Al azar

Quién ha puesto a Rajoy

29.07.2017 | 21:58

Mariano Rajoy acudió al juicio de la Gürtel a contemplar en vivo de la que se había librado. Desde su atalaya en el altiplano, situado por encima del tribunal aunque al borde del abismo, pudo comprobar en primera fila el colapso ético que su peculiar liderazgo del PP ha supuesto para la democracia. En su testifical se fumó un puro, virtualmente, pero a nadie hubiera sorprendido que reclamara la viabilidad de un habano. El aquiescente presidente de la Audiencia Nacional, y el fiscal Anticorrupción desplazado para vigilar a sus subordinadas, no hubieran rebajado los humos del testigo.

El servilismo destaca que Rajoy no incurrió en errores, pero no hay un solo rasgo de grandeza en su declaración. Los aullidos del mastín Hernando, que clama contra los abogados que cumplieron con su cometido indagatorio, confirman la gravedad de lo sucedido ante el tribunal. La declaración del presidente del Gobierno en un macrojuicio de corrupción contra su partido es un éxito de los dos jueces que la promovieron, pero el viaje de la Moncloa a la Audiencia Nacional no puede ser de ida y vuelta.

La continuidad de Rajoy tras el torpedo de la declaración no supone un triunfo de su personalidad deslumbrante, sino otra melladura en el lento declinar de los valores democráticos, que no son hereditarios. Solo en España ha sido posible la declaración de un presidente del Gobierno en ejercicio, pero solo en España se ha saldado sin consecuencias. Bajo estas coordenadas, la normalidad es un eufemismo.

La inevitabilidad de Rajoy es un mito, y no de los gloriosos. En la doble cita electoral amontonada en medio año, se podría haber promovido a cualquier presidente del Gobierno, incluso del PP. Se decidió mantener a un político que se declara abiertamente irresponsable del partido que lidera. La indiferencia a los asuntos económicas suena irrisoria, en un gobernante que al día siguiente de su declaración en juicio presume de las cifras del paro como si hubiera contratado personalmente a los trabajadores agraciados. Sobre todo, Florentino Pérez no puede colocarse al margen de los datos económicos del Madrid, para que la exigencia de cuentas se centre en los resultados. Sin ir más lejos, a Ángel María Villar no le ha funcionado la treta escapista de Rajoy. Ni a Sandro Rosell.

Si Rajoy carece del capital parlamentario para ser presidente del Gobierno, ha logrado los peores resultados históricos de su partido, se adorna de un carisma más que discutible y viene de declarar como testigo al frente de la corrupción enjuiciada, cabe derivar las responsabilidades que esquiva el presidente hacia quienes le han colocado en la cima del Gobierno. La brújula señala aquí a sus predecesores, curiosamente socialistas.

González y Zapatero promocionaron a un político al que detestan tanto como se desprecian entre ellos. Ni siquiera les preocupó que su arrogancia estuviera a punto de liquidar al PSOE. Negaron a su correligionario Pedro Sánchez la confección del ejecutivo de difícil arquitectura que el dúo de expresidentes izquierdistas encabezó respectivamente en 1993 y 2004. No les importó compartir el descrédito de su candidato de derechas. Ni siquiera lograron impedir que Sánchez recuperara la secretaría general socialista. Y conviene recordar que Podemos no es una creación de Sánchez, sino en todo caso de las políticas de sus predecesores. Los historiadores tendrán un arduo trabajo para desenredar este vodevil.

Un populista se jacta de que representa la voluntad de la gente sin intermediarios. Rajoy señala que la voluntad popular es indiferente para su mantenimiento en el poder. Trump también gobierna de espaldas al espectador, pero obtuvo el voto de casi la mayoría de estadounidenses. Rajoy, ni mucho menos. De nuevo, obliga a plantearse quién lo nombró, por qué lo mantiene, qué necesita para darse cuenta del daño inherente al ceremonial de la Audiencia Nacional, y en qué empeoraría la situación con otro presidente de pareja inestabilidad.

«Hacemos lo que podemos´ significa exactamente lo que significa, que ´hacemos lo que podemos´» Un consumado uso de la metáfora, casi un palíndromo por la simetría de las palabras. Al presidente del Gobierno no le compensa el esfuerzo de explicarse, confía en el desistimiento entrenado por la decepción. Como diría Solzhenytsin, a un dictador no se le piden cuentas. A Rajoy se le pueden exigir a diario, pero no sirve de nada. Tampoco ha funcionado la reclamación ante quienes lo colocaron en La Moncloa. A la Audiencia llegó por méritos propios.

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