Inventario de perplejidades

El hijo que Hitler quería

Casos sonados de reclamaciones de entrega de delincuentes entre las autoridades españolas y belgas

10.11.2017 | 00:19

A propósito de la huida a Bélgica del señor Puigdemont y de cuatro exconsejeros de su Gobierno, algunos observadores coinciden en afirmar que el destino está muy bien escogido para su propósito de dilatar en el tiempo su entrega a las autoridades españolas. Por razones históricas (Bélgica fue en el pasado un dominio español y todavía subsisten en la memoria popular episodios de especial crueldad que dieron lugar a la famosa ´leyenda negra´) y por razones de oportunidad política (la población flamenca simpatiza con las pulsiones separatistas de una parte de los catalanes).

Además, aún está reciente en las hemerotecas el rastro de las polémicas habidas entre la justicia española y la belga a propósito de la entrega de militantes de ETA bajo el sofisticado argumento de que no se daban en más de un caso las condiciones necesarias para tener un juicio justo. Todo eso, junto a ciertas declaraciones de políticos belgas y a ciertos comentarios en la prensa, en los que se llegó a comparar a Rajoy con Franco, nos llevan a especular con la posibilidad de que el asunto se enrede en los tribunales y el acatamiento de la orden europea de busca y captura contra los cinco fugados se demore más de la cuenta. Con la complicación añadida de que algunos de ellos, si no todos, puedan presentarse como candidatos a las elecciones autonómicas que convocó Rajoy en aplicación del artículo 155.

Pero mientras podríamos entretener la espera recordando alguno de los episodios más sonados de las reclamaciones de entrega de delincuentes que hubo en el pasado entre las autoridades españolas y belgas. Por ejemplo, la del dirigente belga Leon Degrelle que ascendió a general de las SS y fue condecorado por Adolf Hitler con las máximas distinciones del régimen nazi. Un Hitler, por cierto, que lo admiraba tanto que llegó a decirle en público que «si tuviera un hijo me gustaría que fuera como usted».

Cuando la derrota militar de los nazis fue inminente, Degrelle, que estaba en el frente noruego, cogió un avión bimotor y, huyendo de los enemigos, tomó rumbo hacia territorio español donde pudo aterrizar malamente en la playa de la Concha de San Sebastián cuando estaba a punto de agotarse el combustible. De resultas de las heridas sufridas en esa maniobra estuvo 18 meses en un hospital y a partir de ahí se pierde aparentemente su pista (es lo que argumenta el Gobierno de la dictadura). No obstante, se sabe oficiosamente que estuvo en Madrid y luego en el pueblecito de pescadores de la Carihuela, cerca de Málaga, bajo la protección del dirigente falangista Girón de Velasco. Andando el tiempo su presencia en España no fue un secreto para nadie y hasta escribió un libro, Almas ardiendo, prologado por el doctor Marañón.

España, durante el franquismo, fue refugio seguro para exnazis. Entre otros, Otto Skorzeny, al que yo recuerdo visitando el búnker de la División Azul en Oviedo.

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