Cuaderno de bitácora

El máster de Málaga

16.09.2017 | 21:43
El máster de Málaga

Málaga debería contar con un máster en relaciones entre administraciones públicas. Tendría un altísmo nivel y contaría, quizás, con los mejores profesores y catedráticos. Sé que vendrían alumnos de todas partes del mundo para estudiar la ya natural complejidad con la que la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Málaga abordan los numerosos proyectos de la ciudad para enfangarlos durante décadas. Hay que ser muy bueno en esta materia para dar clases y aquí contamos con expertos en casi todos los niveles de la administración y en todo tipo de asuntos. Desde el metro hasta el mosquito trigre.

El primer curso se dedicaría en exclusiva al metro de la ciudad, con clases prácticas y excursiones con vecinos de la zona por donde discurre el trazado para conocer de primera mano argumentos más o menos técnicos sobre el rechazo al proyecto. El único problema en este primer curso sería tener un temario cerrado ante tantos cambios de opiniones, trazados, sistemas de transporte..., que permitan estudiar con cierta solvencia cómo se puede tardar una vida en construir dos líneas que cruzan la ciudad. En este primer curso habría que estar actualizando el temario cada semana debido a que el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, ya no sabe qué inventar para evitar que la inoperante Junta de Andalucía acabe su proyecto estrella en la capital. La última del regidor sobre el tramo del metro en superficie hasta el entorno del Hospital Civil es vincular el trazado definitivo del ferrocarril urbano hacia la zona norte con la intervención que finalmente se materialice sobre el río Guadalmedina. Se une así a la tesis que hace meses también soltó el presidente del PP, Elías Bendodo. Añade, con gracia, De la Torre que como el proyecto para el río Guadalmedina «está muy avanzado lo mejor es no hacer nada para estudiar adecuadamente los dos temas». Hay nivel, ¿no?

El segundo curso se dedicaría a proyectos culturales, donde los alumnos aprovecharían para conocer una poco la historia de la ciudad y la capacidad casi sobrenatural de los cargos públicos malagueños para ubicar en un mismo edificio hasta diez usos diferentes a la vez que el edificio se cae a pedazos. En este curso sobre liderazgo cultural el tutor sería la Junta de Andalucía y se analizaría con cierta fascinación su capacidad para no hacer nada (solvente) durante más de una década en el Convento de la Trinidad y plantear ahora la creación de una mesa técnica con el sector cultural, con la Universidad de Málaga (UMA) y colectivos ciudadanos para dotar de contenido al antiguo Convento de la Trinidad de Málaga. Los alumnos matriculados conocen de sobra la maniobra llamada «crear una mesa técnica», que suele equivaler a darle una patada a lata y esperar que pase el tiempo. Hay nivel, ¿no?

En el temario se repasará la complejidad con la que se logró abrir el Museo de Málaga en el Palacio de la Aduana; se tratará del desaparecido Auditorio del Puerto que llegó incluso a tener director; se analizará el misterio de la Biblioteca Provincial de Málaga, que finalmente se ubicará en el Colegio de San Agustín, aunque escribirlo sea una temeridad.

Pero el tema estrella de este nuevo curso será el Convento de la Trinidad, que el alcalde de Málaga reclama que le traspase la Junta de Andalucía y a cambio (¿sólo a cambio?) estaría dispuesto a darle vía libre a que el edificio de Correos, que recibió la Junta del Estado como parte de la deuda histórica, pueda tener destino hotelero y así la Junta tendría unos recursos con la venta de ese edificio. Durante las clases se abordarán también los aspectos emocionales en las relaciones entre las administraciones, ya que mantiene el alcalde que está «ayudando a resolver un problema y la Junta no se deja». Nadie dijo que la Junta fuera fácil, ni para el alcalde pese a su experiencia en cortejarla.

Los alumnos aprenderán el cuento chino que durante años nos narró por capítulos la Junta de Andalucía para convertir el Convento de la Trinidad en el Parque de los Cuentos. El nombre ya presagiaba su contenido y su futuro. Durante sus siglos este edificio vio como Isabel la Católica se instaló en él durante el asedio a Málaga, cómo pasaron los frailes trinitarios, cómo fue saqueado, medio destruido, abandonado y maltratado durante años hasta que en 2005 la entonces consejera de Cultura, Rosa Torres, anunció una inversión de 30 millones de euros para transformar el viejo convento en el Parque de los Cuentos. Se convocó un concurso internacional, se gastó una pasta en maquetas y publicidad; y se presentó una y otra vez como la gran apuesta cultural de la Junta de Andalucía en Málaga. Siempre con el calificativo de «pionero», que en lenguaje periodístico significa que quieren vender una moto que no carbura. Aun así, Rosa Torres no tuvo decoro alguno y lo presentó en innumerables ruedas de prensa, pero pocos fueron los ilustrados que alcanzaron a comprender su dimensión. Se ideó como un equipamiento para divulgar la tradición oral andaluza y promover el hábito de la lectura entre los más jóvenes, donde habría montajes escénicos, exposiciones, conferencias, talleres..., hasta que cayó en el olvido. El marrón de Torres lo tuvo que despejar Paulino Plata que, tras unos cuentos muletazos con el rollo de la financiación público-privada y dudas inciertas, reconoció la inviabilidad del proyecto siete años después de que Rosa Torres lo pariera. A decir verdad se quitó un peso de encima y con arte planteó tres usos: una subsede del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, un centro dedicado al arte rupestre con el sello de la Unesco y una sede de Altos Estudios sobre el Patrimonio Mundial. Tras Plata llegó Luciano Alonso que casi logra cerrar un acuerdo con el Gobierno para que la Trinidad acogiera la Biblioteca Provincial de Málaga, pero se frustó en 2016.

Ahora De la Torre, que siempre había querido ubicar en este recinto la sección arqueológica del Museo de Málaga, reclama su titularidad a la Junta de Andalucía pero sin detallar qué usos se le daría al convento trinatario lo que nos trae a la cabeza la última asignatura de este máster que es el carísimo embrollo de 20 millones de euros que se gastó para comprar el edificio del Astoria y que aún sigue esperando un uso cultural.

Málaga, sin duda, se merece tener un máster en relaciones entre administraciones públicas, pues el talento y la experiencia de los profesores que darán clase auguran un futuro espléndido para aquellos alumnos que se inscriban. Hay nivel, ¿no?

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