Cuaderno de mano

La vida de la gente

21.10.2017 | 22:00
Artur Mas

Nunca me he jugado el corazón a una margarita. Tampoco el sí o el no de un pétalo ha decidido mis dudas sobre una idea o al borde de un camino. Únicamente son para mí el instante de un pensamiento ensimismado o de un beso con saliva de sueño entre los poemas de un libro. La ternura de la infancia en el cabello de mis hijas. Nada más y es mucho el significado de una margarita en estos días del fuego, todos los fuegos, deshojados al viento con el que empujar una quiebra en el paisaje. El de la naturaleza que nos identifica, nos oxigena y nos regala la singularidad de su cobijo (mucho más simbólico como patria que una bandera) convertido en cenizas en Galicia, en Asturias, en Portugal, y cuya continuidad de bosques demuestra que no existen más fronteras que las mentales, las políticas y las del dinero. También en el paisaje de la convivencia hasta ayer, celebrada olímpicamente y entre cervezas a pie de Las Ramblas, partida entre la impotente tristeza, el silencio, el miedo y una airada convicción que pierde la credibilidad de algunos de sus argumentos por las formas con las que impone una superioridad moral que no existe. Fuegos a los que se han sumado todos los pirómanos de un lado y otro, cegados por el falso ideario con el que el nacionalismo se ha inventado un enemigo al que descabezarle el corazón del polen que fertiliza y favorece el ecosistema de la vida. Sin ese enemigo demonizado no se puede construir la identidad de una nación como escribió Carl Schimitt.

Las almas están envenenadas. Ningún boca a boca podrá restablecer su latido original. Siempre tendrán un vacío, un eterno dolor enquistado por una suerte echada después de preguntarle, desde dos lados al me quiere no me quiere, a una margarita transformada en el beleño del diablo. La planta que primero embriaga, después produce alucinaciones y finalmente ejecuta el akelarre de las hogueras que iluminarán la semana que se nos viene encima hecha cristales. Igual que una ventana al horizonte que hemos roto –reivindicando una absurda frontera que no nos hacía falta– a pedradas de palabras que se han afilado, despojándolas de significados. Sin darnos cuenta de que al tirarlas contra el mismo espejo en el que nos reconocemos, por mucho que no nos gusten los ángulos o las huellas del tiempo en nuestro rostro, las hemos cargado en el lenguaje como balas de una ruleta rusa en la que nadie ha pensado. Da igual una sien u otra, la víctima será la misma: la vida corriente de la gente. Esa que ha dejado de trabajar con ánimo o con horizonte, de ir tranquila a Cap Bravo o al mercado del barrio, de encender la radio o charlar con la prensa sin sentirse llamada a filas. Esa gente con hipotecas y en paro, con proyectos y confianza en las pequeñas felicidades de lo cotidiano que ha dejado de hablarse con los hermanos, con los compañeros, con los amigos, con los padres. Igual que un taxista de Barcelona que intentó hacerle ver a sus hijos que si Cataluña fuese la dictadura franquista que combaten no tendría el turismo que tiene ni nadie querría quedarse a vivir en ella por su calidad de vida. «No tienes ni idea de nuestra Historia ni de las décadas de fascismo que padecemos» le responden con desprecio –y el hombre se emociona entrecortado– los que él ha criado al volante sin horas a mediados del bienestar de los ochenta y reniegan de su sangre andaluza. Aquellos que viven vampirizando su esfuerzo de fiesta en siesta, y carecen de Historia y de dignidad con mayúscula según señalan los libros escolares de Cataluña que no adoctrinan, mientras que sí lo hacen los que en Madrid, en Zaragoza o en Sevilla hablan de España.

