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Elector: el que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros

24.11.2017 | 05:00
Diccionarios

Se está perdiendo la palabra fullero. No por falta de fullerías. Hay quien se arranca por bulerías y otros por fullerías. La fullería es algo mal hecho, a lo loco, a las prisas, sin amor ni arte final ni adicción a la satisfacción que da el deber cumplido. A mí el deber cumplido me da mucha satisfacción, pero también me la dan los berberechos en su punto de cocción a eso de las dos y cuarto, con una copa de blanco bien fría como preludio a, pongamos por caso, un almuerzo a base de ternera de Ávila con unos buenos amigos. La RAE define fullería como trampa y engaño que se comete en el juego. Ahora lo de fullero nos parece más un término como de libro de caballería o relativo a juegos de niños. El niño es muy fullero jugando a las cartas.

Luego tenemos «fulla», que empezó significando hoja y ahora es mentira, falsedad. Pero también, ahí va lo delicioso, barquillo de pasta de harina. O sea, niño, ponme un cafelito y una fulla. Dame una docena de fullas que las voy a llevar a merendar a casa de Merceditas, que está algo desmejorada de los disgustos que le da el camastrón de su hijo, Eladio, que lleva quince años para sacar notarías y ha vuelto a dejar embarazada a una vecina. Y en ese plan. Es muy divertido abrir el diccionario al azar y engolfarnos en la biografía de las palabras, en sus peculiaridades y afinidades. Ayer lo abrimos y nos salió fullería y fullero. Sin hacer fullería. También es divertido cerrarlo e irse a pasear, a ver una película o tal vez a mirar el sol de noviembre, dar gracias por estar vivo y telefonear a un viejo camarada. Por gusto.

Satisfacción también da abrir otros diccionarios, como aquel de Umbral, Diccionario de literatura (Planeta, 1995), un buen tratado de mala leche, excelente adjetivación, prodigioso subjetivismo y divertida disección de literatos. Filias y fobias. Memorable parte de la entrada sobre Julio Llamazares: «tiene un perro». Umbral dijo de sí mismo, en un artículo en El País en el 78 que tenía «vanidad de inquilino de diccionario». También está el de Ambrose Bierce, ya lo conocen, subversivo, clásico, inteligente (Elector: el que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros. Abstemio: persona de carácter débil, que cede a la tentación de negarse un placer). Hay quien añora los diccionarios de papel pero teniéndolos en casa nunca los abren. Como el que pasa hambre con un trozo de queso al lado. O sea, una fullería del espíritu hacia los instintos. O así.

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