Inventario de perplejidades

Decir esto y lo contrario

26.12.2017 | 08:11

Se habla mucho de la «posverdad», una variante moderna de lo que antes se entendía por «propaganda política» y también por «Agitprop», una contracción de los términos agitación y propaganda. O dicho en otras palabras, una apelación directa a los sentimientos del auditorio para transmitir una versión hábilmente deformada de unos hechos.

Los nazis -entre otros- fueron maestros en ese arte y se atribuye a Goebbels, ministro de Instrucción Pública y Propaganda con Hitler, la conocida frase de «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad». Podría pensarse que esa forma de proceder estaba reservada a regímenes totalitarios, tanto de derechas como de izquierdas, pero también incurren en esa misma lacra las llamadas democracias capitalistas. Y para comprobarlo ahí tenemos los escándalos del Watergate o del Irán-Contra donde quedaron en evidencia, por mentir, dos presidentes de Estados Unidos como Nixon, que tuvo que renunciar al cargo, y Reagan.

Y más cerca en el tiempo las dos guerras contra Irak de Bush padre y de Bush hijo. En la primera se utilizó la propaganda para convertir a un antiguo aliado, Sadam Husein, en una amenaza mundial. Y en la segunda, se volvió a mentir para justificar la agresión militar so pretexto de que el villano estaba en posesión de armas de destrucción masiva y dispuesto a utilizarlas. La falsedad era obvia porque si realmente las tuviera nadie sensato lo hubiera atacado, pero funcionó como si fuera verdad. Y aún hubo dirigentes sumisos, como nuestro Aznar, que la dieron por cierta para quedar bien ante el jefe. De las armas de destrucción masiva nunca se supo, y aquel pelícano embadurnado en petróleo que tanto nos conmovió resultó ser una imagen tomada hacía tiempo en una distante catástrofe ecológica. Dio igual, porque el verdadero objetivo era destruir el estado de Irak que molestaba a Israel. Las mentiras son, como casi todas las cosas, grandes y pequeñas y su utilización ya no escandaliza a nadie. Últimamente, en España, se ha dado el caso curioso de que a los políticos partidarios de privatizar la sanidad pública se les llene la boca defendiendo su pervivencia.

«Todos estamos orgullosos de nuestra sanidad pública, y del nivel de eficacia de un servicio que está catalogado como de los mejores del mundo». Cualquiera que los oiga creería que es una declaración sincera pero los hechos demuestran todo lo contrario.

En Galicia, por ejemplo, hubo una movilización de los profesionales de la sanidad pública para protestar por una reforma de la ley autonómica que permite la reducción del número de áreas sanitarias. Un cambio, denuncian, por el que los hospitales comarcales tendrán menos personal y menos recursos mientras que hospitales de la grandes ciudades se verán desbordados por la afluencia de nuevos pacientes y, en consecuencia, obligados a desviarlos hacia clínicas privadas. Una forma sutil de cambiar un modelo sanitario ya muy parasitado por intereses particulares. Y sin dejar de defenderlo de la boca hacia fuera.

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