Apuntes del natural

Divorcio

12.11.2017 | 00:37

No sé dónde he oído o leído la reacción de aquél que, ante la amenaza de que le hablasen otra vez de Cataluña, amenazó con sacar las fotos de su boda. En esas estamos ya; en el hartazgo, en que la gente anda harta de matracas, igual que le ha sucedido al compañero de celda del señor Jordi. Hablemos de otra cosa, pues, para evitar los riesgos. ¿Del Brexit, por ejemplo?

Las crónicas acerca de las negociaciones interminables que se eternizan entre la Unión Europea y la Gran Bretaña suelen acudir a la imagen del divorcio para explicar lo que pasa. Se trata de una metáfora muy adecuada porque la pasión impera cuando se rompen las parejas. Por más que la teoría política acuda a Maquiavelo como fuente de inspiración para las tareas de gobierno, el pensador florentino se refería a un príncipe ideal, ajeno a los arrebatos emocionales, a alguien dispuesto a analizar los asuntos de Estado bajo el imperio de la lógica y de la razón. Poco de eso sucede cuando, con el corazón herido, una pareja decide separarse. Con un añadido importante: de los dos, quien más se aferre a los sentimientos será el que se lleve la peor parte en el divorcio.

Londres y Bruselas discuten los términos de su divorcio particular intentado acudir a la lógica cuando se trata de un problema generado por la pasión. Fue un político estúpido, David Cameron, quien buscando su propio beneficio urdió el referéndum que metería al Reino Unido y a Europa entera en un caos que nos cuesta aún entender, porque ya sabemos que, tras la separación, nadie saldrá ganando. Es probable que ese antecedente fuera el motivo principal para que el Gobierno del presidente Rajoy se negase a hablar siquiera de otro referéndum pactado, esta vez en Cataluña. Pero de nuevo son los sentimientos los que afloran ahí porque, una vez desmontados los cuentos de la lechera y los castillos en el aire, tampoco hay nadie que se crea de verdad que habrá un vencedor en el Catxit. Curiosos divorcios que, sin haberse consumado siquiera, desparraman las pérdidas hasta convertirlas en el elemento rector.

Las parejas quebradas tienen mal remedio porque, incluso admitiendo que les sería mucho más rentable el recoger velas y hacer como si no hubiese pasado nada, las pasiones desatadas durante la ruptura son muy difíciles de olvidar. Las heridas permanecen durante todo el tiempo en que se esgrimen las razones de peso para mantener el matrimonio. Y al cabo basta con que alguien agite una vez más los rescoldos de los supuestos agravios para que salten de nuevo las llamas. Sería necesario un nuevo Maquiavelo mucho más convincente, vestido incluso con la bata de los encargados del manicomio, para que la pasta de dientes que se ha escapado del tubo vuelva al sitio del que nunca debería haber salido. Y, mira por donde, resulta que sí que hemos hablado de Cataluña al cabo.

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