La mirada femenina

La perra vieja

10.09.2017 | 00:04

La luz se cuela por los agujeritos de la persiana. Como cada mañana, la perra y la gata se suben a la cama para darle los buenos días. Los animales transmiten esa energía de amor incondicional que te desarma. Te huelen, te escuchan, te esperan, te aceptan y acompañan sin más.

Su habitación tenía la cama arriba y el lavabo abajo. Ambos conectados por una escalera de madera. Siempre que bajaba pensaba que tropezaría. Era uno de sus pensamientos recurrentes. Pero lo cierto es que en aquellos diez años había bajado infinitas veces y nunca se había caído. Ni siquiera cuando bajaba agotada con su hijo en brazos tras una noche de fiebre de esas que parecen interminables.

Siempre pensó que no llegaría a los cuarenta y se prometió a sí misma que si por algún casual llegaba, sería la mujer que quería ser. En parte creía haberlo logrado. Sin embargo en el camino se enfrentó a varias batallas, tuvo que renunciar a muchos de sus sueños, y encima no había conseguido engancharse a ir al gimnasio.

El tiempo que pasaba con los niños daba el doscientos por cien de sí misma, y cuando se iban con su padre experimentaba algo parecido a una descompresión. Entonces volvía a conectarse con la adolescente que también era, la que comía a deshoras y se perdía bajo la lluvia por los callejones del barrio viejo.

¡Cómo le costaba reconocerse sin ellos! Aceptar aquella soledad milagrosa. Una soledad que ella llenaba de incienso y de música. Ella, la reina del bullicio, del follón y del caos, empujada por la vida a lidiar con la puta soledad.

Pero hay muchos tipos de soledad. Todo un catálogo lleno de opciones; unas son de mejor calidad que otras.

De niña la sintió como algo pesado, denso, y frío que a veces molestaba y cambiaba el color de las cosas. Y a pesar de rodearse de gente también la sentía. Ella trataba de espantarla pintando mariposas, escribiendo canciones, o bailando con los temas de Michael Jackson.

De joven hizo mil tonterías para confrontarla, y cuando se dio cuenta de que no podía librarse de ella se propuso vencerla. Sabía que no le quedaba otra. Entonces se obligó a viajar sola, y a encontrar un buen equilibrio en la distancia. Y lo logró. Consiguió que la soledad fuera una especie de amiga muda que le acompaña allá donde fuera.

Pero la familia parecía la forma más dulce de librarse de ella. Y decidió formar una. Al principio todo fue bien. Parecía como si, por fin, su soledad hubiera quedado encerrada en el armario de la ropa de invierno. Los veranos en la playa, el papá Noel y los reyes magos€la ilusión de los niños. Pero al cabo de unos años él empezó a mirarla como quien mira a una perra vieja. Y una soledad distinta invadió la casa. Era una soledad punzante que se clavaba en el vientre. Una de esas que te deja tumbada sin ganas de levantarte de la cama.

Entonces ella corrió a abrir el armario de la ropa de invierno y liberó a su soledad de siempre que, en comparación, le parecía un auténtico paraíso. Y se sentó con ella a desayunar tostadas con mermelada. Luego llegó la gata, y más tarde la perra. Y esa su hermosa soledad compartida, al menos, ya no se le clavaba.

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