Tribuna

El contador de historias

(A Miguel Ángel Santos Guerra en su jubilación)

14.11.2017 | 20:27

El escritor jordano-libanés Rabih Alameddine escribió un hermoso libro titulado El contador de historias. Un libro de relatos de la vida que siguen flotando sobre los cafés de cualquier país de Oriente Medio. El título del artículo que hoy dedico a un gran maestro y pedagogo que acaba de jubilarse está inspirado en él.

Desde los 19 años soy maestro de escuela, profesor de EGB y maestro de educación primaria hasta que me jubilé. Finalmente colaborador honorario de la Universidad de Málaga. Estudié magisterio en Úbeda, un frío, pro entrañable internado de jesuitas donde me enseñaron la pedagogía impuesta por el franquismo: enseñanza reproductiva, sin formación crítica y sin más recursos que el libro de texto, modelo que intenté reproducir, siendo ya maestro, transmitiendo los conocimientos que facilitaban los libros de texto. La principal motivación para mi alumnado era conseguir buenas notas que les permitiera tener éxito familiar y social. El sistema no daba más opción que el éxito o el fracaso. Sin embargo siempre intenté despertar el interés acercándome a sus problemas, a sus intereses, creando un clima entre confianza y autoridad moderada que me permitiera controlar a los 40 alumnos a los que debía educar y enseñar los conocimientos que la ley obligaba.

Recorrí varias ciudades andaluzas, Puerto de Santa María, Écija, Linares, Cádiz€ en colegios del patronato Sagrada Familia hasta que llegué a Málaga con destino definitivo por oposiciones al cuerpo de maestros nacionales. Cada vez me sentía más inconformista con mi forma de enseñar, de organizar los espacios, los recursos didácticos. Necesitaba formación. ¿Pero dónde encontrarla? Mi situación familiar me impedía ir a la Universidad y me diplomé en Ciencias Sociales por la UNED. Empecé a leer "Cuadernos de Pedagogía", asistir a Escuelas de Verano, participar en grupos de trabajo del CEP€ Cuanto más exploraba, más inseguro me encontraba. Necesitaba ideas y criterios para cambiar mi acción en el aula. El sistema me ahogaba, era como un muro infranqueable, aún más en un colegio –ICET- con una mentalidad obsoleta producto de la época y de la concepción autoritaria con nula preparación pedagógica de la dirección del Centro.

Leí sobre la Institución Libre de Enseñanza y la reforma educativa de la II República, extinguida por la dictadura, y descubrí que otra forma de enseñar a aprender era posible y necesaria. Pero necesitaba referentes actuales que me aportaran un análisis del contexto y sobretodo soluciones. Fue entonces cuando conocí a un pedagogo excepcional, un contador de historias con las que ayudaba a reflexionar, a cambiar la forma de entender el significado del proceso educativo, incluida la evaluación. Hablo de Miguel Ángel Santos Guerra, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga, que había sido docente en todos los niveles del sistema educativo y, por tanto, gran conocedor del mismo. Autor de numerosos libros, articulista en varios medios de comunicación, padrino de tres escuelas argentinas y huésped de honor de varias ciudades argentinas, mejicanas y chilenas. Nadie mejor que él para aprender y encontrar el camino de mi renovación.

Y así fue, Miguel Ángel y después Ángel I. Pérez Gómez se convirtieron en mis referentes intelectuales. He sido un fiel seguidor de todos los artículos de Miguel Ángel en el periódico La Opinión de Málaga. Verdaderos tratados de educación dignos de analizar en cualquier facultad de Ciencias de la Educación. Su forma de contar historias, anécdotas y, sobre todo, las reflexiones permanentes para situar al lector, hacen que éste se replantee permanentemente la forma de "enseñar o el oficio de aprender" (título de uno de sus libros).

Dos veces lo invité al claustro de mi colegio, aceptando encantado de organizar sus peculiares clases participativas con el juego como estrategia de reflexión. Otra vez, presentado por mí, impartió una conferencia en el Ateneo de Málaga siendo yo presidente. Lleno absoluto. Y es que oír a Miguel Ángel Santos es entrar en un mundo mágico de farándulas, de historias y de provocaciones contra el pensamiento único. La parábola de la carrera de animales por llegar a la copa del árbol con el caracol compitiendo con los demás, es una lección magistral de la pedagogía de la diversidad y del respeto a los diferentes ritmos de aprendizaje. Llegar el último no era un fracaso, sino un éxito teniendo en cuenta su capacidad.

Aprendizajes crónicos, significativos y aplicables en una reflexión permanente sobre la práctica docente es otra de sus enseñanzas que tanto me ayudaron. Pero fue el concepto de evaluación la clave de todo el proceso de enseñanza aprendizaje, lo que más determinó mi cambio en el planteamiento de las estrategias y metodologías de aula. "La evaluación –decía el profesor Santos Guerra- más que un hecho técnico es un fenómeno moral. Si le conferimos un mero carácter instrumental, podemos ponerla al servicio del poder del dinero, de la injusticia, de la desigualdad".

Gracias Miguel Ángel por enseñarme que "un buen maestro tiene que tener el carisma de presidente de gobierno, la autoridad de un conserje y las habilidades combinadas de un psicólogo, un payaso, un disc jockey, un pinche de cocina, un puericultor, un maestro budista y un comandante de la Kfor (ejército e la ONU para mantener la paz)". Y, sobre todo, un gran respeto por la diversidad, incompatible con el sistema injusto y segregacionista de la evaluación tal como se ha entendido y se sigue entendiendo en las etapas escolares obligatorias. "La escuela ha de ser una comunidad crítica de aprendizaje en la que los profesores no solo enseñan sino que, a través de la reflexión, aprenden de forma eficaz".

Citas en uno de tus artículos a Rubem Alves: "Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna manera seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra€ Por eso el profesor nunca muere". Y continúas "en la ciudad de Puerto Lápice hay una calle dedicada a todos los maestros. A todas las maestras. Los que hoy son. Los que han sido. Los que serán. Se llama CALLE DE TODOS LOS MAESTROS".

Muchos de esos maestros, yo entre ellos te debemos a ti, querido profesor, las inquietudes que has sembrado en nosotros de seguir renovándonos para ser mejores y hacer mejores a nuestros niños y a nuestras niñas seguros de que "el amor hace con las personas –decía Neruda en otra de tus citas- lo que la primavera hace con los cerezos"

Por ellos merece la pena esta hermosa profesión, la que Pericles consideró en aquella memorable recepción en el siglo V a d C, -narrada con maestría por ti, de arquitectos, escultores, matemáticos, astrónomos, guerreros, sacerdotes y demás representantes de la ciudad de Ateneas, que los pedagogos debían estar los primeros. "Vosotros embellecéis y protegéis la ciudad –dijo Pericles a los demás-, pero los maestros tienen la misión más importante y elevada de todas: la de transformar y embellecer el alma de los atenienses".

Querido Miguel Ángel, que tu jubilación sea una oportunidad para leer más, tu pasión, y seguir contando más historias que nos inviten a soñar.

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