Tierra de nadie

Motores neuronales

05.11.2017 | 05:00

Iba en el metro sin meterme con nadie cuando escuche la palabra «motoneurona». Me volví para ver quién la había pronunciado y resultó ser una joven con aspecto de estudiante que hablaba con una compañera. Le explicaba que había tres clases de motoneuronas : Las somáticas, que actuaban sobre los órganos implicados en la locomoción; las viscerales, cuya utilidad no pude escuchar bien; y las viscerales generales, que se relacionaban de algún modo con el corazón. Lo pillaba todo a medias por culpa de los ruidos del tren y de la megafonía que anunciaba la estación en la que estábamos a punto de entrar. La joven que escuchaba parecía de letras, pero se le veía fascinada por la nomenclatura empleada por su amiga para explicarle la lección de la que quizá tendría que examinarse una o dos horas después.

Cuando salí del metro, me vino a la cabeza la expresión «motor neuronal», que quizá había leído en algún sitio antes de escuchar este diálogo. Me parece que tropecé con ella en un artículo sobre inteligencia artificial y que me llamó la atención por esa mezcla entre biología y mecánica. Motor neuronal. Suena muy bien, pero resulta algo inquietante, como si las neuronas, para ponerse en marcha, necesitaran de un impulso previo del tipo del que recibe el automóvil cuando introducimos la llave en el contacto y la giramos para producir la chispa. Mientras caminaba calle abajo, me percibí a mí mismo como un robot cuyas diferentes partes se activaban o desactivaban gracias a estos motores neuronales distribuidos estratégicamente por mi geografía orgánica.

Entré en un bar para tomarme un té verde y al poco escuché el sintagma «sistema operativo». Lo pronunció un joven que le hablaba a su novia del teléfono inteligente que se acababa de comprar. Entré en la Wikipedia con mi propio móvil para buscar su significado y leí que era el software que gestionaba los recursos del hardware. El motor neuronal, como si dijéramos, de los ordenadores. Me pareció prodigioso que en tan pocas horas hubiera oído hablar tanto de mí mismo y decidí que esa misma noche volvería a ver Blade Runner. Siempre sospeché que los seres humanos somos, sin excepción, replicantes de un modelo original perdido en la noche de los tiempos.

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