21 de enero de 2018
21.01.2018
Con otra cara

La servilleta no se come

21.01.2018 | 05:00
La servilleta no se come

Desde que un día en un restaurante intenté beberme el jugo de limón de aquel vasito que en realidad servía para limpiarse los dedos después de las gambas, y otro día me metí una cucharada de infernal wasabi a la boca creyendo que era puré de aguacate, desconfío de lo que me ponen en el plato. Evidentemente esto no me pasa en el bar de la esquina donde los calamares parecen calamares, sino en los restaurantes de vanguardia. A más vanguardia, más desconfianza. Por eso entiendo que el marido de la actriz británica Tracy-Ann Oberman intentara comerse una servilleta en un restaurante de Martín Berasategui que acumula nada menos que 8 estrellas Michelín en sus establecimientos.

Estaba la pareja disfrutando de un menú degustación de 14 platos cuando les pusieron delante una piedra con un rollito blanco encima. Dada la presentación sorprendente y original de muchos de los platos anteriores, el hombre se metió el rollito a la boca dándose cuenta entonces de que aquello era una toallita húmeda para limpiarse las manos y no uno de los bocados del menú. Seguro que no fue el primero en intentar comerse parte del atrezo de la cena, pero en este caso su mujer, sin piedad ante la metedura de pata de su cónyuge, decidió contar el incidente en twitter y, claro, se ha hecho viral. Yo lo entiendo. Dado el aspecto de muchos platos, no es tan difícil colarse. Si no lo aclara el camarero, es fácil beberte la salsa creyendo que es un gazpacho, o intentar comerte la lámina sobre la que han puesto el pescado. Al fin y al cabo, en el plato anterior la base era comestible. Todos tenemos dudas: ¿Se comen las flores que decoran algunos platos? ¿Y el lecho de «tierra» sobre el que está la carne?

A raíz de lo del marido de la actriz británica, hay quienes aconsejan preguntar al camarero si hay dudas, pero, ¿cómo tú, tan viajado, le vas a preguntar si el contenido de ese vasito es una salsa, un chupito o un mejunje para enjuagarte las manos? Todos tememos hacer el ridículo y dejar en evidencia que es la primera vez que pisamos un restaurante de vanguardia. Preferimos dárnoslas de gente de mundo. Mejor haríamos asumiendo que, para la mayoría de nosotros, ir a estos sitios es algo excepcional, dejarnos sorprender por su magia, disfrutar por las sorpresas, los sabores y la presentación y preguntar por todo. Y desde luego, tener claro que nuestro acompañante no va a ir luego contando por ahí que hemos confundido una servilleta con un plato de vanguardia y nos arruine la reputación. Que ya hay que ser mal bicho.

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