06 de marzo de 2018
06.03.2018
Tierra de nadie

¿Merece la pena?

05.03.2018 | 23:22

Aunque el tren va a 285 quilómetros por hora, el paisaje apenas se mueve. Si el paisaje fuera hacia atrás a la misma velocidad que el tren va hacia delante, habría que clausurar las ventanillas, de otro modo enloqueceríamos. Ocurre algo semejante en el avión, desde el que parece que las olas del mar están quietas, congeladas, como esculturas de sal y espuma. En cuanto a nosotros, podemos también poner el pensamiento a mil sin movernos del sofá y detenerlo, en cambio, cuando corremos por el parque. Significa que no siempre hay correspondencia entre los movimientos de dentro y los de afuera. En el interior de esa casa, situada en un barrio tranquilo de las afueras, con las aceras limpias y la calzada reluciente, puede estar sucediendo un drama familiar terrible, Y en el corazón de la manzana roja y amarilla, que adorna el centro de la mesa, se agita una pelota de gusanos que acaban de salir del huevo. El estómago de los muertos, por su parte, continúa haciendo la digestión en el tanatorio, mientras sus deudos lo velan. A algunos cadáveres se les escapa un eructo que los obliga a despegar ligeramente los labios para horror de la viuda.

Al acercarnos a destino, el tren disminuye la velocidad para entrar suavemente en la estación. Los pasajeros lo abandonamos precipitadamente, como los gusanos abandonan el centro de la manzana roja y amarilla, y nos dirigimos a paso rápido hacia la salida. Mientras caminamos tirando de las maletas con ruedas, vamos leyendo los anuncios que nos salen al paso. En la salida de la estación de Atocha, en Madrid, hay un túnel parecido al que ven los recién fallecidos, con una luz intensa al fondo. Las paredes del túnel están siempre forradas de la publicidad envolvente de un producto único. Los eslóganes, muy directos, pretenden que te hagas de una sociedad médica equis o que contrates un seguro del hogar zeta. Los lees de manera mecánica mientras te introduces en el pasillo eléctrico por el que no dejas de andar, adelantando a los viajeros que han escogido los laterales. Hay en ese tramo una actividad vibratoria. Las piernas y la cabeza se mueven, por fin, a la misma velocidad. Ya en la calle, mientras esperas tu turno en la cola de los taxis, piensas fugazmente en la vida. Quizá en si merece la pena todo este ajetreo.

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