La mirada femenina

La profesora

26.11.2017 | 12:34

Tal vez debería hablar sobre un tema de más actualidad como el asunto de la violación cometida por «La Manada».
Pero me duele tanto ponerme en la piel de esa muchacha, me parece tan aberrante que algunos hombres aún no comprendan que deben controlarse y no comportarse como simios, es tan triste que las mujeres sigamos siendo víctimas del machismo más despiadado que ni siquiera me he querido acercar a conocer los detalles de este desgarrador caso en concreto. No necesito saber más. Lo veo clarísimo desde la distancia. Una manada de hombres se descontrola y se aprovecha de una chica. Para ellos, un «viaje guay»; para ella, un infierno. Espero y deseo que la joven logre recuperarse y rehacer su vida y que ellos paguen por lo sucedido. Así que con vuestro permiso doy un giro de 180 grados y os cuento algo hermoso. Una experiencia cien por cien femenina.

Ayer por la tarde, la profesora nos esperaba con la mesa puesta al detalle, había vino y «pica pica», como de costumbre, unos folios perfectamente fotocopiados en este caso sobre la escritora Mercè Rodoreda y un kit de pintura compuesto de un vaso de yoghurt con agua y un trapito. En el centro de la mesa varias cajas de acuarelas, ceras y pasteles.

Cada vez que vamos a su casa nos tiene reservada alguna sorpresa. Somos cinco alumnas. Y como todas somos madres y trabajamos nos cuesta encontrar tiempo para organizarnos y escribir. El día a día con los niños y el resto de obligaciones nos engulle, como a tantísimas mujeres, y hace que nuestra inspiración se resienta. La profesora se ha propuesto desbloquearnos y para ello utiliza un sinfín de recursos. Es generosa e imaginativa, una artista de los pies a la cabeza.

Después de una charla en la que nos pusimos al día de todas nuestras batallitas, nos sentamos a leer.

«Escribo porque me gusta escribir. Si no me pareciera exagerado, diría que escribo para gustarme a mí misma. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. (?)» (Prólogo de Mirall Trencat).

¡Qué maravilla! pensé. Es alucinante cómo una escritora de una época completamente distinta a la nuestra puede escribir algo tan cercano y real. Parece ser que Mercè Rodoreda pintó en el exilio un centenar de acuarelas aguadas y collages, entre París y Ginebra de 1949 a 1957. La escritora catalana entendía la pintura como el «laboratorio» o la «cocina» más útil para configurar su voz literaria. Para ella existía una relación muy estrecha entre pintura/escritura.
Por ejemplo, las acuarelas, de aparente sencillez, equivaldrían a sus cuentos; el collage, más complejo, la induciría a la novela. A finales de los años cuarenta se exilia en París donde cose como una condenada para sobrevivir. «Trabajo hasta el embrutecimiento para malvivir. Hago camisones y combinaciones para un almacén de lujo». Es en esa época cuando la escritora sufre una parálisis del brazo derecho, psicosomática, que no le impide seguir cosiendo pero en cambio sí escribir su novela. Decide escribir entonces poesía y algún cuento y halla en la pintura la única manera de canalizar lo que pensaba y sentía. Rodoreda no buscaba el virtuosismo sino la expresión pura y dura. «Escribo para recorrerme. Pintar, componer, escribir: recorrerme. Si no hubiera escrito o pintado, me hubieran tenido que encerrar». Después de leer estas reveladoras palabras, la profesora nos pidió que pintáramos a las protagonistas de nuestras respectivas novelas y por un rato nos invitó a olvidarnos de la tiranía del tiempo.

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