La señal

La España invisible

22.10.2017 | 05:00
La España invisible

Que Hacienda quiera trasladar a sus funcionarios al centro de oportunidades de El Corte Inglés en Málaga, por las reparaciones necesarias a las que debe someter el edificio que más secretos encierra de toda la provincia, resulta una bella metáfora, y epítome, de lo que es la vida, después de que el pasado viernes 20 tuviéramos que pagar todos los impuestos del mundo –retenciones, ivas, sociedades€–. Nuestra vida termina siendo nuestra hacienda, porque lo que ésta se lleva no nos lo podemos gastar en nuestros hijos, o en langostinos si nos da la gana. Eso de que «al rey, la hacienda y la vida se ha de dar€». Yo creo que estos versos de El alcalde de Zalamea, de Calderón, y los de la escena de amor de Don Juan Tenorio y, acaso, el monólogo de Segismundo de La vida es sueño son los más populares de todo el teatro español. Pero una cosa es el teatro y otra que te cuelguen boca abajo hasta que caiga de tus bolsillos la última moneda. ¿Qué es antes, el derecho natural o la hacienda?, me pregunta un amigo. Claro, y si adviertes el teatro con el que se aborda el asunto catalán, que ya con tanto plazo y miramiento es pura comedia, Berlanga rodaría, si viviera, Catalonia I.

Bueno, también pasan otras cosas y por eso Ausbanc deberá publicar la sentencia que le condena en las marquesinas de bus de Sevilla y Málaga, como la organización de Luis Pineda –todavía en la cárcel–, hiciera para difamar a la Asociación de Consumidores y Usuarios FACUA; y deberá indemnizar con 16.000 euros a Rubén Sánchez, portavoz de la referida y esposo, esto es más importante, de Keka Sánchez, quien otrora estuviera por aquí entre redes sociales. Todavía recuerdo el paso firme de Luispi en la Reserva 12 con su séquito detrás, no era nadie€ y mira ahora su triste condición. Pero cuando en un mismo día desayunamos con cinco niñatos acusados de lanzar botellas de cristal a indigentes y la detención de una banda dedicada a robar a ancianos que acababan de cobrar la pensión, ¿qué no podemos esperar? De ahí que a algunos hasta les hace gracia que en la fachada de La Invisible –ocupación que el Ayuntamiento consiente– retiraran una horca con la bandera de España. Formaba parte de una exposición de cara a la calle, dicen. Pero, en cambio, un escrache frente a la casa de Mónica Oltra, de Compromís, también en la calle, no le gusta a la señora, pero los suyos sí, mis magdalenas son más buenas que las tuyas, podría haber dicho.

Si es que en nombre de la libertad se hacen tantas cosas como en nombre de un convenio digno, por eso los trabajadores de la limpieza de Vialia, bajo las flameantes banderas de CGT, tienen hecho un asco el suelo de la estación y aledaños con miles de pedacitos de papel. Otra exposición de arte.

Después aparece en escena el empresario sevillano Manuel Muñoz, el que quiso darle un beso fingido a Teresa Rodríguez, la jefa de Podemos en Andalucía, y ahora dice que hizo una broma porque es de Cádiz y añade que si la podemita hubiera sido de Checoslovaquia –país que ya no existe y él no lo sabe– no se habría abalanzado sobre ella. Curiosa justificación. Ahora bien, un juez ha condenado a Podemos por despedir, de forma «absolutamente arbitraria», al militante Antonio Castellano, que se enfrentó a la susodicha Teresa, y eso se paga con el puesto, habrase visto, me van a toser a mí. A otros les da por atracar un hotel de Mijas con una máscara de Darth Vader.

Frente a tanta representación también nos queda el comienzo de la liga provincial junior masculina de baloncesto, que ya le ha deparado el primer triunfo al Farmaquímica EBG Málaga, que fue cuarto en el regional 2017. O el próximo homenaje que el Grupo Cronos va a rendirle el 7 de diciembre al general de División Carlos Gabari en el Gran Hotel Miramar.

Luis de Oteyza, ido en 1960, en La vuelta de los vencidos escribía sin conocer todavía lo que habría de pasar en Cataluña:

Por la estepa solitaria, cual fantasmas vagorosos,
abatidos, vacilantes, cabizbajos, andrajosos,
se encaminan lentamente los vencidos a su hogar,
y al mirar la antigua torre de la ermita de su aldea,
a la luz opalescente que en los cielos alborea,
van el paso retardando, temerosos de llegar.

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