ciudad donde las madrugadas tengan una inocencia animal, cada amanecer parezca el primer amanecer y las mañanas sean insolentes. Donde al atardecer se haga el silencio y se eleve desde la tierra un fecundo sigilo que enmudezca a los pájaros y al viento. Una ciudad donde se eche dulce la tarde sobre unas montañas de color violeta que no sean sólo paisaje, sino una sutil forma de melancolía. Una ciudad donde, al llegar por primera vez, tenga la sensación de haber vuelto y donde nadie me llame extranjero. Ni mucho menos turista.

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