Tribuna

Me quiero bajar

11.09.2017 | 22:45

En este mundo de locos todo conspira para que los ciudadanos de bien, que somos mayoría, pretendamos apartarnos de él y vivir en paz y libres de amenazas irracionales. Veamos.

Los sentimientos independentistas de muchos catalanes son ciertos, legítimos y de buena fe. Hay muchos catalanes, no la mayoría, que querrían tener su propio país, su propio pasaporte. No estoy muy seguro de que en los tiempos que corren, un nuevo país independiente sea, no ya viable, sino eficiente a la hora de instalarse en su entorno. Miren lo que está siendo la puesta en marcha del brexit: una madeja intratable. También entiendo que para el acendrado sentimiento nacionalista, una Cataluña independiente sea una cuestión previa a su deseada integración en el conjunto de países de la UE. Está muy bien, pero me gustaría que me explicaran cómo se deslía la salsa que ha construido Cataluña (igual que cómo se deslía el Reino Unido de Europa merced a un brexit que daña a ambos), cómo se apartan los elementos no catalanes sin que se produzca un empobrecimiento radical de esa sociedad, como si se quisiera quitar el ajo al alioli. ¿De un plumazo deshacer mil años de convivencia, de cultura, de integración? Supongamos que es posible. ¿Quiere alguien explicarme cómo el resto de los españoles hemos torturado, explotado, perseguido a la noble Cataluña? ¿No sería más honrado decir que el resto de los españoles también hemos sufrido el mismo trato al mismo tiempo a manos de más o menos la misma gente? Es cuestión de opiniones, claro (ese estúpido «Madrid nos roba»?).

No, no, Dios mío. No me meto con los catalanes a quienes respeto y admiro profundamente. No son ellos los culpables de esta farsa del referéndum. Cuando veo que a lo único a que se dedica el gobierno de la Generalitat es a preparar un proceso como cuando a las ocas les enferman los hígados alimentándolas con un embudo, me alarmo. Cuando veo que quieren aprobar una ley de desconexión antes de que nadie haya votado la ruptura, me suena a preparación de un pucherazo. Y cuando veo que el presidente de la Generalitat se dispone a cargarse la separación de poderes del Estado reservándose el derecho a nombrar presidente del Tribunal Supremo, pienso sobre todo en Venezuela y su inefable Maduro. Y cuando veo al PP inmóvil como don Tancredo, incapaz de tender una mano comprensiva, me enfurezco.

Los catalanes son gente estupenda sin excepción. Lo que es menos estupendo en esta farsa del «procès» es el ataque permanente de paranoia conspiratoria que afecta a los políticos independentistas y el uso de la mentira como arma política. No hay que buscar muy lejos: en unos días han afirmado sucesivamente y sin alterarse que: a) ninguna oficina contraterrorista americana les había advertido del riesgo de un atentado en la Rambla; b) que, bueno, a lo mejor sí, pero que no se le dio credibilidad puesto que venía en un papel sin membrete; y c), que se trata de una maniobra de Madrid para desprestigiarlos y una burda información urdida por un periódico adverso (lo que desvela la intención de hacer lo que se querrá hacer con la prensa adversa). Donald Trump los llama hechos alternativos.

Puigdemont asegura que los españoles se portarán bien con los catalanes independientes. El presidente de la Generalitat, al que nadie ha elegido para el cargo, miente a sus connacionales porque dice saber que será reconocido como país independiente para luego ingresar en la UE, con lo que se asegura el lugar de Cataluña en el concierto de las naciones. No es cierto. Para ingresar necesitan la unanimidad de los 27 y, al menos, falla la buena voluntad de un miembro, España. Las mentiras que propalan son malas engañifas.

El 1 de octubre pueden ocurrir dos cosas: que no se celebre el referéndum (con lo que ya tendrán hecha la campaña para unas elecciones posteriores) o que lo pierdan (que creo que ocurriría) y se queden colgados de la brocha. ¿Qué harán en este caso el 2 de octubre?

La rotura unilateral de todas las reglas que ellos mismos votaron, la asunción de la ilegalidad como legal sin que nadie la sancione me parece, como demócrata, francamente ofensiva. Imagine usted, amigo lector, que yo declarara junto a mi familia que rechazo el sistema impositivo español, que a partir de este momento dejo de pagar impuestos y que eso es legal porque lo digo yo. ¿Qué le parece? Bastante similar a lo que dicen unos cuantos chiquillos de la CUP, minúsculo grupito que desaparecerá en las próximas elecciones. Como juveniles revolucionarios con una ideología bastante infantil, les encanta tirar bombas fétidas en medio de la clase. Lo malo es que les tienen que hacer caso. Tapándose las narices.

¿Y el Barça dónde jugará?

Lo dicho: me quiero bajar. Pero no creo que sea posible.

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