En solo 725 palabras...

¿Cómo leñe titulo yo este artículo?

08.11.2017 | 00:05

Hay días en los que uno se asoma a sí mismo y siente vértigo. Hoy me ha tocado a mí. Me he sentado a escribir, como cada martes, sin saber de qué. O sea, que hoy, como muchos martes, seguro que escribo de nada. En el fondo, no me importa, porque escribir de nada a veces es más gratificante que escribir de algo, especialmente en estos tiempos corrientes en los que la majadería ya luce grado y doctorado, y la política ramplona usa los binoculares al revés, para alejar la realidad de su cerebro.

Los prismáticos invertidos forman parte del kit de supervivencia de todo político que se precie. Los más jóvenes, cuando aterrizan en el oficio, usan los pequeñines, los de teatro, que son más manejables, pero alejan menos. Pero, conforme maduran en política, se aferran a esos prismáticos gigantescos, propios de los ejércitos, que les alejan tanto la realidad que dejan de percibirla. Y, claro, las criaturitas políticas, angelitos, no tienen más remedio que inventársela. ¡Manda uebos, ¿verdad, don Federico?!

Bueno, a lo que iba, que me he sentado para escribir y, conociendo el percal de mi vértigo, he preferido abrir mi liliputiense baúl de las ideas. Pero hoy ha sido peor el remedio que la enfermedad: al abrir el baúl mi vértigo ha empeorado. Ahí estaban las tías, en el baúl, llamando mi atención. Las primeras en que he reparado han sido mis cuatro ideas limpias y puras de siempre, las de mi primera juventud, que aún se mantienen intactas y vibrantes, y expectantes de ser las grandes vedettes de mi cerebro algún día. Y más pronto que tarde lo serán. Una idea dolorosa también ha llamado acaloradamente mi atención, hoy. Pero no, hoy no tengo yo cuerpo para un dolor de ideas. Qué malos son los dolores de ideas, tú. Vade reto...

Qué mágico es el claroscuro con el que nos regala la vida a cada instante: basta abrir un baúl para tomar consciencia de cómo el alborozo y el dolor comparten existencia y vecindad, sin mezclarse, para hacerse posibles ambos. Un nanosegundo me ha bastado para verificar cómo hoy habría podido viajar de la enorme alegría por el reencuentro con mis ideas nobles y tiernas al más insoportable dolor de ideas. Pero, afortunadamente, hoy he estado listo y he sido rápido...

Del baúl en el ángulo oscuro –¡uy!–, apoltronadas cerca de la idea dolorosa, he visto un manojo de ideas turísticas inconclusas. Qué listas son estás, oye. Saben que el turismo mundial hoy vive en Londres, y se han dicho, ¿para qué gastar energías? Las ideas turísticas siempre han sido ideas especiales, aunque, la verdad sea dicha, las institucionales, últimamente han perdido toda la brillantez de antaño. Ogaño estamos acostumbrados a las ideas institucionales vendidas a bombo y platillo –es decir, todas– que no son más que burdas copias de las que las precedieron, pero bañadas en chocolate. A saber, ideas que mientras las lames o las chupas saben a nuevas, pero cuando se les acaba la finísima capa de chocolate o cuando las muerdes para acabar antes, terminas descubriendo la decepcionante realidad del gato por liebre inoculado a la antigua. Dolorosa esta cotidianidad institucional con la que se disfraza de engañosa verdad a las ideas turísticas de antaño...

Como experimento, solo para verificar qué ocurría, he cerrado mi baúl y lo he vuelto a abrir diez minutos después. Al reabrirlo, las ideas visibles ya eran otras. Ahora en el baúl había más variedad. Mala idea no he visto ninguna, ni ideas fijas, tampoco; ideas universales, muchas. Sí he visto varias ideas de sexo y otras menos divertidas, pero igual de productivas, de estudio. Saltarinas, felices, llamando mi atención con algarabía, en el centro del baúl había un popurrí de ideas en el que las ideas amorosas le hacían ojitos a las ideas nobles y las más sesudas le mostraban su indiferencia a las sinsentido. Durante esta segunda apertura del baúl el batiburrillo de ideas ha sido declaradamente ingobernable.

Mientras cerraba el baúl he distinguido algunos restos de crisálidas. Las ideas son el gusanito de seda que al eclosionar se convierte en proyecto. Los proyectos, obviamente, son las mariposas. Caray, mira tú por dónde: hoy podría haber escrito de mariposas... Pero, demasiado tarde ya, forastero: solo dispongo de veinte palabras para terminar este artículo.

Por cierto, ¿cómo leñe lo titulo?

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