Las cuentas de la vida

Un año positivo

Al dejarnos orientar por las luces largas, no debemos olvidar las urgencias del corto plazo, pero sí relativizar sus efectos. Los problemas de la globalización conviven con sus ventajas, que son más abundantes

20.12.2017 | 21:28

A pesar de los sombríos acontecimientos que han tenido lugar en 2017, la evolución del mundo sigue dando motivos para la esperanza. Las principales áreas económicas –el norte de América, Asia, la UE– crecen por primera vez en mucho tiempo de forma coordinada y con cierta fuerza. En Europa, las victorias electorales de Macron y Merkel dan oxígeno a la agenda europeísta frente a las tentaciones de la renacionalización. 2017 ha sido también el año en que se ha comprobado la fortaleza de la Constitución en España, que ha hecho de red de seguridad frente al mayor desafío institucional vivido por nuestro país en décadas. Ahora queda volver a la normalidad, lo cual es un trabajo que le corresponde a la política y no a las leyes. África sigue siendo un continente hobbesiano –un lugar controlado por las mafias, donde se lucha a diario por la vida–, pero que, pese a ello, ha visto cómo disminuyen sus ratios de mortalidad y se incrementa la renta per cápita; más en unos países que en otros, también es cierto.

El gurú John Mauldin ha enumerado en su última carta las razones que le mueven al optimismo. Son numerosas e inapelables en su mayoría. A pesar de la creciente fractura social, los movimientos migratorios desordenados, el envejecimiento en Europa, el resurgir de las tensiones nacionalistas, el mundo es un lugar mejor que hace apenas una o dos décadas.

Estos son algunos de los datos que aporta Mauldin:

Desde 1991, las muertes por cáncer en los Estados Unidos han descendido un 25%, algo así como un punto anual.

Se ha anunciado una vacuna efectiva y barata para terminar con el cólera.

Desde el año 2000, los fallecimientos por tuberculosis han caído un 37%.

Las defunciones por el sida han descendido también un 50% desde el año 2005.

Sólo en este siglo, más de mil millones de personas han tenido acceso a la electricidad por vez primera.

En China –el país más poblado del mundo–, la pobreza extrema se ha reducido a la mitad durante este último lustro.

La expansión de las energías renovables –y la mejora de la eficiencia en el consumo energético– ha permitido que descienda de forma notable el consumo de carbón y otras energías fósiles. Por lo cual, el agujero de ozono ha disminuido su tamaño.

Se utiliza la misma cantidad de agua aproximadamente que en 1970, aunque la población mundial haya crecido cerca de un 70%.

La criminalidad también ha disminuido en Occidente –hasta en un 50% en los Estados Unidos desde 1990–, así como las muertes causadas por el terrorismo global, que alcanzaron su pico más alto hace tres años.

Se podrían añadir muchos más datos que nos hablasen del alcance mundial del progreso. Es cierto, por ejemplo, que la clase media europea se ha debilitado como consecuencia de la globalización; sin embargo, el reverso de esta tendencia es positivo: millones y millones de ciudadanos del Tercer Mundo se han incorporado a la clase consumidora. De hecho, cada año cerca de cien millones de personas consumen por vez primera algún tipo de producto característico del mundo desarrollado: ya sea un ordenador, el acceso a internet, un televisor, un coche o seguros. Pese a nuestras críticas a las multinacionales, son precisamente dichas empresas globales las que capturan una parte considerable de este crecimiento emergente y, por ello mismo, pueden reinvertir sus beneficios no sólo en I+D –y por tanto, en progreso–, sino en la mejora competitiva de nuestras zonas geográficas. Un caso evidente de este trasvase lo encontramos en el sector turístico, donde los grandes márgenes que se obtienen en el Caribe se han destinado a la costa española.

Al dejarnos orientar por las luces largas, no debemos olvidar las urgencias del corto plazo, pero sí relativizar sus efectos. Los problemas de la globalización conviven con sus ventajas, que son más abundantes. Como sucede en todo proceso de cambio acelerado, los miedos traslucen la inseguridad ante un futuro que no podemos controlar, pero que sabemos casi con toda certeza que será mejor.

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