Al azar

El entorno del atentado islámico

El mapa maniqueo de una docena de yihadistas perversos, rodeados de almas inocentes, no se compadece ni con la historia del terrorismo
ni con el comportamiento habitual de los colectivos humanos

03.09.2017 | 05:00

El terrorismo de ETA periclita en cuanto Garzón se dedica a combatir el entorno de los asesinos, por mucho que la llegada de Al Qaeda le asestara el mazazo definitivo a la banda terrorista vasca. Sin embargo, en el terrorismo islámico no hay entorno. El atentado de Barcelona se describe como un arrebato de locura, a cargo de yihadistas sin ninguna conexión culpable con las personas a su alrededor.

La estampa maniquea de una docena de malvados yihadistas, rodeados de almas inocentes que durante años no percibieron ni una señal de alarma, no se compadece con la historia del terrorismo. Más allá, tampoco cuadra con el comportamiento grupal que caracteriza a los colectivos humanos. La falsa estampa del lobo solitario fue propagada por las policías occidentales, para camuflar sus lógicas limitaciones. En el caso de Barcelona, hay que multiplicar por doce la credulidad del espectador para sostener el espléndido aislamiento de los asesinos.

Un terrorismo de matriz religiosa, que no responde al arrebato o raptus, funciona por contagio. Ni siquiera permite imponer la triangulación de las logias masónicas, que restringen el grado de conocimiento de los restantes miembros. Una docena de yihadistas dispuestos a matar y morir por su fe, exigen al menos un centenar de individuos igualmente radicalizados, todo ello sin salir del entorno inmediato de los protagonistas de los atentados de Barcelona.

Alrededor del círculo íntimo de los yihadistas comprometidos, se extiende una zona gris oscuro, de personajes que alientan las acciones violentas pero se mantienen en un discreto segundo plano. Se abre a continuación la franja gris claro, de quienes saben y comprenden pero callan, amparados en la existencia de un vínculo familiar o afectivo. Al igual que sucedió con ETA, por otra parte, una contaminación que en el caso del islamismo se considera injusto airear por respeto a una paz asimétrica en cuanto unilateral. Imaginar que ninguna persona fuera del grupo conocía sus preparativos, denota una preocupante simplicidad. De hecho, la prensa internacional admiraba a España por actuar judicialmente contra comandos en fase preliminar, sin aguardar a la inminencia de la explosión y gracias a la información recabada sobre los entornos islamistas.

El comando de Isis que actuó en Cataluña en nombre de Alá no se asienta en el vacío, ni mucho menos sobre los desvaríos de un imán disidente. Los entusiastas de una distinción quirúrgica, entre los asesinos y su entorno, aportan como prueba irrefutable los pronunciamientos contra el terrorismo vertidos en estos días. A continuación revelan, casi disculpándolos, que los terroristas incumplían los códigos de conducta del Islam radical para ocultar sus propósitos violentos. Es decir, que también los autores de las matanzas de Barcelona y Cambrils liquidados por los Mossos debieron condenar atentados islámicos pretéritos, para reforzar su embozo.

Pues bien, si los terroristas ya eliminados mintieron para ocultar su radicalización islámica, también los futuros yihadistas habrán condenado enérgicamente el atentado de Barcelona para disimular. Las bulas de los papas de Isis para mentir en tierra de infieles deben seguir vigentes. Los fervorosos mensajes demócratas se desinflan, una constante de los terroristas islámicos reza que «era un chico normal, no parecía radical». A menudo llevaban su normalidad hasta el extremo. Se ha detectado más pornografía en los ordenadores de islamistas radicales, empezando por Bin Laden, que en la suma de los discos duros de Charlie Sheen y Tiger Woods.

Después de los atentados del 11S, con tres mil muertos que todavía superan la contabilidad total de los atentados islámicos en Occidente, el Reino Unido encuestó sobre la población musulmana británica que aplaudía el derribo de las Torres Gemelas. Los porcentajes de apoyo eran escalofriantes, y han aflorado años después en las acciones terroristas de Londres o Manchester. Engañarse sobre la implantación de Isis no solo implica otra traición a la razón, es además peligroso porque invita a descuidar las medidas de seguridad.

Antes que aislar el fenómeno en expansión de los atentados de bolsillo, sería más práctico negarse a reconocer temerariamente el peligro islamista. Distinguidos políticos como Ada Colau se prestan animosos al escondimiento. En declaraciones a La Vanguardia, la alcaldesa barcelonesa señala confianzuda que "no hemos fallado. Pero es evidente que como sociedad se nos ha pasado algo por alto". Y por bajo.

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