24 de marzo de 2018
24.03.2018
Porque hoy es sábado

Que van a dar a la mar

24.03.2018 | 05:00
El Cautivo de la túnica blanca es sacado en procesión cada año, y miles de almas le siguen desnudas por dentro, los ojos vendados o descalzas.

Otra vez la Semana Santa. Jesús fue un inmigrante no nato que huía de una muerte segura, patrocinada por un tal Herodes, en la patera placentaria de su madre. Por eso nació en Belén. Uno no elige donde nace ni donde lo hicieron sus padres. Pero nacer, como nació Jesús de Nazaret, es un estigma. Nacer cuando se nace entre los perseguidos o entre los pobres de la Tierra o entre maltratadores o en medio de una guerra. Un estigma que a veces tarda en borrarse toda una vida dedicada a sobrevivir al estigma y al manoseo de sus tentáculos en el futuro.

Centro malagueño

La vida y la muerte de aquel niño llamado Jesús es un asunto histórico para unos y cuestión de Fe para otros. La vida y la muerte –y para muchos la resurrección– de aquel niño llamado Jesús, al que sus padres nacieron en Belén, es en Andalucía, en Málaga, el más formidable argumento que jamás tuvo un fenómeno social, religioso, económico (ponga cada cual el orden que quiera a los adjetivos) del calibre de nuestra Semana Santa. Una Semana Santa que, año tras año, aumenta el riesgo de que los traslados se conviertan en una semana santa chica previa a la Semana Mayor, alargando la impresionante escenografía y también el revuelo urbano que conlleva para la vida normal del centro histórico de la ciudad –aunque ya les sería difícil definir normal a los pocos que viven en el centro–. Un centro malagueño que, si no fuera tomado con tan poca mesura ni violentado con armatostes groseros como la Tribuna Principal, sería un Asgard andaluz y se alejaría de su incomprensible vocación circense. Pero yo he sido niño en Málaga y amo la Semana Santa..

Hijos de la luna

«Sólo hay leche negra en el vientre de la noche para los bebés que viajan en la lancha neumática, triste cuna mecida por el oleaje», escribí. Recuerdo aquellos gemelos que salieron en todos los periódicos, cómo me impactaron cuando estábamos menos acostumbrados a estas cosas. Apenas tenían unos meses y sus cuerpecitos descansaban sobre las rodillas de su madre. La oscuridad les rodeaba entre cada uno de los guiños que les hacían las estrellas. La luna es una cara gorda que no sabe mirar a nadie. Su madre temía que su luz les delatara, pero a ellos les gustaba porque la veían en los ojos de su madre. Hay una luna redonda como un plato de papilla y nata para cada niño en la mirada materna. Pero el frío y el agua salpican y hieren las caritas de los niños patera, de los niños refugiados, de los niños que desaparecen en tránsito y nadie reclama, de los niños sin casa del último bombardeo en Siria...

Lunes Santo

Aquel día, no muy lejos, en tierra firme, el cielo era blanco en la noche. Un antiguo preso «caminaba» sobre más de doscientos hombros. El Cautivo de la túnica blanca es sacado en procesión cada año, y miles de almas le siguen desnudas por dentro, los ojos vendados o descalzas, agarradas al único asidero de una vela o de otra alma que acompaña su promesa con la irracional determinación del afecto. La luna llena se llena de una blancura como de leche y la túnica del preso se llena de luna y de plata. Era Lunes Santo.

Guardia Civil

Por donde riela lechosa la luna, el faro que les puede delatar, no hay negrura y la mar está casi en calma. Pero África se impone con el pobre orgullo de su gen. Toda su piel es negra. También las rodillas de su madre son negras, y empiezan a estar tan frías como el mar. Hay otras mujeres negras que les cantan, que no les dejan llorar con sus caricias cansadas, con sus otras manos negras. Pero las implacables leyes de la física amenazan con el espectro de la hipotermia. Pasa, cada vez más débil, la vida. Ya casi no quedan manos cálidas, y la imposible arrogancia marítima de la lancha empieza a ser vencida por las olas, ahora más encrespadas, congelada la esperanza, de banda a banda. Y, envueltos en el blanco lunar como en la túnica blanca de un fantasma, fueron interceptados por la Guardia Civil...

El de la túnica blanca

Me enteré de la noticia, que hoy ya casi ni es noticia, viendo al Cautivo «de banda a banda» por el puente de la Aurora, en Málaga. Aquellos dos bebés subsaharianos llegaron milagrosamente vivos, a la vera de Cádiz. Supe más tarde que se llamaban Tau y Po. Era abril de 2001. Aún siguen llegando madres, trayendo a sus hijos a nacer a este Belén, huyendo como cuentan que María huía con el suyo hace más de dos mil años. Desde entonces, la marea humana que sigue a la talla de Martín Simón cada Semana Santa en Málaga me parece uno de esos ríos que van a dar a la mar. Y las vendas, las velas, las cruces y todo eso que llevan los que la componen, me parecen restos de dolorosos naufragios que no se pudieron evitar. Un río que sigue al de las manos atadas, al condenado a muerte desde su nacimiento. Un río que va a dar a una mar llena de pateras hundidas o rotas. Una mar sin leche para los obligados hijos de la noche. Leche de vida, necesaria y nutritiva. Leche blanquísima y reparadora como su túnica blanca...

Porque hoy es Sábado de Pasión

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