En la nube

28.12.2017 | 05:00

La inteligencia artificial es Dios. Al menos esa es la idea del movimiento «El camino del futuro» (The Way of future), una religión que ha nacido al calor de Silicon Valley y que sólo es una de tantas. La tecnología se erige como el eje de nuevos cultos que reciben el nombre de «tecno-religiones», un fenómeno global que empieza a tomar relevancia en Estados Unidos. La idea de una vida eterna gracias a la ciencia gana adeptos y surgen decenas de asociaciones, organizaciones, instituciones y centros de investigación dispuestos a reconfigurar la religión.

La Inteligencia Artificial (AI, de sus siglas en inglés) es sin duda uno de los hitos de este año. Ha conseguido implantarse en el día a día a través de los asistentes de los teléfonos (como Siri), las aplicaciones o procesadores móviles como el Kirin 970 de Huawei. Alabar esta tecnología como futura especie dominante del planeta es la propuesta de Anthony Levandowski, un exingeniero de Google que más tarde fichó por Uber. Ha creado la asociación sin ánimo de lucro «El Camino del Futuro» con la que pretende «desarrollar y promocionar la realización de un Dios basado en la inteligencia artificial como un ente superior para la mejora de la sociedad». La visión opuesta la firma Elon Musk, propulsor de los viajes a Marte o el coche sin conductor. El empresario sudafricano condena de forma tajante el uso de la inteligencia artificial por «amenazar la existencia de la humanidad». Mientras las visiones sobre esta tecnología se simplifican al máximo entre quienes la aman y quienes la odian, su avance es imparable. China apuesta muy fuerte por equipar de inteligencia a todos los aparatos. De hecho, quiere ser líder en el sector en 2023 y desbancar a Estados Unidos, principal abanderado de la AI. En China ya preparan 2.000 objetos que responden a la voz de su dueño como aspiradores o aparatos de aire acondicionado. El propio presidente Xi Jinping ha dejado claro que la inteligencia artificial es una prioridad estratégica nacional. Los robots son otro de los ejes de las religiones futuristas. La vida eterna dentro de un cuerpo robótico es la idea de la Fundación Movimiento Terasem creada por la empresaria Martine Rothblatt. Su doctrina considera que la muerte es opcional porque se puede crear un «análogo consciente» de una persona combinando un archivo de su mente con software de conciencia que puedan descargarse en un cuerpo biónico. Por el camino de la vida artificial también discurre la denominada «bioética desafiante», desarrollada por Julian Savulescu, experto en ética práctica de la Universidad de Oxford. Cree que el hombre desempeñará el rol de un dios porque es capaz de crear vida artificial. Las religiones del futuro también son conscientes de los peligros que puede acarrear un mundo repleto de robots. Es por eso que las asociaciones transhumanistas cristianas -la iglesia virtual de Giulio Prisco o la del pastor Christopher Benek, por ejemplo- defienden la idea de evangelizar a los robots para evitar que pequen. Una mezcolanza de conceptos que despistan hasta al más creyente.

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