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Aforismos

El conflicto de Cataluña, desde el inicio del actual brote, cada día me recuerda a Galeano cuando nos contó aquello de que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo

25.10.2017 | 05:00

Lo importante no es donde estamos, sino en qué dirección nos movemos. No somos el producto de nuestras circunstancias, sino el producto de nuestras decisiones. En ambos casos se trata de aforismos cotidianos en el ejercicio profesional de la psicología. Como aforismos, ambos, tienen la virtud de la sencillez expresiva, y, como enseñanza, ninguno tiene fisura alguna. Ambas afirmaciones son demostrables y, sea cual sea la situación, ambas son universalmente verdaderas.

Si nuestro controWertido exministro de Educación, Cultura y Deporte hubiera prestado atención a la dirección en la que se movía, ni la historia lo recordaría como un mediocre floretista, que pretendió desarmar al sistema educativo con un torpe mandoble que eliminaba la Filosofía como asignatura, ni habría acontecido que, a propuesta de la Facultad de la Inepcia, terminara investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del Justo Castigo a su Torpísima Conducta. Don Ignacio tomó la decisión de avanzar en una dirección que lo condujo al destierro. A un dorado destierro en el distrito octavo de París, que no es un mal sitio para casi nada terrenal. Quizá hasta hubo intencionalidad y no torpeza. A saber, tú...

Los aforismos, tanto si son legados de los maestros, como si son hijos de la sabiduría sanchopancista, siempre son fuentes de crecimiento. Léase, si no, a la luz de la realidad del conflicto catalán, cómo, a la actitud de los actores principales de la contienda y a la de sus consejeros y palmeros, les han faltado diez o doce hervores para estar a la altura de un aforismo medianamente presentable. Defender la razón con las tripas no es útil, ni inteligente, en este caso. Si deseas la paz no hables con tus amigos, habla con tus enemigos. Lo dijo Desmond Tutu, un cura bueno. Nobel de la Paz, en los años ochenta, creo. Lástima que el señor Tutu no se les apareciera en sueños al señor Rajoy y al senyor Puigdemont para expresarles su apotegma...

Cuando la diplomacia y la dialéctica se quedan mudas, como ha sido el caso, malo... Cuando el sentido común y la razón se confunden, como está ocurriendo, peor... Los actores principales de la obra han hecho alarde de una supina torpeza política que está en vías de conseguir el más difícil todavía en estas cuitas: que un asunto esencialmente político se convierta en un conflicto emocional para más de siete millones y medio de personas, en primera instancia, y para más de cuarenta y dos millones de personas, en segunda. Ojalá que no ocurra nunca.

Ambas partes parecen decididas a demostrarle al mundo cómo determinados conflictos se alimentan de las mismas medidas que se implementan para solucionarlos. Inepcia mayúscula. Qué razón la de Maslow cuando afirmó que cuando nuestra única herramienta es el martillo, tendemos a tratar cada problema como si fuera un clavo. De cualquier forma, como siempre, la historia pondrá a cada actor en su sitio. Y los hechos por venir, quién sabe, hasta puede que nos recuerden al gran Camus y que seamos otra vez testigos de cómo los juglares modernos cantan para acompañarnos a los que padecemos la historia y cómo ningunean a los que la hacen.

Por alguna curiosa razón, el conflicto de Cataluña, desde el inicio del actual brote, cada día me recuerda a Galeano cuando nos contó aquello de que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo. Y cada día me surge la misma pregunta, ¿dónde estará esa gente pequeña tan grande? ¿Será mentira o será que los responsables políticos que nos han tocado esta vez en ambos bandos tienen que ver con un karma que nos mantiene condenados a padecer mucha gente grande, en lugares grandes, haciendo cosas grandes que no van a favor de nadie...?

Tan impropia se me antoja la intención de ´secesión en la intimidad´ pretendida por don Carles, como la manifiesta falta de intención de forzar el diálogo político de don Mariano. Solo interpretando que el fin último del diálogo político es vencer es comprensible que toda la argumentación política de don Mariano recaiga en la ley. Error de libro. El fin del diálogo, de la discusión política, no consiste en vencer, sino en progresar.

Tengo una pregunta que últimamente me tortura: ¿estoy loco yo o los locos son los demás? Lo expresó Einstein, pero bien podría haber sido yo, en este justo momento.

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