Con otra cara

Terapia navideña

17.12.2017 | 00:08

¿Son ustedes de los que temen las reuniones familiares navideñas porque a veces acaban como el rosario de la aurora? Tranquilos, hay soluciones. Nos entra en el periódico una nota de promoción de una coach madrileña que propone un juego para evitar las temidas discusiones familiares de Nochebuena y de Navidad. En mi casa siempre nos ha funcionado el aparatito de karaoke de mi sobrino para no prolongar en exceso la charla de sobremesa, pero es verdad que la cena hay que pasarla y no se va a quedar uno mudo mirando a Raphael en la tele. Para estos momentos, esta coach propone recurrir a lo que llama «preguntas poderosas» que estimulen la reflexión y mejoren el conocimiento de los demás y de uno mismo. Ya de partida, la propuesta resulta inquietante y peligrosa, pero oye, no hay que rechazar nada.

El juego consiste es escribir preguntas en papeles, que cada uno vaya cogiendo uno sin saber cuál le toca, y que conteste con sinceridad. La coach propone cuestiones como: «¿Qué has hecho este año que no hayas hecho nunca antes?», «¿Cuál ha sido la persona más interesante que has conocido este año?» o «¿Cuál ha sido el mayor error que has cometido?». Se supone que con las respuestas se establece un diálogo enriquecedor al margen de las habituales discusiones sobre el punto de las gambas, sobre si es mejor Messi o Ronaldo o sobre si mi primo debería meter en vereda a su crío para que deje de coger ensaladilla con las manos.

Lo que pasa es que, no sé a ustedes, pero a mí me cuesta imaginarme a los míos sometiéndose a ese ejercicio de perfección espiritual y crecimiento personal entre langostino y langostino. Y además, ni en broma les cuento yo a los quince que nos juntamos en Nochebuena lo que he hecho este año que no había hecho nunca antes, sobre todo si quiero tener la fiesta en paz. Es más seguro ir a lo de siempre, a esa especie de euforia nerviosa que nos lleva a abrazarnos y besarnos, y a intentar ignorar los problemas y los malos rollos ante una mesa con comida y bebida para cincuenta aunque, como siempre, nos pelemos porque, con tanto preparar platos, acaban saliendo todos fríos, lo que no hubiera ocurrido si me hicieran caso de una vez y compráramos la cena ya preparada del restaurante de abajo.
Pero no pasa nada. Mientras se evite hablar de política, de la educación de los hijos, y del independentismo catalán, seguró que sobrevivimos a las fiestas. Siempre, eso sí, que a nadie se le ocurra usar la Nochebuena como una sesión de terapia para confesar vicios y errores. En mi familia no hay riesgo. Somos más de desahogarnos con el karaoke.

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