Todo esto me ha enseñado los muchos rastrojos que llevábamos dentro y qué poquísimo se ha leído en este país esférico que tan mal va de cabeza. A veces, si no fuese porque uno es portugués y el otro argentino, da la sensación de que todo este incendio se reduce a un puto Messi, un puto Cristiano. A un así gana uno la Liga en bandeja y así el otro la conquista. Todos llevan un entrenador de fútbol dentro pero jamás pensé que también llevasen un estadista político, un analista de la democracia y un miliciano urbano. Cuántos conceptos echados al fuego como leña: democracia, Estado de derecho, progreso, lealtad, legalidad, diálogo, voluntad popular. Términos manoseados al antojo y a golpe indómito que forja cada palabra con la forma de un espada en batalla. Dice el Gobierno del PP, el peor de todos los que hemos tenido –tanto como el de Artur Más, Puigdemont y Junqueras–que el Govern ha dado un golpe de Estado a la democracia, y su eco rebota en una misma frase desde la voz de ERC cuando Rajoy aprueba el 115. Cuando Echenique festeja qué Europa abre los ojos y se identifica con Cataluña al afear la represión policial, y qué fascista resulta cuando apoya la unidad constitucional de España. Qué poca seriedad y respeto tenemos por las palabras, las ideas, los conceptos. Y cuánto ondeamos la visceralidad, los equívocos, las posverdades y las simplezas, convencidos como denuncia Gabriel Albiac de que todo sucede primero (y es lo más importante) en la escena y luego produce una realidad a medida. Sí, es más fácil echar al fuego las ideas y a las personas –más aún si resisten en pie con la honestidad y la independencia política- que intentan diseccionar desde la concordia y la serenidad de discrepar, reconocer, admitir y a la vez convencer sin partidismos, viejos ajustes de cuentas ni dogmas ideológicos.

Hasta aquí hemos llegado y el fuego golpea nuestras puertas. A unos les falta deshojar la margarita del irse o el quedarse. A los que no nos rendimos jamás a lo que parece inevitable nos queda un instante in extremis: la cultura. La misma que nos une mediterráneos y romanos desde siglos. Una atmósfera mental que despeja de la urgencia del diálogo las palabras, las ideas, las frases y las pasiones que huelen a gasolina, y escoge aquellas que no deshojan el sí y el no de la margarita y sirven como brújula, temple y coraje de despejar incógnitas a favor de encontrar la salida común del laberinto. Todo está en la cultura. Dos ejemplos son suficientes. El del brillante monólogo del fallecido Federico Luppi en Martin Hache. «La patria sólo es un verso. Mi casa está en tu casa. No se extraña un país, se extraña un barrio. Tu país son tus amigos, y eso sí que se extraña». Cuánto siento Barcelona en estas frases cargadas de razón y humanidad que me conducen al otro ejemplo como es el de Pablo Picasso, que este miércoles cumple años de genialidad. Un artista que siempre fue malagueño, gallego, catalán, español y francés, un mucho de cada uno resuelto en su forma de vivir y engrandecer el arte como un lugar de encuentro, progreso y sensualidad.

Lo he dicho siempre. Y lo reivindiqué en un reciente premio ante una agente literaria de best sellers en castellano que reniega de todo lo español que interpreta como dictadura y fascismo. Me niego a que me excluyan de Pla, de Espriú, de Serrat, de Nuria Espert, de Dalí, de Zenobia Camprubí, de Maruja Torres, de Joan Brossa, de Juan Marsé, de Juan Goytisolo, de Gil de Biedma, de Ana María Matute, de Joan Perucho, de Vázquez Montalbán, de Pere Gimferrer, de Joan Margarit, de Quim Monzó, de Eduardo Mendoza, de Merce Rodoreda?de una Cataluña que forma parte de mi identidad compartida, plural y cosmopolita. También de mi aspiración a seguir enriqueciéndola y trabajándola con el lenguaje, el respeto, el conocimiento de los otros y la creatividad de un goce común. Por eso hoy a pie azul de las olas que danzan Salomé, no pido ninguna cabeza sino sentarme en una terraza y brindar con una isla dorada por la gente que admiro, que siento, que me importa en paz y sin fronteras de ninguna clase, ni de ninguna canción que me incite a la guerra, en lugar de a la convivencia y a la felicidad.

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