Apuntes del natural

Influyentes

La ciencia y la religión tiran cada una de nuestro cerebro proponiendo anhelos y explicaciones y dejando muy poco hueco para el compromiso

21.10.2017 | 22:00

Las ediciones digitales de los diarios ofrecen cada vez más entretenimientos para aliviar quizá la oscuridad de las noticias de verdad que nos abruman. Se trata de adivinanzas, concursos y curiosidades que han venido a sustituir los regalos en forma de cromos, vales o fascículos que intentaban mantener al alza las ventas del periódico en papel. Semejantes chorradas suelen ofrecernos secciones al estilo de las listas de serpientes más venenosas, playas más exóticas y cosas así. Me ha llamado la atención un post de las diez personas más influyentes de la historia de la humanidad, en el que el autor confiesa que saca su lista de la que hizo en su día Michel H. Hart, astrofísico estadounidense que ganó celebridad publicando un libro sobre las personas que más han contribuido a hacer de este mundo lo que es. La lista renovada en el diario comienza por Einstein, aunque Hart había puesto a Mahoma como personaje más influyente. Sea como fuere, entre la decena de personalidades que más huella han dejado aparecen sobre todo líderes espirituales – Mahoma, ya digo, Cristo, Buda; Confucio, si se le quiere situar en este apartado– y científicos –Einstein, Newton– o inventores –los de la imprenta y el papel–, con una sola excepción que recae en Cristóforo Colombo, descubridor de las Américas. Ningún novelista, dramaturgo o poeta, ningún músico, ningún pintor, escultor ni arquitecto. Ninguna mujer. La Historia transcurre a saltos, y cuesta trabajo saber qué influye más en su devenir, si los logros o las calamidades. En cierto modo el personaje más influyente de los tiempos modernos habría sido Adolf Hitler, que no sé si sale en el libro de Hart pero queda fuera de la lista de los diez recuperados ahora. Son éstos, como digo, profetas o científicos, cosa que pone de manifiesto una dualidad profunda del pensamiento. La ciencia y la religión tiran cada una de nuestro cerebro proponiendo anhelos y explicaciones y dejando muy poco hueco para el compromiso. Abordamos los problemas por medio de la razón o de la fe, a la que mueven los sentimientos. No estaría de más que nos preguntásemos, en estos tiempos de tanta confusión y congoja, de qué lado del teorema –ciencia o religión– tiramos para justificar el pulso gigantesco en el que nos vemos metidos a la fuerza a la hora de decidir sobre las naciones y los Estados.

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