Barraca y tangana

Historias

13.12.2017 | 05:00

Mi suegro era hippie y asturiano. Ahorraba dinero ejerciendo de vendedor ambulante porque quería ir a Australia a no sé muy bien qué. El caso es que pasó por Castellón, mi suegra fue a comprarle algo y se enamoraron. Es una bonita historia. La de mis padres tampoco está mal: rebelde antifranquista conoce a buena chica economista. Contrastes, movidas familiares, las dos Españas y el amor triunfando sobre la tormenta. Es otra bonita historia. Las dos lucen mucho cuando tu hija se presenta una noche con alguien en la mesa. Yo a veces lo hablo con Delia, mi pareja, que nos tenemos que inventar una historia así para cuando Delia, nuestra hija, se plante con compañía y sin avisar a la hora de la cena. A día de hoy solo tenemos la verdad, y nuestra verdad carece de magia: salimos un sábado, bebimos un poco, nos conocíamos de vista y mira, ya está [fin de la historia].

Así no vamos a ninguna parte excepto hacia una jubilación tranquila y aburrida. Dónde hay que firmar. Todos mis deseos vitales se dirigen hacia la intrascendencia. Lo mejor que te puede pasar es que no te pase nada.

Lamento haber despreciado aquellas temporadas insípidas sin frío ni calor, con el Castellón en la zona templada de Segunda División. A veces tienes que perder algo para valorarlo, ya sea el fútbol profesional o la conexión inalámbrica. La otra noche un fallo eléctrico nos dejó sin luz hasta la mañana siguiente. Sin wifi, sin tele, sin microondas y sin batería en el móvil. Ahí me di cuenta de lo que de verdad importa.

El Castellón se retuerce en Tercera desde el año 2011. Ha perdido promociones en la prórroga, en tandas de penalties y en el minuto 96. Evidentemente nos sobran los dramas, por lo que cabría esperar que yo soñara ahora con un ascenso soso y apacible, pero no. Soy tan imbécil que en las duermevelas me asaltan remontadas heroicas en inferioridad numérica, éxitos lacrimógenos que tumban agravios arbitrales y goles sobre la hora de autoría inverosímil. Preferimos un 3-2 en remontada que un 5-1 sin apuro. La emoción. La búsqueda de la emoción nos matará a todos.

El relato del fútbol se construye en torno a lo anormal. Esta aspiración guarda un problema: cuando se abusa de la grandilocuencia lo anormal termina siendo también normal. El fútbol es el nuevo porno: hemos visto tantas cosas que nada nos puede parecer extraño. Ya puede el gran Miguel Gutiérrez contarnos en La Libreta las miserias del periodismo deportivo, que estamos tan curados de espanto, tan habituados a la degradación, que nos costará apreciar la verdadera gravedad de cualquier escándalo.

La realidad a menudo es una cosa anodina y gris, y lo digo como piropo. El deseo continuo de trascendencia azuza las brasas de lo ridículo. Mi primer desplazamiento periodístico fue a Málaga. Quizá quedaba en mí algo de ambición. Alcarria y yo fuimos a la radio a recoger la unidad móvil. Al abrir la caja comprobamos que la unidad móvil era eso, un móvil, un puto teléfono móvil. Cuando asumes quién eres todo es más fácil.

Hay quien vive de fabricar envoltorios brillantes que camuflan existencias opacas. Existe poca gente más peligrosa que esa. Estoy a favor de todo lo que desmonte teorías míticas y momentos inolvidables. Estoy a favor de vivir en pijama. Estoy a favor de la nada.

Cuando Carles Puigdemont declaró la república catalana, yo estaba editando una noticia de Run&Bike Benicarló [fin de la historia]. El gol de Iniesta lo vi sentado en el sofá [fin de la historia]. Mientras televisaban la revolución yo estaba durmiendo [fin de la historia]. Tengo que inventar un montón de cuentos para el futuro, porque de abuelo nadie me tomará en serio.

Hay quien ve cada semana una decena de partidos dignos de contar a los nietos. Yo solo me encuentro partidos dignos de contar a los nietos a modo de advertencia, en plan no veáis ese partido porque menuda mierda.

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