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Un porrazo de inestabilidad

La España constitucional se enfrenta a una nueva mayoría independentista y al maximalismo de Puigdemont desde Bruselas

22.12.2017 | 20:52

En las últimas semanas he descrito tres escenarios posibles tras las elecciones autonómicas catalanas convocadas por Rajoy aplicando el artículo 155 de la Constitución. Primero, que se repitiera la mayoría absoluta independentista; segundo, que el constitucionalismo, sin tener mayoría (ninguna encuesta la preveía), lograra un pacto con los comunes y se invistiera un presidente no secesionista; tercero, que el Parlamento fuera ingobernable y se tuvieran que repetir elecciones.

Ninguno de los tres escenarios era ideal, pero el segundo podía rebajar la conflictividad que el encaje de Cataluña está generando desde hace años y era el que generaba menos inestabilidad. No ha sido así. El constitucionalismo ha ganado 5 diputados. Todo junto pasa de 52 a 57, pero el gran avances de Cs (12 escaños) y el minúsculo del PSC (1 escaño) se han obtenido fundamentalmente a costa del PP, que cae 8 escaños. De 11 a 3 diputados y se queda sin grupo parlamentario en lo que se convierte en un muy mal resultado para Mariano Rajoy.

Cs se convierte en el primer partido, pero a costa del PP. Cs, como partido, ha tenido un gran éxito al ganar 12 diputados (hasta 27), pasar del 17,9% al 25,4 de los votos y convertirse en el primer partido catalán en votos y escaños. Pero es un resultado que, al menos a corto, no da ningún dividendo al orden constitucional.

Vamos pues a un escenario que el diario económico Expansión describía bien el viernes con una sola palabra en el titular: Inestabilidad. Inestabilidad en Cataluña y como consecuencia en España. Inestabilidad política pero que tendrá consecuencias económicas negativas. Para Cataluña y para España.

El independentismo ha ganado porque, aunque ha perdidos dos diputados (baja de 72 a 70) ha conservado casi intacto su porcentaje de voto (47%) y ha salvado la mayoría absoluta de 68 escaños. Sí, con poco más del 47% de los votos (hay en Cataluña una mayoría no independentista), logra casi el 52% de los diputados gracias a la ley d´Hondt y a que el sistema electoral prima a las provincias con menos población (Girona y Lleida), que es allí donde los separatistas tienen mejor resultado.

Es cierto que el independentismo sabe que no puede volver a intentar violar la Constitución, pero al haberse impuesto frente a ERC la lista Puigdemont –el empeño de un líder pintoresco que se ha ´exilado´ en Bruselas y que ha basado su campaña en pregonar que Cataluña estaba sojuzgada y que España no era una auténtica democracia– el factor inestabilidad aumenta de forma exponencial. ¿Volverá Puigdemont a España? ¿Será detenido inmediatamente? ¿Qué efectos tendría que no pudiera tomar posesión si consigue –como es previsible– el apoyo de ERC y de las CUP? sobre la opinión pública catalana?

Empeoran las expectativas económicas de España y las políticas de Rajoy. Aparte del empate interno y eterno de Cataluña, hay también un cierto empate entre Cataluña y España. El independentismo no puede violar la Constitución, pero el Estado de Derecho no puede privar al secesionismo de su mayoría que le habilita a formar gobierno.

En este sentido que tanto Puigdemont, que es el líder independentista con más votos (21,6%), como Oriol Junqueras de ERC (21,4%) estén en el exilio o en la cárcel no ayuda a estabilizar la vida política catalana y española. Al final lo más probable es que, con Puigdemont o con un sustituto, el independentismo logre formar gobierno. Pero el panorama se complica aún más porque Puigdemont es un personaje muy suyo, que ha ganado con una campaña muy elemental (el sentimiento de la Cataluña sometida), cuyo partido político, el PDeCAT, sólo ha apoyado como mal menor, cuya actuación futura es una gran incógnita y que su éxito se ha basado en la protesta-protesta y el maximalismo. La irritación que muchos años de incomprensión con España (desde el Estatut del 2006) ha generado en gran parte del mundo catalanista es la clave de su victoria. Siempre relativa porque –paradójicamente– el primer partido de Cataluña es hoy Cs, que nació contra el ´exceso´ de catalanismo de Pasqual Maragall con tres diputados y se ha alimentado del radicalismo independentista pasando de 3 a 9 escaños, a 25 y ahora a 37 diputados. En Cataluña hay una progresiva bipolarización independentismo-anti-independentismo, lo que no ayuda a una reconciliación interna.

Salvo una conversión rápida a la moderación –desgraciadamente no previsible–, la mayoría absoluta separatista no va a restablecer –más bien todo lo contrario– la confianza del mundo económico en Cataluña. Y como Cataluña representa grosso modo el 16% de la población y el 20% del PIB, esta pérdida de confianza no beneficiará a la economía española. Cuando el candidato con más diputados a su favor en el Parlamento catalán dice desde Bruselas que «España tiene montado un pollo de cojones» y a renglón seguido invita a Rajoy a un encuentro en un país extranjero «por razones obvias», es evidente que, para empezar, ni Moody´s ni sus competidoras van a mejorar el rating de España.

Pero además es la estabilidad política la que va a volver a estar cuestionada. El PP no tiene mayoría absoluta y gobierna en precario. La ambición de Rivera –que puede resultar espoleada ahora por el resultado de Arrimadas en Cataluña– es robar al PP una parte de su electorado. ¿El más centrista, o el más descontento, o los dos a la vez porque quien no come de todo no engorda? Y en el propio PP los enemigos de Rajoy van a aprovechar para intentar mover la silla a un presidente que acaba de tener un serio revolcón. De momento ya ha volado el catalán Jorge Moragas, su elegante jefe de gabinete. Están todavía pendientes los presupuestos del 2018 y en estas condiciones –con Puigdemont convertido en un espectáculo permanente con inclinación al tuit (hay unas gotas de Trump en el personaje) y clamando en el mundo por la independencia de Cataluña– es difícil que el PNV se moje más a favor de la estabilidad del gobierno de Madrid. Y sin presupuestos es toda la legislatura la que está en el aire en el preciso momento en que la recuperación económica facilitaba crecimientos del 3% y una fuerte creación de empleo.

Es pronto para ir más allá porque los enemigos de Rajoy –internos y externos– le han dado por muerto demasiadas veces. Pero con la cuesta de enero puede llegar un aire de fin de reino como el anterior a la dimisión de Adolfo Suárez y en la última legislatura de Felipe González. No sería lo que más convendría a la convaleciente economía, pero España es un país cainita. Y, como creo que se decía antes, los designios del Señor son inescrutables.

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