Tribuna

La librería

15.11.2017 | 22:06

La madera y el papel son materiales nobles. Mucho más nobles que el oro, o la plata. Son de lo que están hechas las librerías. La madera de las estanterías y baldas y el papel de los libros. La madera de una buena librería tiene un especial brillo matizado, una textura de vejez noble y unos tonos indefinidos de colores, que las hacen ser algo más que un mueble. De alguna forma son sagrarios, que encierran todo el saber de la Humanidad, escrito en papeles maravillosos, que despiden un olor especial a tiempo, a sabiduría, a conocimiento. Normalmente, están en una suave penumbra, que hace que se hable en voz queda para no perturbar la ciencia de los siglos.

Cuando uno ha pasado toda su vida entre libros y ha soñado siempre con tener una librería, no muy grande, con una leve música de fondo de un cuarteto de Bach y descubre que en un cine de su ciudad ponen una película que se llama La librería, que se desarrolla en la Inglaterra rural y que dirige Isabel Coixet, le falta tiempo para ir a verla. Y si es con una familia maravillosa (incluidos los niños, como debe ser), tan amante de los libros como tú, la tarde del domingo pierde su eterna melancolía y se convierte en una dulce fiesta. Esto me ocurrió anteayer, gracias a Pablo y Berta.

No voy a hacer una crítica de cine, entre otras cosas, porque no sé. Pero sí quiero decirles que es una preciosa historia, llena de humanidad, tesón, amor a los libros, sensibilidad a raudales, con ese toque de elegancia en las pequeñas cosas, que pone Coixet en sus obras, con mimo, pero también con un trasfondo de rebeldía, que enfrenta a tres seres libres, con las fuerzas vivas y muertas de un pueblo costero inglés, en el que no hace falta ninguna librería. No voy a reventarles la historia, pero hay tal cantidad de referencias literarias en ella, que convierten a la propia película en una librería. El personaje solitario y huraño, que encierra una emocionante ternura. La niña rebelde, de roja melena al viento, la protagonista estupefacta y asombrada, ante unas reacciones que no entiende. La alianza de la gentry para evitar que la última casa antigua y noble del pueblo se convierta en una tienda de libros (book shop, en esto el español es mucho más sutil que el inglés; librería es un hermoso nombre). Las interpretaciones son las normales de actores ingleses: magníficas. Qué dicción, qué gestualidad, qué naturalidad en la maldad y la hipocresía!

Y las referencias literarias: Hay tres libros, tres obras de la gran literatura, que componen el eje central de la historia y que, si uno está atento, corresponden perfectamente a la trama de la película: Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, Lolita, de Vladimir Nabokov y High wind in Jamaica (Viento en las velas en el cine) de Richard Hughes. Ahí están todas las claves de la historia, que no puedo desvelar aquí, sin que pierda su belleza. El fuego, el odio a la Cultura, la adolescencia y las alianzas que se producen a veces entre jóvenes y mayores. Y el libro que da origen a la propia película, The bookshop, de Penélope Fitzgerald, narradora inglesa poco conocida en España, con esa calidad media de allí, que la elevaría a los altares en otros lugares.

Y la figura central, la propietaria de la librería, llena de nostalgia por un pasado feliz, que huele las páginas de los libros, como hacemos muchos de nosotros, para recuperar el olor del ser querido desaparecido. Rebelde y tenaz, que envuelve los libros en papel de estraza y los ata con una cuerdecita (cuando van a desterrar las bolsas de plástico las librerías españolas?) y se niega a rendirse ante lo que no comprende. Su relación con el hombre solitario es un prodigio de tacto, de leve acercamiento físico, de comunión de corazones y de mentes, cuando ella empieza a enviarle los libros que él le ha pedido que le recomiende. Es importantísimo tener en la vida a un personaje así. Un Pigmalión. Un Mentor que te guie como a Telémaco. Alguien que oriente tus primeros pasos. Que no deje que te caigas, o tropieces, que te indique el camino, casi sin que te des cuenta.

En cierta ocasión, teniendo yo unos doce años, mi padre, que tenía una gran biblioteca, me sorprendió leyendo El Papa del mar, de Blasco Ibáñez. No me riñó. Simplemente cogió el libro, lo puso en uno de los estantes superiores y me dijo: «Creo que esto no vas a entenderlo ahora. Cuando alcances a llegar a ese estante tú solo, lo podrás leer y comprender».

Pero la persona que me guió en estos menesteres librescos fue una extraordinaria mujer. Culta, elegante, con una cabeza maravillosa y tan rebelde como la librera de la película. Una mujer, propietaria de una librería, Atenea, en calle Juan de Padilla, a la que un día entré casualmente siendo adolescente y a la que volvía cada vez que tenía algo de dinero, aunque muchos libros me regaló. Esa mujer, con quien tanto quise, fue Enriqueta Luna, la madre de José Manuel Cabra. Había estudiado en Oxford y fue una de las primeras universitarias de España. Una mujer de una sensibilidad, una inteligencia y una simpatía arrolladoras que lo primero que me aconsejó fue El cuarteto de Alejandría de Durrell y En busca del tiempo perdido de Proust. Y La montaña mágica de Thomas Mann. Y me los tragué. Me distinguió con su cariño y amistad y fue, además, mi primera librera y a ella debo, en parte, mi amor por los libros y el saber moverme en una librería y salir con muchos más libros que los que había ido a buscar.

Ahora posiblemente me vaya un rato a Mapas y Compañía, a brujulear entre libros de viajes, mientras que globos terráqueos sobrevuelan mi cabeza.

Y termino. Vayan a ver La librería. Y las librerías. Y amen los libros. Y defiéndanlos como lo que deben ser: el más alto objeto de nuestra veneración.

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