Impresiones

Budistas cabreados

30.10.2017 | 00:29

Uno los imagina contemplativos, pacíficos y haciendo yoga pero a veces se enfadan mucho. Como ahora. Mientras lo que en España ocurre con Cataluña, grave como es, no deja de ser un problema de ricos que viven bien pero quieren más, en el sudeste asiático hay una minoría desprovista de ciudadanía y perseguida que lucha por su vida.

Más de 600.000 rohingya, un grupo musulmán que vive en el estado de Rakhine, en Myammar (antes Birmania) han tenido que escapar para salvar sus vidas en lo que algunos llaman limpieza étnica y la ONU describe como el desplazamiento de población mayor y más rápido desde la guerra de Ruanda. Cuando uno es forzado a huir y busca refugio en Bangladesh es que lo tiene realmente mal.

Los rohingya son musulmanes en un país mayoritariamente budista, visten diferente y se entienden mal con sus vecinos. Durante la segunda guerra mundial tomaron partido por los británicos, mientras los budistas lo hacían por los japoneses. Las tensiones crecieron tras la independencia cuando los militares se hicieron con el poder en 1962 y les privaron de muchos derechos, hasta que una ley de 1982 les quitó la nacionalidad y los convirtió en apátridas. Para el gobierno de Myammar y para la inmensa mayoría de sus ciudadanos los rohingya son bengalíes, implicando que son de inmigrantes ilegales de Bangladesh, aunque también les llaman kalar, que es una forma despectiva de referirse a los musulmanes. En las elecciones de 2015 no se eligió a ningún musulmán y en consecuencia hoy no hay ninguno en el Parlamento.

Budistas y musulmanes se toleraban malamente pero sin que la sangre llegara al río. Pero ahora ha llegado cuando los rohingya tuvieron la mala ocurrencia de formar un Ejercito de Salvación, cuyos ataques sobre una treintena de comisarías en julio ha sido la gota que ha colmado el vaso (o la excusa que algunos esperaban desde hacía tiempo) y ha provocado una brutal respuesta por parte de las fuerzas armadas birmanas, que han arrasado pueblos y aldeas y les han obligado a huir para salvar sus vidas. Los testimonios de los sobrevivientes son terribles, como la madre que cuenta que un soldado tiró a su hijo a una hoguera porque lloraba. Escalofriante. Ahora las autoridades no dejan entrar en la zona a observadores internacionales y tampoco dejan pasar ayuda para las víctimas o para los 120.000 rohingya que todavía no han escapado hacia Bangladesh.

Myammar es un país con muchos problemas de transición a la democracia y de desarrollo económico. Pero lo que parecía una transición modélica hacia una democracia dirigida por la premio Nobel Aung San Suu Kyi está derrapando hacia una forma de autoritarismo centralista o de democracia iliberal, que es como se llama ahora a los regímenes que mantienen elecciones pero donde las mayorías ahogan y no respetan a las minorías, se recortan las libertades de la oposición, se difumina la división de poderes, se adoctrina a la población y se gobierna arbitrariamente con un Parlamento que se salta la ley. Más o menos lo mismo que hacen Puigdemont y los suyos, aunque en Myammar se añade una tutela militar sobre el poder civil. Es una tipología que ya en los años 90 describió Jack Snyder, profesor de la Universidad de Columbia, y en la que también encajan personajes como Erdogan, Orban o Maduro.

Aung San Suu Kyi niega que exista un problema o que los militares hayan reaccionado brutalmente y en esto se alinea con la mayoría de los birmanos, desde el gobierno a la oposición, los líderes religiosos e, incluso, los activivistas de los derechos humanos. Por increíble que parezca, todos a una como en Fuenteovejuna niegan que haya limpieza étnica y los líderes de la mayoría budista, gente teóricamente pacífica, difunden videos donde llaman «serpientes» y «peores que perros» a los rohingya y les acusan de «robarnos nuestra tierra, nuestra comida y nuestra agua». No hay que olvidar que Myammar es un país mayoritariamente budista donde una encuesta de hace un par de años, el Asian Barometer Survey descubrió que el 80% de la población cree que la ciudadanía debe estar vinculada a la religión. Sin duda lo mismo debe pensar Aung San Suu Kyi, que se está dejando muchas simpatías y mucho prestigio en el mundo como consecuencia de su actitud durante esta grave crisis.

Porque la verdad es que la actual campaña militar y policial contra la minoría rohingya, a pesar de su brutalidad, o quizás a causa de ella, es muy popular en Myammar donde se ha desatado el sentimiento nacionalista, siempre irracional y peligroso pues nunca se sabe dónde puede acabar, y es aplaudida por la inmensa mayoría de la población que desearía librarse para siempre de estos musulmanes diferentes y con tasas de natalidad más elevadas que el resto.

Y mientras esto sucede el mundo mira incómodo y sin saber qué hacer. Los europeos condenamos lo que ocurre sin mayores consecuencias prácticas, y los norteamericanos han cortado la ayuda militar a Myammar (aunque a regañadientes porque temen que eso le empuje hacia China y acaben ellos perdiendo influencia). La ASEAN está dividida porque Yangoon impide cualquier crítica en su seno y la ONU, que tiene la «responsabilidad de proteger» como uno de los principios que guían su actitud, esta bloqueada por el veto de Rusia y de China a condenar a Myammar.

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