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Sobre la soberanía y Cataluña

19.09.2017 | 23:09

El Gobierno parece no haberse dado cuenta, o no quiere darse cuenta, de que en Cataluña la aprobación de la ley de transitoriedad jurídica ha establecido un estado de excepción que ha hecho emerger un nuevo poder soberano sobre el cuerpo social. Y ésta excepcionalidad no puede ser anulada con la sola suspensión de los efectos jurídicos de dicha ley. Las Leyes de Referéndum y Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República aprobadas por el Parlament de Catalunya, no emanan de una norma jurídica (Constitución o Estatut), sino de una decisión: la de suspender el estado de derecho vigente y determinar los límites de la ley. Esta decisión no es un acto caprichoso como se dice, tampoco arbitrario. Es un acto de poder soberano puro y extremo, y como tal sólo está sometido a la voluntad de quien adopta una decisión, que es primera e independiente de toda consideración sobre el derecho de esa decisión. Decisión que se justifica sólo en la medida en que provee las condiciones necesarias para que la excepción que crea pueda ser reapropiada por la nueva norma.

La actual situación en Cataluña no es la situación de caos que precede al orden que será restablecido, como entiende y dice el Gobierno. El estado de excepción allí creado es la situación resultante de la sustitución de un orden: el de la Constitución de 1978, por otro: el de la nueva República de Cataluña contenido en las leyes de referéndum y de transitoriedad y fundacional aprobadas. La sustitución de la ley vigente por la nueva norma no la anula, la expulsa, y crea un vacío que trata de ser reapropiado, tanto por el poder constituido como por el nuevo poder constituyente que emerge, mediante la construcción de ficciones. Cada uno las suyas. Unos porque quieren aparecer como un estado naciente que ya funciona como tal. Otros porque quieren transmitir la sensación que el edificio institucional sigue intacto pese a los sucesos acontecidos. Mi posición en este asunto es de rechazo a la vía unilateral emprendida. Pero es desde la lógica de la nueva realidad creada en Cataluña desde donde efectúo el análisis, no desde la realidad constituida, ni desde mis convicciones personales.

El actual momento es para quienes apoyan las tesis independentistas el de la efectiva redención del pasado incumplido merced del despertar presente. Nada los apartará del camino emprendido. Han conseguido, pese a la improbabilidad del suceso, la primacía de la política disruptiva sobre la historia reciente. Su fe es que finalmente prevalezca su historia –su relato? sobre la política vigente. Y esta fuerza no se destituye sólo con querellas y policía. Está inspirada por la épica de las grandes gestas. Su pócima mágica es la fe mesiánica en el milagro de la acción y en el poder del instante que casi la mitad de Cataluña siente: ¡ahora o nunca!

La defensa de la legalidad vigente ?suelo de cualquier acción política? por quienes se oponen a la independencia de Cataluña no va más allá de ésta, en cuanto que es concebida y ejercida como reparación de las grietas causadas en el orden constituido, a pesar que el statu quo ha saltado por los aires, consecuencia de que la excepción que se ha instaurado es percibida como la posibilidad de romper con el continuum de la historia de los vencedores de 1714. De dejar atrás una historia que acumula ruinas. Ello se ha traducido en el ejercicio por las instituciones catalanas de una voluntad soberana, que ha desplegado atribuciones superiores a las de su jurisdicción.

La legalidad de Cataluña ya no es la misma que está vigente en el resto de España. Ya no se puede invocar por el Gobierno de la Nación el espacio político constituido –el de la Constitución de 1978? y esperar sin más sus efectos taumatúrgicos. Éste ha sido desmontado en Cataluña y tras el referéndum del 1-O, si hay una mayoría de síes a favor de la independencia, lo que es más que probable, quedará destruido. Casi la mitad de la sociedad catalana ya no opera en el plano de la legalidad de la Constitución de 1978. Ha proyectado un nuevo plano constitutivo y constituyente cuyo holograma estamos viendo, que tras el referéndum, en caso de obtención de mayoría de sufragios, se materializará en una declaración de independencia. La fuerza de los hechos consumados sitúa los actos que se están produciendo en un «no-lugar», por cuanto éstos no son emanados ni están vinculados al orden constituido. La pretensión del Gobierno de España de juzgar mediante los tribunales e impedir a través de las fuerzas de seguridad la desobediencia al orden constituido en Cataluña resulta vana, fatua, ineficaz. E inútil y peligrosa si no va acompañada de medidas dirigidas a cambiar el modelo territorial.

La sociología jurídica nos dice que en situaciones de desobediencia generalizada de la ley, la fuerza coercitiva del Estado será efectiva sólo frente al 15% de la población. La represión tiene un límite. A día de hoy los ciudadanos que se niegan a obedecer la ley en Cataluña –de acuerdo con las encuestas? se aproximan del 10% del total de la población española. E in crescendo. Ello quiere decir que la capacidad de coerción del Estado en Cataluña se acerca a su máximo. Ante la situación creada por la inacción absoluta del Gobierno de España me pregunto ¿estamos ante una impericia convertida en impotencia, ante un gobierno de registradores y abogados del estado que no entiende nada, o ante la creación de las condiciones objetivas para la aplicación de la doctrina del shock?

En esta situación límite ?ya sea por incompetencia o por aplicación de la terapia del desastre? la alegoría del choque de trenes no sirve, pues ambas partes: gobierno estatal y gobierno autonómico, están actuando en planos diferentes. Y esta disonancia impide que se llegue a producir la tan cacareada colisión. Pero la realidad es más cruda: el 2-O cada tren continuará su marcha por la vía que transita. ¿Qué sucederá entonces? No se sabe. Pero en ese caso se abren escenarios como el artículo 155 de la Constitución, el estado de sitio u otros peores. Parece que Nerón se quiere reencarnar y prender fuego a Roma de nuevo, para poder volver a contemplar el incendio, desde su palacio, cantando y tocando la lira.

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