11 de febrero de 2018
11.02.2018
Al azar

Presidencia Permanente Revisable

11.02.2018 | 05:00

Mariano Rajoy comparece para anunciar eufórico el castigo inhumano que un gobernante sensible solo aplicaría con sonrojo. En una escenografía para el estupor, en el telón de fondo del presidente del Gobierno están anotadas a gran tamaño las palabras Prisión Permanente Revisable. Ocupan el espacio habitualmente reservado para Libertad, Justicia, Democracia, Paz y demás términos socorridos del discurso político.

En el capítulo siguiente, un presidente del Gobierno aparecerá orlado por la expresión fluorescente Pena de Muerte, con los caracteres ostentosos de Pleno Empleo. De momento, Rajoy pretende introducir de tapadillo el concepto de Presidencia Permanente Revisable. A ningún experto en mercadotecnia política se le escapará el juego verbal entre Presidio y Presidente, utilizado por el PP para insinuar que el virtuosismo en el uso de la prisión debe garantizar su continuidad en La Moncloa.

Rajoy presume de cárcel, sin duda su mayor aportación al debate político. Es el primer presidente del Gobierno que exige dicha pena preventiva a través de la fiscalía, para altos cargos que no tienen un solo herido leve a sus espaldas. Las luengas décadas que el ministro de Justicia promete a decenas de independentistas, en un brillante ejercicio de separación de poderes, suponen de hecho una condena a perpetuidad.

Por si a alguien le cuesta captar la intensidad del castigo preferido, el PP arroja la llave de la celda al agregar la imposibilidad de indultos, concedidos con anterioridad a criminales despreciables. En la Prisión Permanente Revisable, el PP aspira a que el lector de tuits se detenga agotado en la permanencia. Exactamente igual que en la Presidencia Permanente (y solo en última instancia) Revisable.

Con esta legislación penal para la galería, el PP intenta demostrar que es el Ciudadanos auténtico. Por primera vez desde 1982, amplias capas de votantes de derechas tienen el corazón partido. Rivera no solo ha arrebatado a Rajoy la batalla de la imagen, aunque el trabajo lo haya realizado Inés Arrimadas. Sobre todo, el líder emergente le ha birlado a los populares la estampa de dureza. De intransigencia, corregirían los afortunadamente arrinconados popes de la transición.

En su concepción, Ciudadanos debía ser la muleta, no la espada. Pese a ello, el PP teme hoy la estocada del vecino. De ahí que el portavoz Méndez de Vigo silabee «Ce Ese» con un desprecio difícil de improvisar, en la adaptación del «Ce Ce OO» inmortalizado por Urdaci. Por mucho que ahora finjan asestarse zarpazos, ambos partidos están condenados a entenderse. A diferencia de Arrimadas, a Rivera le tiembla el pulso en el momento decisivo y agacha la mirada ante Rajoy, como si su contrato adjuntara la condición de segundón.

La consolidación de la Presidencia Permanente no puede reposar exclusivamente en Ciudadanos. Por fortuna para Rajoy, le sobran aliados y cómplices, según se demostró en la pasadaninvestidura. El PP ha ganado esta semana las elecciones en Alemania. En el lenguaje carcelario que se ha adueñado de la vida política, el presidente del Gobierno confía en que Merkel enseñe al PSOE el camino de la cadena perpetua.

Mientras el PP aventaje en un solo diputado a los socialistas, se mantendrá la Presidencia Permanente. Y si los populares pierden en diputados, les bastará una décima de superioridad en porcentaje de votos. Y si quedaran por detrás en ambos marcadores, una circunstancias que el PSOE se afana por evitar, los editorialistas de Madrid ya han cocinado los argumentos que exigirán contracorriente la repetición de Rajoy. Esgrimirán la palabra estabilidad, sucedáneo de perpetuidad.

Proporcionalmente, el espacio restante de este artículo mide el peso actual de la izquierda en la política española. Si Felipe González era la traducción de Helmut Schmidt, la teoría de la degradación de líderes establece que Pedro Sánchez equivale a Martin Schulz. A saber, el candidato que los conservadores suspiran por tener enfrente. Los socialistas intentan apuntarse a una derecha dura colapsada por exceso de pretendientes, una densidad que hace más meritorios su desvelos. Ver a la magistrada Margarita Robles respaldando a Llarena es una de las grandes farsas de la escena contemporánea.

Respecto a Podemos, inició la labor de zapa que debía liquidar el bipartidismo. En su zozobra de emergente a sumergido, daba más miedo cuando estaba fuera del Congreso que tras alcanzar la espectacular cifra de 71 diputados.

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